La frase de Arleen Rodríguez Derivet sobre José Martí y la electricidad hace alrededor de 48 hrs, ha desatado una polémica que, vista con un poco de distancia, dice más de cómo se discute hoy en Cuba que de la frase misma.
El debate se organizó casi de inmediato alrededor del error factual: si Martí conoció o no la luz eléctrica, si escribió sobre ella, si vivió en ciudades iluminadas, si existen textos donde menciona el progreso técnico. Las respuestas llegaron con rapidez, con citas, con fechas, con capturas de libros y con un tono que oscilaba entre la corrección docta y el regaño público. Todo eso ocurrió como se esperaba que ocurriera, y precisamente por eso conviene preguntarse qué quedó fuera.
De todo lo visto u oído, que supongo no ha sido todo, prefiero señalar dos análisis.
El análisis de Ernesto Morales, por ejemplo, se movió con eficacia en el terren de señalar las imprecisiones. El periodista, analista y streamer (también), desmontó afirmaciones falsas, expuso citas inventadas y fue ampliando el inventario hasta mostrar que no se trataba de un lapsus aislado, sino de una acumulación de errores que revelaban ligereza intelectual y una forma de hablar desde la autoridad sin el respaldo del rigor. Ese ejercicio, necesario y legítimo, terminó ocupando casi todo el espacio del debate. Martí pasó a ser el centro, la electricidad el eje, y la cultura general como vara de medición. Mientras más crecía la lista de pifias, más se consolidaba una discusión que parecía profunda, pero que en realidad era cómoda.
Morales, ni que fuera necesario decirlo, estaba y está más claro que el agua del manantial cuando baja de la montaña. A sabiendas que el problema no estaba en Martí; como tampoco estaba en la fecha exacta de la llegada de la electricidad a Nueva York o a La Habana. El problema estaba en lo que la frase permitía decir sin que sonara extraño: que la falta de luz puede relativizarse, que el apagón puede narrarse como una circunstancia casi formativa, que la precariedad puede envolverse en referencias históricas y presentarse como parte de una tradición de resistencia. Ahí es donde el error factual deja de ser lo importante y se vuelve apenas la puerta de entrada.
Ese desplazamiento del debate coincidió en tiempo con la publicación de un video por parte de la activista Amelia Calzadilla, que en 19 horas, hasta este momento, ha superado las 250 mil visualizaciones, acumulando más de 17 mil reacciones, y dejándonos alrededor de 2 mil comentarios. Por si fuera poco, ha sido compartido en más de 1 400 ocasiones.
La magnitud de la circulación está intrínsecamente ligada al carácter directo del mensaje que Amelia quiso transmitir: centrado no en la corrección histórica de Arleen Rodríguez, sino en la contradicción entre pedir sacrificio desde el discurso y vivir al margen de él. La expansión del video no respondió a un fenómeno de nicho ni a la dinámica cerrada del activismo, sino a una identificación amplia con el señalamiento central, que encontró eco más allá de la polémica puntual sobre Martí y convirtió la intervención de Amelia en uno de los puntos de mayor tracción del debate.
El análisis de Amelia Calzadilla apuntó justamente a ese lugar incómodo. No discutió si Arleen había leído a Martí o si recordaba bien sus textos, sino qué tipo de discurso se activa cuando se usa a Martí para hablar del presente sin hablar del presente. Su señalamiento no fue erudito, fue político: la frase no funcionaba como una curiosidad histórica, sino como una pedagogía de la resignación, como una manera de desplazar el centro del problema desde la responsabilidad del Estado hacia la capacidad del ciudadano de adaptarse a la carencia. No se trataba de desconocimiento, sino de marco en que esta se circunscribe. Dicho de manera «revolucionaria» y «canelística». la coyuntura.
Por eso resulta tan revelador que buena parte de la discusión se haya quedado en la corrección. Corregir datos es una forma de crítica que no compromete demasiado, que no obliga a ir más allá del terreno seguro de la cultura general. Demostrar que Martí sí conoció la electricidad no exige preguntarse por qué, en pleno siglo XXI, en Cuba, millones de personas viven sin ella de manera sistemática. Permite ganar el debate sin tocar la estructura. Es una crítica que luce, pero que no incomoda.
Ese desplazamiento le conviene al régimen incluso cuando una de sus figuras más visibles queda en ridículo. Arleen Rodríguez puede ser expuesta, burlada, corregida y hasta castigada simbólicamente sin que eso altere el fondo del discurso que representa. La escena funciona como una válvula: alguien paga el precio individual y el sistema queda intacto. Se discute la frase, no la lógica que la hizo posible. Se discute el error, no la normalización de la miseria.
No es casual que muchos analistas hayan optado por esa vía. El error factual ofrece una crítica elegante, socialmente aceptable, que permite marcar distancia sin asumir el riesgo de señalar lo esencial: que en Cuba se ha entrenado a comunicadores para hablar del deterioro como si fuera un rasgo cultural y no una consecuencia política. Que el apagón se ha convertido en paisaje, en ruido de fondo, en algo que se explica, se racionaliza o se cita, pero que rara vez se nombra como fracaso.
Al final, el debate sobre Martí y la luz terminó siendo un debate sobre otra cosa: sobre hasta qué punto estamos dispuestos a quedarnos en la superficie porque es más cómodo. La frase de Arleen no fue grave porque estuviera mal informada, sino porque fue pronunciada con naturalidad, sin incomodidad, sin conciencia del peso real de lo que estaba justificando. Y que la discusión se haya ido por el camino del dato y no por el de la normalización del apagón dice mucho del momento, del clima y de los límites que aún se imponen incluso a la crítica.
Ese fue el debate equivocado. Y no porque los datos no importen, sino porque, una vez más, sirvieron para no hablar de lo que importa de verdad.
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