Cubanos le responden a Irene Montero y a Manu Pineda, dos españoles «muy preocupados por Cuba»

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Un mensaje de Irene Montero en redes sociales, en el que acusó a Donald Trump de “ahogar a Cuba con un bloqueo criminal” y pidió al Gobierno de España condenar “con urgencia” esa política y multiplicar la ayuda a la Isla, ha detonado una reacción inmediata y mayoritariamente crítica de cubanos dentro y fuera del país a la podemita española. Lo visto es una especie de “rechazo masivo” que se resume en una idea simple: el problema de Cuba, para buena parte de quienes comentaban, no era solo lo que venía de fuera, sino lo que llevaba décadas funcionando por dentro.

Zapatero a su zapato

Hubo quien le pidió a Montero que dejara “a los cubanos en paz” y quien la retó a vivir un tiempo en la Isla sin privilegios ni divisas para “ver quién ahoga al pueblo”. El tono fue áspero, pero el argumento se repitió con una coherencia casi automática: si en España se puede crear un partido, competir en elecciones y disentir sin acabar preso, por qué se defiende para Cuba un sistema donde esos derechos no existen.

En esa lógica, el “bloqueo criminal” pasó a ser, en boca de comentaristas cubanos, el “bloqueo interno” de un poder que controla economía, prensa, sindicatos y policía.

No todos los comentarios iban por ahí, pues el comentario del periodista y activista Claudio Gaitán Garmendia abrió otra arista: si el Gobierno español es interpelado para ayudar, también debería serlo por vender material antidisturbios que termina usado contra manifestantes, una acusación que enlazó con reportes sobre exportaciones españolas de ese tipo de equipamiento.

La respuesta cubana también se apoyó en una comparación incómoda que apareció una y otra vez: la del país que pide solidaridad internacional mientras crece el contraste entre carencias y gasto estatal. Varios comentarios señalaron, con palabras distintas, la misma escena: falta de alimentos, apagones, escasez de medicinas, y al mismo tiempo hoteles y un aparato represivo visible. En el hilo, esa contradicción fue usada como refutación a lo pedido por Irene Montero: si la ayuda exterior entra sin condiciones, decían, no “rompe el bloqueo”, sino que puede terminar sosteniendo a quienes administran la escasez.

En esta especie de cruzada «pro Cuba», Montero no ha estado sola. También apareció, como siempre hace, Manu Pineda, político de Izquierda Unida y ex eurodiputado, que publicó un mensaje en la misma dirección: “Bloquear a Cuba es atacar hospitales, escuelas y alimentos”, y remató que Trump no busca democracia, sino obediencia.

El texto remitía a su columna en Público sobre la “nueva escalada” de Estados Unidos. En los comentarios, la respuesta cubana fue casi simétrica a la que recibió Montero, pero con un matiz: más que discutir el concepto de “bloqueo”, muchos preguntaron por la materialidad del país real. “¿Qué hospitales? ¿Qué escuelas? ¿Qué alimentos?”, se leía, como si la frase de Pineda describiera una Cuba que ya no está.

Otros empujaron el foco hacia 1959: “la dictadura está atacando desde el 59”, “67 años de opresión”, “no queremos socialismo ni un día más”. La discusión se volvió un pulso por el sujeto que se pretende defender: si “Cuba” es el pueblo o si “defender a Cuba” termina significando defender a un Estado-partido.

Para que el cuadro no quede de un solo color, también hubo voces a favor, y no pocas. En el hilo de Montero apareció apoyo explícito a su postura, celebrándola como defensora de la autodeterminación, y en el de Pineda hubo mensajes que repetían el encuadre clásico de “soberanía”, “no sumisión” y “unidad de los pueblos”. Esa minoría no cambió el sentido general de la conversación, pero recuerda que el tema Cuba en España sigue siendo un campo ideológico, no solo humanitario.

Montero, eurodiputada de Podemos, ha construido su perfil público en claves de derechos y política internacional desde instituciones europeas, según su ficha oficial en el Parlamento Europeo. Pineda, por su parte, viene de una trayectoria en Izquierda Unida y del activismo internacionalista, también con paso por el Parlamento Europeo. Pero en esta polémica, sus trayectorias importaron menos que la frase que les devolvieron los cubanos: preocuparse por Cuba sin hablar de libertades, presos políticos y represión no se percibe como solidaridad, sino como complicidad. Y sobre todo, haciéndolo desde Europa, como privilegiados que son ambos.

Explicando desde el privilegio europeo a los españoles, «cómo es Cuba»

Hay un fenómeno europeo que se repite con una persistencia casi mecánica a cada rato desde hace muchísimo tiempo: Europa mira a América Latina, la narra, la clasifica y la explica como si estuviera traduciendo un idioma exótico para su propio consumo moral.

