Florida, durante años presentada como gran imán migratorio dentro de Estados Unidos, aparece ahora en titulares por un dato que apunta a cambio de ciclo: una caída del 88% en 2025, según un informe federal, reportado en un contexto donde las políticas migratorias se endurecen, las rutas se recalculan y el costo de vivir en el sur del estado convierte la “llegada” en algo menos definitivo de lo que parecía.
Ese descenso, sin embargo, no significa que la migración se detenga, sino que se reordena: menos personas eligen Florida como primer destino, más gente se mueve con incertidumbre y, sobre todo, crecen las dudas sobre estatus, detenciones y deportaciones.
La ansiedad migratoria se expresa con una pregunta que ya no es retórica: “¿Te pueden deportar y no lo sabes?”
La sola existencia de guías para confirmarlo refleja el ambiente. En ese marco, la actividad de ICE y sus derivaciones ocupan el centro.
Por un lado, aparecen casos individuales que funcionan como advertencia social, como el de un cubano detenido en Florida que enfrenta acusación por un delito violento. Este tipo de historias se multiplica porque alimenta dos lecturas simultáneas: la de la seguridad pública y la del impacto migratorio, ya que una acusación penal puede precipitar consecuencias migratorias, acelerar procedimientos o bloquear salidas legales.
Identificado como José Zamora Escalona, DHS dijo que se trata de «un inmigrante ilegal criminal de Cuba condenado por agresión agravada con arma mortal en Clewiston, Florida.»
Por otro lado, el foco también se posa sobre la propia agencia. La suspensión de agentes de ICE implicados en tiroteos mortales en Minneapolis y la apertura de una investigación empuja la conversación hacia el uso de la fuerza y la rendición de cuentas. En un clima polarizado, cada episodio así se vuelve combustible: para unos, evidencia excesos; para otros, parte del costo de “hacer cumplir la ley”. Y en medio quedan comunidades migrantes que leen esas noticias con un miedo práctico: no es un debate abstracto si tu vida depende de un encuentro con autoridades.
A ese endurecimiento se suma el componente económico, que en Miami funciona casi como otra política migratoria: el costo de vida impide a jóvenes independizarse, con testimonios de personas que describen gastos mensuales altos y la necesidad de vivir con familiares para sostenerse. En otras palabras, incluso quienes “llegan” y trabajan descubren que la ciudad puede expulsarte por precio. Y eso también reconfigura el mapa: no basta con entrar a EE.UU.; hay que poder pagarlo, y Miami cada vez cuesta más.
Lo que une estos temas es la sensación de que el terreno se volvió inestable.
Florida ya no es, necesariamente, el lugar obvio donde todo empieza para los migrantes procedentes de Latinoamérica. Para colmo de males, la deportación de cubanos dejó de sentirse como posibilidad lejana y se convirtió en una amenaza real. ICE aparece tanto por operativos como por controversias internas. No les importa si eres demócrata o republicano. Si eres amante de Trump o lo odias. ç
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El costo de vida se endurece con «el hielo» y empuja a la gente a moverse incluso dentro del “sueño americano”. La migración sigue, pero se parece menos a una ruta y más a un laberinto.

















