Si algo une a una diva de la ópera francesa de 1875 con el boricua más sonado del momento, Bad Bunny, es un secreto de tres golpes. Se llama tresillo, nació en el Caribe de raíz africana, sedujo a Bizet y hoy es el motor oculto de las canciones más escuchadas del planeta.
El tresillo es un patrón rítmico asociado a la música africana y caribeña que organiza el compás en grupos desiguales, creando esa sensación de balanceo que invita al cuerpo a moverse. Ha sido fundamental en la evolución de los géneros del Caribe y, según el análisis publicado por la revista HuffPost España, es una de las claves de por qué el reggaetón de Bad Bunny resulta tan pegajoso.
El medio señala que el éxito del puertorriqueño no se explica solo por su carisma o su activismo por Puerto Rico, sino también por su manejo de ese ritmo ancestral que el oído reconoce antes de que el cerebro lo procese.
Aquí está la parte fascinante: ese patrón caribeño ya sonaba en los teatros europeos hace siglo y medio. Georges Bizet lo inmortalizó en La Habanera, el aria más célebre de su ópera Carmen (1875), inspirada en la habanera, el género cubano que compositores como el español Sebastián Iradier ayudaron a popularizar en Europa tras su paso por el Caribe.
Es decir: Bizet no inventó el tresillo ni el reggaetón lo tomó de Carmen. Ambos bebieron de la misma fuente caribeña, con 150 años de diferencia. La ópera fue una escala del viaje; el origen siempre estuvo del lado de acá del Atlántico.
Del danzón al bolero, del dembow jamaicano al reggaetón, el tresillo ha demostrado ser uno de los materiales más duraderos de la música popular. Que hoy sostenga por igual un aria de ópera en el Metropolitan y un éxito global de Bad Bunny dice algo hermoso sobre la cultura caribeña: sus tambores llegaron a todas partes, y todavía mandan.
La próxima vez que una canción del Conejo Malo se le pegue sin permiso, ya sabe a quién culpar: a un compás que cruzó océanos, conquistó a Bizet y 150 años después sigue siendo el ritmo más contagioso del mundo.

