Un audio de apenas unos segundos, grabado desde Cuba y difundido masivamente en TikTok, volvió a activar una de las tensiones más persistentes entre quienes emigraron y quienes se quedaron: la expectativa de que, fuera de la isla, el dinero “aparece”. Y aparece fácil. Facil no, facilísimo.
La frase que desató el debate parece inofensiva, casi tierna: “Jaqueline, mija, me da tremenda pena contigo, yo nunca te pido nada… a ver si me puedes mandar aunque sea una motorina para el niño”. Pero lo que sigue —“ustedes allá se buscan 150 o 200 dólares diarios”— convirtió el mensaje en un símbolo incómodo de cómo se imagina el exilio desde adentro.
El fragmento, replicado por decenas de cuentas y comentado por cientos de cubanos dentro y fuera del país, generó una avalancha de respuestas que oscilaron entre la burla, la irritación y la identificación.
@unacubanaanticomunista_ Eso no es nada…. #ustedeslosricos #viraltiktok #humor ♬ sonido original – Guayabales L.A.🌻🐴🦋
En videos de reacción, varios usuarios cuestionan el cálculo, ironizan sobre la supuesta abundancia y desmontan, con cifras propias, la idea de que en el extranjero el dinero se gana sin esfuerzo. “Aquí nadie recoge billetes del piso”, dice una mujer en uno de los clips. “Si fuera así, yo no tendría dos trabajos”, añade otro. Otros, con menos humor, apuntan a lo que llaman “la presión constante” de ser vistos como salvavidas económicos.
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No son pocos los videos en Tiktok principalmente, aunque aparecen también en Instagram y Facebook, donde se muestran dos fotos: una, como creen en Cuba que vivo; otra, al lado, la realidad. En la primera, el emigrado se pone forrado de dólares. En la segunda, se pone limpiando un baño.
Más allá del chiste, el audio toca un nervio antiguo. No es la primera vez que una frase viral condensa una creencia colectiva: que quien logra salir de Cuba entra automáticamente en otra categoría económica, casi mítica. No se trata solo de pensar que afuera se vive mejor, sino de asumir que afuera el dinero es abundante, rápido, casi inevitable. Esa imagen no nació con TikTok. Viene de décadas de relatos, silencios y malentendidos que han ido construyendo un imaginario donde el emigrado no es una persona con gastos y precariedades propias, sino un punto de acceso a una economía inalcanzable desde la isla.
En los comentarios, muchos cubanos en el exterior coinciden en algo: la frase “me da tremenda pena” suele ser la antesala de un pedido imposible de sostener. “No es la motorina, es la lógica”, dice una usuaria en un video de respuesta. “Ellos creen que uno gana en dólares y gasta en pesos cubanos”. Otros reconocen que el audio les resultó dolorosamente familiar. “A mí me mandan cosas así todo el tiempo. No porque sean malos, sino porque no saben”, comenta otro creador. La crítica, en la mayoría de los casos, no se dirige a la mujer del audio, sino al sistema de creencias que la rodea.
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Y esto es cierto. La mayoría de los que allá viven desconocen cómo es el mundo allá afuera. Lo dice quien «se molestó» por una grabadora tipo panqué que me mandaron en 1981 mis familiares de la yuma, y no una stereo doble cassetera. Lo dice el que pidió unos tenis Reebok, que costaban cerca de 100 dólares a un primo que era estudiante.
Pero bien, hagamos un cálculo sencillo en base a «la norma» de una persona X en Miami.
Una persona que gana 15 dólares la hora y trabaja 24 días al mes, ocho horas diarias, obtiene un ingreso bruto de 2,880 dólares mensuales; tras descontar un estimado conservador del 20 % en impuestos, su ingreso neto ronda los 2,304 dólares. Si esa persona paga una renta de 2,000 dólares y asume gastos mínimos como servicios (150), teléfono e internet (120), transporte (150) y comida básica (350), sus gastos mensuales superan los 2,700 dólares, lo que la deja en déficit cada mes, incluso sin imprevistos, sin lujos y sin enviar dinero a nadie.
