Cifras del tránsito en Cuba en el 2025: 7.538 accidentes y 750 fallecidos y 6.718 lesionados

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Granma publicó hoy cifras que, leídas en frío, bastan para describir un país entero: en 2025 se registraron 7.538 accidentes de tránsito, con 750 fallecidos y 6.718 lesionados. El propio texto añade que el 72% de los siniestros estuvo asociado a no respetar el derecho de vía, la falta de atención y el exceso de velocidad, y que motos, ciclomotores y peatones aparecieron en el 63% de los hechos. Es un reconocimiento explícito de la magnitud del problema y, al mismo tiempo, una forma de ordenarlo narrativamente para que la responsabilidad se concentre en el comportamiento individual y no escale hacia niveles más altos de decisión y estructura.

En Cuba, la apelación al “factor humano” se ha vuelto una categoría cómoda: permite describir el desastre sin interrogar sus causas más profundas. El artículo no niega la indisciplina ni la temeridad, y aporta datos concretos, como que 580 conductores involucrados habían ingerido alcohol en el momento del accidente, o que se suspendieron y cancelaron licencias, mayoritariamente en el sector estatal. Todo eso es real y pertinente. El problema aparece cuando el relato se detiene ahí y convierte el regaño en explicación suficiente, como si la accidentalidad fuera el resultado exclusivo de conductores irresponsables y no también de un entorno material y normativo que el propio Estado ha ido dejando degradar durante años.

De hecho, el texto ofrece, casi de manera lateral, la descripción más clara del problema estructural: un incremento sostenido del parque vehicular, sobre todo de medios vulnerables como motos y ciclomotores; más conductores con menor experiencia; y todo ello circulando sobre un mismo eje vial deteriorado, donde conviven vehículos de distinto porte, cilindraje y capacidad de maniobra.

Esa frase, que en otro tipo de prensa sería el eje del análisis, aquí funciona como contexto previo para volver a enfatizar la conducta individual. Sin embargo, si el parque cambia y la infraestructura no acompaña, la respuesta no puede limitarse a multas, campañas educativas o llamados a “prestar más atención”; exige inversión sostenida, señalización funcional, iluminación, inspección técnica real, regulación coherente y una capacidad de respuesta de emergencia que llegue a tiempo cuando el accidente ya ocurrió.

Granma también enumera acciones para demostrar gestión: 122 kilómetros de vías marcados, más de 14.000 señales recuperadas, 84 semáforos y 28 gabinetes semafóricos con paneles solares en La Habana. Son datos objetivos, pero su propio destaque revela el trasfondo: cuando cifras así se presentan como logros nacionales, lo que asoma es el tamaño del deterioro acumulado. Y la falta de fluído eléctrico. No pocos accidentes ocurridos en el 2025 ocurrieron propiciados por la oscuridad. Incluso en… ¡semáforos! Sí, semáforos que estaban apagados, y a nadie se le ocurrió situar ahí, uno de los tantos autos patrulleros, motos patrulleros y oficiales de la PNR vestidos con refractarias, para ordenar el tráfico. Gente que, digámoslo sin miedo, al parecer estaban «ocupados» en actividades de mayor prioridad como vigilar disidentes y activistas humanitarios como Lara Crofs; o periodistas como Camila Acosta.

En ese mismo listado aparece, además, uno de los datos más elocuentes del artículo: el 31% de los conductores involucrados en accidentes no poseía licencia. Más que una simple indisciplina, ese número habla de controles débiles, de tolerancias prácticas, de necesidad económica y de un sistema que convive con la informalidad y luego la sanciona cuando el daño ya está hecho.

El cierre del texto insiste en “intensificar acciones” en 2026, combatir carreras peligrosas y distribuir cascos homologados. Todo eso es necesario, pero insuficiente si no se acompaña de un relato más honesto que conecte las muertes con la responsabilidad institucional. El factor humano existe y pesa, pero no actúa en el vacío. Cuando el factor Estado —el que regula, invierte, mantiene, inspecciona y garantiza— falla o se queda corto, son las personas las que pagan el precio en la carretera, y después reciben la exhortación a no descuidarse.

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