Amelia Calzadilla reabre el debate sobre la “crisis humanitaria” en Cuba: “No es ahora, es hace años”

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En una directa transmitida en Facebook, la activista cubana Amelia Calzadilla volvió sobre uno de los puntos que más tensión está generando en el debate público de la diáspora: cuándo empezó, de verdad, la crisis humanitaria en Cuba y por qué parte del mundo parece descubrirla “de golpe” solo cuando la coyuntura internacional se vuelve noticia. Ayer recababa en una idea: las empresas aéreas y los países extranjeros, cuyas aerolíneas han tenido que suspender o readecuar sus vuelos a la isla, parecen preocuparse ahora por Cuba, pero no lo hicieron ante las múltiples evidencias de maltrato y falta de derechos humanos dentro de Cuba. Para la activista, esto es un motivo de señalamiento.

La intervención arranca con un detalle logístico que ya es parte de su rutina: explica que ha reducido los en vivos en Facebook y concentra sus transmisiones en YouTube para “cuidar los megas” de quienes la ven desde la isla, y porque —dice— ha tenido conflictos con Meta, incluida la pérdida de su página original. Ese tipo de fricciones con plataformas y campañas de reporte no requirió de ella mucho tiempo ni interés, pues el núcleo de su mensaje está en la narrativa de lo que expresó.

Calzadilla sostiene que Cuba no “entra” ahora en una crisis humanitaria, sino que lleva años dentro de ella y que el deterioro venía de antes de la COVID-19, con un empeoramiento sostenido que se volvió brutal en el último tramo. En la directa encadenó ejemplos personales —su trabajo en turismo, la dependencia de propinas, la ilegalidad normalizada, la vivienda precaria, la vida atravesada por apagones y carencias— y los mezcló con hitos recientes del colapso social y sanitario, para insistir en que lo que ocurre hoy no es una ruptura repentina, sino la continuidad de un desgaste de larga duración. Nos recordó, por grandes momentos, a aquella Amelia que se hizo viral en 2022 cuando denunció públicamente la falta de gas para cocinar y expuso cómo la vida doméstica se convertía en un problema político, dando comienzo (o tal vez continuidad) a un fenómeno de “madres en directo” que interpelaban al poder desde redes sociales.

La directa llega, además, en medio de una coyuntura que sí ha colocado a Cuba en titulares internacionales por razones muy concretas: la escasez de combustible de aviación y el impacto inmediato en vuelos. Reuters reportó que Cuba advirtió a aerolíneas sobre la falta de jet fuel y que varias compañías, especialmente canadienses, suspendieron operaciones o ajustaron rutas, mientras el país enfrentaba restricciones sobre su suministro energético. Medios europeos también han explicado que el problema ha obligado a detener o reconfigurar operaciones y ha empujado alertas de viaje, un golpe directo al turismo en un momento ya frágil.

Es ahí donde Calzadilla marca su desacuerdo con lo que llama el “descubrimiento tardío” del drama cubano. Dice que le indigna que se presente como novedad lo que ella vivió antes de salir de la isla y lo que —argumenta— miles han denunciado durante años. En su discurso aparece una idea recurrente: la crisis no puede explicarse como un episodio nacido de “11 días” o de una medida puntual, porque el país ya venía colapsado en servicios básicos, salud, vivienda y alimentación. Para sostenerlo, menciona casos y periodos que han impactado la conversación pública, y también se detiene en episodios donde, según su lectura, el Estado cubano administra la escasez de modo selectivo: hoteles con respaldo energético mientras barrios se apagan, restricciones para trasladar pacientes mientras otras estructuras sí se mueven.

La directa también carga contra lo que ella considera una parte de la prensa internacional y de activismos externos que encuadran la situación cubana en clave de agenda, sin reconstruir la secuencia larga del deterioro.

En esa línea menciona el caso del niño Damir Ortiz —aludiendo a la controversia sobre permisos, narrativas oficiales y urgencia médica— como ejemplo de cómo la tragedia concreta ha sido utilizada o ignorada según convenga, y de cómo la discusión sobre responsabilidad política suele desplazarse. El niño, según recordamos, finalmente recibió autorización/gestiones para salir a atenderse tras negativas previas y denuncias sobre manejo médico, en un caso que se convirtió en símbolo de la precariedad sanitaria y la presión pública, pero la demora en hacerse le pudo haber costado la vida.

Al final de su directa, Calzadilla vuelve a una conclusión que, en su relato, funciona como termómetro moral: que el mundo y los propios cubanos están comunicando bien que el colapso no empezó “ahora”, sino que fue administrado por años hasta normalizar lo intolerable.

Su llamado es explícito: evitar la “memoria de corto plazo” y no comprar la idea de que antes se vivía mejor y hoy todo cambió por un giro reciente, porque esa amnesia —dice— termina beneficiando a quienes buscan reescribir causas y culpables.

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