No se trata solo de ignorancia, sino de posición. El europeo habla desde un suelo donde la política, por defectuosa que sea, está regulada por derechos prácticos: se puede votar, alternar, protestar sin que te desaparezcan, fundar un partido sin que te llamen mercenario, entrar y salir del país sin permiso de la policía. Ese piso cambia la forma de entender cualquier conflicto. Cuando desde ahí se enuncia “bloqueo”, “soberanía”, “agresión externa”, esas palabras pesan distinto que en un país donde la escasez es rutina y la represión es una herramienta cotidiana de gobierno, como lo es el caso cubano.

Construyen una Cuba simbólica para europeos, útil para su debate interno —antiimperialismo, Estados Unidos como villano automático, nostalgia de revolución— y en esa operación el cubano real queda reducido a figurante. Cuando el cubano entra en la escena, lo hace como excepción incómoda: el que “se dejó manipular”, el que “no entiende”, el que “replica propaganda de Miami”. Ese gesto convierte el privilegio en método: el europeo decide qué cubano es “pueblo” y cuál es “instrumento”.

Por eso los comentarios en redes irritan tanto: rompen la traducción. El cubano no discute teoría, discute vida diaria. No discute geopolítica, discute hambre, apagones, policía, cárcel. Frente a eso, el europeo que insiste en explicar Cuba sin decir dictadura pide algo indecente: que el dolor ajeno encaje en su marco conceptual. Y cuando no encaja, lo corrige. Ahí se ve el privilegio desnudo: la tranquilidad de quien puede permitirse equivocar el diagnóstico sin pagar el costo.

Sobre todo fallan, todos, en una cosa: no se puede explicar el fenómeno cubano desde el punto de vista europeo. Son dos contextos diferentes, dos culturas diferentes, dos modos de vida distintos. Los cubanos no saben qué es la democracia. Los europeos sí. Ya a partir de ahí, todo razonamiento de enseñanza y doctrina tipo «deben hacer así», suena a quimera y a idilio si es que quieres lograrlo de la noche a la mañana. Dicho de una manera más fácil para que se entienda: el que ha aprendido a ser abusador y violento toda su vida, machista, racista, homófobico y xenófobo, tiene que vivir todo un proceso largo, meses o años, para deconstruirse.

Y… ¿qué quieren los cubanos?

Cuando uno escucha a cientos de cubanos hablando sin micrófono institucional delante pronunciando la palabra “ayuda”, el proceso no se entiende como una solución, sino como una prórroga.

La gente en la isla no es insensible al alivio inmediato, pero ha aprendido a desconfiar del mecanismo, porque lo siente como una prolongación de su agonía. En Cuba, que no es para nada un país “normal” como lo pudiéramos entender millones, donde el Estado administra en función del ciudadano, existe todo un sistema donde el Estado es dueño de todo, como estado totalitario al fin. Donde el disenso no es solo censurado, sino también reprimido. Millones se han ido. Millones que están dentro tienen miedo expresarse.

Eso cambia todo. Y más que “cooperación” o “más ayuda”, como pide Montero, los cubanos piensan sino en términos de fin. Fin de la miseria, fin del apagón permanente, fin de la vigilancia, fin de la dependencia, fin de la arbitrariedad. En ese lenguaje, la solución no es un paquete de asistencia, como propone la podemita española, sino un cambio de reglas.

La obsesión europea con “ayudar a Cuba” suele asumir que el problema es de recursos, o de sanciones, o de logística, y no entiende que toda ayuda de ese tipo es un paño tibio sobre una herida abierta. Cuba no es aquella isla que drenaba, con motivos respaldados, a la monarquía española. Cuba es desde hace ya mucho tiempo un país independiente de España; donde viven millones de cubanos que llevan años viendo el país hundirse mientras crecen hoteles, policías y privilegios; un país donde el problema se percibe como político y moral antes que económico.

Una encuesta a pie de calle, si fuera posible sin miedo, probablemente no se parecería a los comunicados solemnes. No estaría llena de consignas ni de geopolítica. Estaría llena de frases cortas: que se vayan, que nos dejen elegir, que dejen trabajar, que no nos vigilen, que no nos amenacen, que no nos mientan; que el salario nos alcance.

Ese tipo de demanda, Montero y Pineda deberían saberlo, no se resuelve con ayuda exterior, porque la ayuda exterior no cambia el contrato interno entre poder y ciudadanía. Puede bajar la fiebre, pero no cura la infección. Y cuando el enfermo lleva décadas así, llega un punto en que hasta el alivio se siente sospechoso: no porque no haga falta, sino porque se teme que solo sirva para prolongar lo que ya no se aguanta.

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