La cúpula diplomática de La Habana ha vuelto a echar mano a su libreto habitual para justificar el profundo bache social y económico que asfixia a los hogares de la isla. En esta ocasión, Carlos Fernández de Cossío, quien se desempeña como viceministro de Relaciones Exteriores del régimen, utilizó su perfil de Facebook para lanzar una extensa radiografía de la miseria nacional, atribuyéndole la culpa absoluta de las calamidades a las políticas de la Casa Blanca. Sin dedicar una sola línea a evaluar las fallas administrativas o las decisiones internas de la gestión gubernamental, el funcionario vinculó la falta de fluido eléctrico, la severa escasez de gas licuado, los vertederos de basura desbordados, la precariedad de la salud pública y la galopante devaluación de la moneda con una supuesta estrategia extranjera.
En el centro de su argumentación, Cossío catalogó la asfixiante cotidianidad del cubano como «la guerra cruel y cotidiana a la que se somete a la nación». De igual forma, el representante del MINREX dirigió sus dardos directamente hacia los legisladores norteamericanos, manifestando que «una clase de políticos siente orgullo y sus participantes se celebran entre ellos por tales logros». Según la perspectiva expuesta por el viceministro en el entorno digital, el sufrimiento del ciudadano de a pie es utilizado por Washington como un indicador de efectividad.
El texto publicado por el funcionario detalla las penurias de la población al afirmar lo siguiente: «El criterio de éxito en el diseño político de EEUU contra Cuba se mide por la cantidad de horas de apagón que sufre el pueblo, la cantidad de familias que carecen of gas para cocinar, la comida que se descompone por no poderse refrigerar, las cirugías que se posponen o no pueden realizarse, la erosión de los índices de mortalidad infantil y la consecuente muerte de recién nacidos». Sin embargo, detrás de este lamento oficial se esconde una omisión deliberada sobre el desvío de capitales y el abandono estructural que por décadas ha sufrido la infraestructura de la isla.
La realidad detrás del apagón masivo que mantiene a oscuras a las provincias cubanas responde a un déficit de generación eléctrica que ya rebasa los 2,100 MW, con una capacidad real que apenas roza los 1,100 MW para intentar cubrir una demanda que escala hasta los 3,200 MW. Las consecuencias operativas de esta falta de inversión son dantescas: en la capital del país los cortes de luz se prolongan por 32 horas seguidas, mientras que en diversos puntos de Matanzas la población ha padecido hasta 85 horas continuas de interrupción eléctrica. La espina dorsal de la generación está prácticamente desmantelada, con nueve de las 16 plantas termoeléctricas fuera de servicio debido a roturas, incluyendo al bloque de la Antonio Guiteras, el más importante de la nación.
Mientras el sector energético languidece, el capital financiero formal del país se concentra en las manos del conglomerado militar GAESA, que maneja de manera opaca entre el 40 % y el 70 % de la actividad económica, abarcando rubros hiperrentables como el turismo de lujo, las tiendas en moneda libremente convertible (MLC), la infraestructura portuaria, las instituciones bancarias y el monopolio de las telecomunicaciones. Esta corporación opera bajo un esquema de total inmunidad jurídica y fiscal frente a los ciudadanos y los organismos del Estado. Debido a esta opacidad y al uso de sus ganancias, el Departamento de Estado de EE. UU. ha determinado que esta entidad no funciona bajo lógicas comerciales legítimas, sino que constituye un «mecanismo de represión».
La narrativa de Cossío basada en la victimización exclusiva frente al embargo ya había sufrido un tropiezo bastante gráfico el pasado 13 de mayo. En esa fecha, el propio diplomático compartió un pensamiento en sus redes que borró en menos de media hora al percatarse de la flagrante contradicción con el discurso oficial; la frase eliminada rezaba que «un país que cae o fracasa por sí solo no necesita que lo empujen». Esta línea argumental del estrangulamiento petrolero externo también fue desmontada públicamente en mayo por el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio. El funcionario estadounidense expuso el manejo de los recursos por parte de La Habana al señalar que «Cuba solía recibir petróleo gratis de Venezuela. Les daban bastante petróleo gratis. Ellos tomaban como el 60 % de ese petróleo y lo revendían por dinero. Ni siquiera beneficiaba a la gente».
Rubio fue sumamente tajante al definir a la cúpula gobernante como «comunistas incompetentes dirigiendo ese país» que, según sus palabras, «no saben cómo arreglarlo». Como respuesta histórica a la centralización económica del régimen, la administración Trump ya había aplicado severas penalizaciones contra dependencias directas de GAESA, apuntando a firmas clave como la financiera RAFIN S.A., el Banco Financiero Internacional y la empresa Almacenes Universales S.A., al tiempo que desestimó los 176 cambios económicos validados por las autoridades cubanas tildándolos de «señales de humo superficiales».
Para finalizar su controvertido mensaje en Facebook, Cossío intentó maquillar el desespero de los ciudadanos pintando cada estrategia de supervivencia popular ante la escasez como supuestas «derrotas del imperialismo». No obstante, el pulso de la calle cuenta una historia radicalmente opuesta a la propaganda oficial. De acuerdo con las métricas del Observatorio Cubano de Conflictos, el mes de mayo cerró con la cifra sin precedentes de 1,311 manifestaciones públicas en todo el territorio nacional, evidenciando un notable despertar político en el que los reclamos ya no se limitan a pedir mejoras básicas de corriente y comida, sino que se han transformado en un grito generalizado de «¡Abajo la dictadura!».

