Pero vayamos al ejemplo extremo de la que no quiere que la parta un rayo: digamos que su “beneficiaria” gana 200 dólares al día; eso implica un salario de 25 dólares la hora si trabaja ocho horas, lo que al mes, con 24 días laborables, daría 4,800 dólares brutos, que tras descontar un 20 % aproximado en impuestos se reducen a unos 3,840 dólares netos; si de ahí restamos una renta de 2,000, más gastos mínimos de servicios (150), teléfono e internet (120), transporte (150) y comida básica (350), el resultado es un margen cercano a los 1,070 dólares mensuales, lejos de cualquier idea de abundancia y, sobre todo, muy distante de la fantasía de que el dinero “sobra” en el exilio.
Sin embargo, en ninguno de esos ejemplos se incluye nada de lo que convierte a una cifra en una vida real: no están el seguro del auto, la gasolina diaria, el mantenimiento, el seguro médico, las medicinas, la ropa, una salida ocasional, un cumpleaños, un baby shower, una visita al dentista, una multa, una reparación imprevista ni el envío de dinero a Cuba; es decir, todo aquello que no aparece en la hoja de cálculo pero que termina decidiendo si se llega a fin de mes o se vive a crédito, incluso cuando se gana lo que desde la isla parece una fortuna.
Ese sistema tiene raíces profundas. En El Super, la película de León Ichaso estrenada en 1979, el protagonista descubre que el “sueño americano” es un sótano frío en Nueva York, lejos de la abundancia que otros imaginan para él en la isla. Décadas después, Niu Yol, del dominicano Ángel Muñiz, incluyó una escena que se volvió emblemática: el personaje cuenta cómo le decían que en Estados Unidos los billetes de veinte dólares estaban en el suelo y nadie se agachaba a recogerlos. En ambos casos, la exageración no busca hacer reír, sino revelar una distancia: la brecha entre la expectativa y la realidad.
En Cuba, esa brecha se fue agrandando con los años. Durante los 90, las cartas que pedían jeans, walkman o latas de comida se mezclaban con la idea de que “el de afuera” siempre podía. Más tarde llegaron las mulas, los envíos, las remesas como sostén de familias enteras. En ese tránsito, el emigrado pasó de ser pariente a convertirse, muchas veces sin quererlo, en recurso. El audio de TikTok no inventa nada: solo pone voz a una creencia que lleva tiempo circulando.
Las reacciones críticas que vemos en los videos de respuesta a la que pide que la parta un rayo antes que pedir algo, van en esa dirección. No se trata solo de desmentir el cálculo de “seis mil al mes”, sino de explicar que en el extranjero también se vive al límite.
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“Entre renta, comida, transporte y papeles, no queda nada”, dice una cubana desde Miami. Otro añade: “Aquí no hay mes que sobre”. Algunos hablan incluso del desgaste emocional: sentir que no se puede decir que no, porque del otro lado hay necesidad real, pero también una expectativa imposible de cumplir.
El audio, sin proponérselo, expone esa tensión. No es un chiste aislado, sino un síntoma. Para quien lo escucha desde fuera, puede sonar ingenuo; para quien lo envía, es una mezcla de esperanza y desconocimiento.
Por eso, más que reírse de la frase, muchos cubanos prefieren leerla como una señal. No de ignorancia, sino de una economía emocional que se construyó durante años. El problema no es que alguien crea que afuera se gana más. El problema es creer que ese “más” es infinito, automático, sin costo. El audio no habla de dólares: habla de una fe depositada en el otro.
En ese sentido, la frase que titula este texto resume la contradicción. “Que me parta un rayo antes de pedirte nada”, dice la voz, justo antes de pedirlo todo. No por abuso, sino por necesidad. No por maldad, sino por una historia que enseñó a mirar hacia afuera como si allí, en algún lugar, todavía cayeran los billetes del cielo. O estuviesen colgados en las ramas de los árboles.


















