Salazar, Rubio y Trump: La línea dura republicana se pone a Cuba en el pecho, mientras vigila a China con el rabo del ojo

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La congresista María Elvira Salazar volvió a colocarse en el eje del discurso republicano más duro sobre Cuba al respaldar públicamente a Marco Rubio y celebrar que Donald Trump actúe “contra los narco-terroristas del continente”, una formulación que mezcla política regional, seguridad y una narrativa de confrontación que busca amarrar en un mismo paquete a varios gobiernos señalados por Washington. El gesto no es menor dentro de la política floridana: Salazar se alinea con Rubio en una temporada donde la conversación pública sobre Cuba, Venezuela y migración tiende a cruzarse, y donde el mensaje a la base electoral se construye en clave de firmeza y urgencia.

Ese respaldo se complementó con otra intervención que apunta a un adversario distinto, pero con la isla como escenario: Salazar afirmó que China no defiende al pueblo cubano y que su interés real es sostener una presencia de espionaje en Cuba, una acusación que ya circula en la política estadounidense desde hace tiempo, pero que aquí se reitera con lenguaje directo y promesa incluida.

En su mensaje, la congresista vinculó el futuro político de la isla con una eventual decisión de cierre: “cuando el régimen caiga” se cerraría esa supuesta instalación, y con ello se eliminarían “amenazas chinas” en el hemisferio. La estructura del argumento es clara: la continuidad del gobierno cubano sería la condición que permite la presencia china; el cambio político en La Habana, la condición que permitiría desactivarla.

En términos políticos, esa combinación de mensajes cumple dos funciones a la vez. Por un lado, refuerza el marco moral: se presenta a Cuba no solo como un problema interno de derechos y libertades, sino como una pieza operativa dentro de disputas geopolíticas mayores. Por otro, robustece el marco de seguridad: el lenguaje de “narco-terroristas” y “espionaje” desplaza la conversación desde el terreno humanitario o migratorio hacia el terreno de amenazas regionales, donde las medidas duras se justifican más fácilmente ante el público.

El respaldo explícito a Marco Rubio es, además, un mensaje de coordinación dentro del liderazgo republicano de Florida. Rubio se ha convertido en una figura clave para articular posturas hacia Venezuela y Cuba en el debate federal, y Salazar opera como altavoz eficaz en un distrito donde la política exterior hacia el Caribe y América Latina no es un asunto lejano, sino parte de la vida cotidiana de comunidades migrantes, exiliadas y políticamente activas. Por eso, cuando ella enmarca la agenda de Trump como ofensiva contra “narco-terroristas”, está ofreciendo una lectura que busca ordenar el mapa regional con líneas gruesas: aliados y enemigos, democracia y mafia, hemisferio y amenaza.

La acusación sobre China añade otro ingrediente: la competencia estratégica global. Al señalar que Pekín “corre a defender” a La Habana por interés propio, Salazar traslada el debate cubano al tablero de rivalidad entre potencias. No se trata solo de denunciar al gobierno cubano; se trata de decir que sostenerlo beneficia a China y perjudica a Estados Unidos, y que por tanto el tema no es local ni bilateral, sino hemisférico. Es una escalera argumental que amplía el alcance del conflicto y, de paso, justifica que la política hacia Cuba se trate como asunto de seguridad nacional y no únicamente como cuestión de derechos humanos o transición política.

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Al final, el denominador común de las dos intervenciones es la misma tesis: la región se entiende mejor cuando se la mira como un ecosistema de regímenes, redes y apoyos cruzados, y cuando se responde con una estrategia de presión que no tenga matices. Es una postura que moviliza a una parte importante del electorado cubanoamericano y venezolanoamericano, pero que también tensiona el debate interno estadounidense: la línea dura gana aplausos en Florida, mientras en Washington suele chocar con discusiones sobre costos, eficacia, migración y estabilidad regional.

En cualquier caso, Salazar dejó claro que, en su libreto, Cuba no es solo un país en crisis: es un nodo de la disputa continental.

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