Hay una frase que el poder en Cuba repite con una calma de protocolo y como mantra desde hace años: que está dispuesto a un “diálogo respetuoso” con Estados Unidos. La fórmula aparece en declaraciones diplomáticas y en notas oficiales.
Lo último, por ejemplo, lo que de todo el mundo habla ahora, es que La Habana, con la soga al cuello y sin Venezuela y México para que le suministren petróleo, ha reiterado su “disposición” a un diálogo “respetuoso y recíproco” con Washington en materias que define como de interés y seguridad. Sin embargo, esa frase, cuando se mira desde adentro, choca con un dato que no es ideológico ni abstracto: en los momentos en que ciudadanos, artistas y activistas han intentado abrir un canal mínimo de conversación pública sobre libertades, represión o derechos, incluso sobre la censura de un material audiovisual, el Estado no solo ha evitado sentarse, sino que ha respondido con vigilancia, detenciones, ruptura explícita de la interlocución, poquísimo interés y nulo caso.
El 27N, el 27 de noviembre de 2020, se volvió símbolo precisamente por lo inusual: cientos de personas se plantaron frente al Ministerio de Cultura en La Habana para exigir diálogo y denunciar la represión contra el Movimiento San Isidro, que no solo tenía atisbos de represión a al arte, sino también – y mucho – de racismo. Reuters describió esa concentración como una muestra poco común de disenso público y subrayó que, entre las demandas, estaba el diálogo sobre límites a la libertad de expresión y el hostigamiento estatal.
Los manifestantes estuvieron horas. El lugar se llenó. El Ministro no salió. Salió «un representante» acordó reunirse al otro día con un grupo de ellos. Presionó para que en el grupo no estuviese la destacada artista Tania Bruguera. Por si fuera poco, a las poquísimas horas del «acuerdo», violó todo lo que había acordado. Mientras, en las afueras, la policía arrojaba gas pimienta a decenas de cubanos que querían acudir al lugar. La semper fidelis Aixa Hevia, por entonces Vicepresidenta de la UPEC, lo negaba en redes. La periodista Glenda Boza le respondía: yo estuve ahí y sí, me echaron gas pimienta en los ojos. Aixa se metía la lengua en el delicado.
Una semana después, el propio gobierno cerró la puerta con una frase que define toda la doctrina: no se negocia con “enemigos de la Revolución”.
Reuters reportó el 4 de diciembre de 2020 que las autoridades se retractaron del compromiso de dialogar con artistas y que rechazaban las condiciones planteadas para la reunión, dejando claro que no habría conversación con quienes fueran etiquetados como “enemigos”. O sea: el diálogo no se rompió por falta de agenda, sino por la naturaleza de la relación que el Estado exige. No conversa con un ciudadano que llega con derechos; conversa, si acaso, con un “creador honesto” previamente definido por la institución y bajo reglas de obediencia. Ese episodio, que pudo ser una bisagra, terminó siendo una lección administrativa: el poder concede una mesa como excepción y la retira como castigo, para que el resto aprenda a no pedirla.
Dayana Prieto, esposa de Yunior García Aguilera, quien estuvo ese día ahí, expresó a este redactor que «el régimen cubano nunca ha estado realmente dispuesto a dialogar con sus propios ciudadanos».
«A lo largo de los últimos años ha tenido múltiples oportunidades para hacerlo. El 27 de noviembre, todo lo que vino después de esa fecha, y las manifestaciones del 11 de julio son ejemplos claros de momentos en los que la sociedad civil pidió diálogo, conversación y negociación. Sin embargo, la respuesta ha sido sistemáticamente la misma: represión, golpes, cárcel y destierro,» señaló desde Madrid, España, donde reside actualmente.
El 27 de enero de 2021, esa lección se repitió en seco. Artistas y activistas intentaron volver al Ministerio de Cultura para intentar, otra vez, un diálogo; lo que hubo fue un operativo de detenciones y violencia. Hay crónicas y testimonios que documentan agresiones y arrestos frente a la sede del MINCULT ese día. Incluso la prensa internacional recogió el episodio: Europa Press reportó el incidente en el que el ministro de Cultura fue el primero que lanzó un manotazo, rompiendo toda regla de civismo y de lógica, al golpear a un periodista (Mauricio Mendoza) en medio de la tensión, en una protesta vinculada al colectivo 27N. El propio discurso oficial de Cubadebate horas después sobre esa jornada, insistió en la idea de que “no quieren diálogo” y que “provocan”, que es la manera burocrática de decir que el diálogo solo existe cuando el Estado lo controla y el interlocutor llega domesticado.
Luego vino el 11J de 2021, cuando miles salieron a la calle en decenas de ciudades. Amnistía Internacional lo describe como protestas espontáneas de una magnitud no vista en décadas y documenta la respuesta represiva y las detenciones. El País también lo narró como las mayores protestas en años y consignó centenares de detenidos. Ahí el punto no es si cada grito era “oposición” organizada o desesperación social: el punto es que el Estado tuvo, por volumen y por claridad, una oportunidad histórica de escuchar. Su decisión fue otra: represión, judicialización y una narrativa de plaza sitiada. El propio Díaz-Canel dio la orden de combate al lanzar la proclama a los revolucionarios a defender la revolución a como diera lugar.
Horas después, un grupo de artistas, entre los que se encontraban varios de los que habían estado frente al Mincult el 27 de noviembre, como Yunior García Aguilera, entre otros, se reunió frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión para pedir algo elemental, casi ingenuo en su modestia: minutos al aire, un espacio mínimo para hablarle al país.
Rialta lo contó como una vía de diálogo cívico cerrada: terminaron reprimidos. Fueron lanzados sobre la cama de un camión que pasaba por el lugar y que la Seguridad del Estado detuvo. Por ahí están las fotos. Esa escena tiene un valor simbólico tremendo: cuando el país ardía de preguntas, la institución que controla la voz pública no abrió un micrófono; llamó a la fuerza pública.
Ese es el historial que presenta, como Curriculum Vitae, el régimen que ahora, ahogado, afirma que desea una relación “respetuosa” con su adversario principal —Estados Unidos—, el contraste no es retórico: es verificable.
«Cualquiera dialoga cuando tiene enfrente alguien con suficiente poder para dar o quitar algo. En el caso de nosotros, no teníamos mucho con qué negociar, la verdad,» reconoció Yunior a este reportero vía Whatsapp audio.
Esa apertura, en sí, no sería escandalosa: los Estados dialogan incluso cuando se detestan, y Cuba tiene razones prácticas (economía, sanciones, migración) para buscar algún tipo de arreglo con el país que le ha impuesto durante años un embargo.
El escándalo, sin embargo, es otro: el poder cubano parece más capaz de imaginar una mesa con el “enemigo histórico”, con su abusador principal, que una mesa con un ciudadano que pide garantías dentro de la ley, con un artista que pide libertad de creación, o con un grupo que exige que cese el acoso. Para dialogar hacia afuera, el Estado se permite matices y lenguaje diplomático. Para dialogar hacia adentro, activa el mecanismo de siempre: estigmatización, sospecha de financiamiento externo, y el cierre de la conversación por definición.
La propia Dayana lo resume así:
«Esto no es casual. Se trata de un régimen autoritario, además con una estructura militar, que siempre ha colocado a la disidencia y a cualquier persona que cuestione su poder en una posición de absoluta desventaja. Cuando una de las partes concentra todo el poder político, policial y militar, no existe un terreno real para el diálogo. Para ellos, el diálogo ha sido, en la práctica, una palabra vacía.
Yunior, su esposo, por su parte, lo resume así:
«Teníamos la buena voluntad y buenos deseos; pero por supuesto, cuando tú solamente llevas en la maleta la buena voluntad y deseos, te van a caer a palos. Estados Unidos ahora, es el que tiene la maleta más grande; una maleta real. Y ellos – se refiere a La Habana – están obligados a ceder. Tienen que hacerlo.»
Lo que queda al final no es una moraleja; es un patrón. El Estado cubano no teme al diálogo como herramienta; teme al diálogo como reconocimiento. Sentarse con Estados Unidos no legitima a un actor nuevo: es el guion clásico de relaciones internacionales. Sentarse con voces del disenso sí altera la jerarquía interna, porque implica admitir que hay sujetos políticos fuera del Partido, que existe un “pueblo” que no cabe en consignas, y que el conflicto no se resuelve con vigilancia.
Por eso, cuando alguien te vende la idea de un régimen “dialogante” porque dice que hablaría con Washington, conviene recordar estas fechas concretas y sus consecuencias concretas. En Cuba, el problema nunca ha sido la falta de oportunidades para conversar; ha sido la decisión sistemática de no reconocer interlocutores que no estén subordinados.
«Por eso, cuando ahora se habla de un posible diálogo con Estados Unidos, cuesta creer que exista una verdadera disposición a negociar. Más bien parece una narrativa para no mostrar debilidad, para dar la impresión de que siguen teniendo el control de la situación y que son ellos quienes “invitan” al diálogo,» concluyó Dayana diciendo.
Y añadió:
«Ojalá ese escenario pudiera desembocar en una salida pacífica, en una transición negociada y en la entrega del poder por vías no violentas. Pero la experiencia histórica y la prolongada permanencia del régimen en el poder hacen que muchos no crean que eso vaya a ocurrir con facilidad. Esa es la desconfianza de fondo: no se trata de que el régimen quiera dialogar, sino de que no le queda más remedio que aparentarlo.»

















