Mike Hammer no da detalles sobre plan de Washington para La Habana pero… ¡Ignacio Giménez lo tiene todo!

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Esta semana, el jefe de misión de Estados Unidos en La Habana, Mike Hammer, se plantó ante la prensa en medio de la llegada y el inicio de la distribución de ayuda humanitaria del gobierno de los Estados Unidos canalizada a través de la Iglesia católica.

Hammer, al hablar de la ayuda, separó “pueblo” y “régimen”, e insistió en que la asistencia no debe beneficiar al gobierno, repitiendo que, si se interfiere, quedará a la vista. Otros reportes detallan el tamaño y el objetivo del paquete de asistencia estadounidense y la intención de distribuirlo a través de redes vinculadas a Cáritas y la Iglesia católica, precisamente para reducir la captura estatal.

Esa es la parte material del momento: cajas, logística, combustible escaso y una disputa política alrededor de quién toca, reparte y se atribuye el gesto, pero… Las frases cortas, dichas a medias, tienen una ventaja: dejan espacio para que otros llenen el resto.

Y mientras Hammer decía “No puedo adelantar detalles” y algunos se enfocaban en el resto de lo hablado, que Washington insiste en que la ayuda debe llegar “directamente” al pueblo y no convertirse en un premio logístico para el Estado y La Habana, por su parte, repitiendo que aceptará donaciones “siempre que beneficien al pueblo” y se canalicen por las vías oficiales, otra idea se convirtió en combustible: “el régimen cubano tendrá que escoger”.

Ese “escoger” quedó flotando, deliberadamente, pero sin dudas se refiere al plan que tiene, similar al de Venezuela, el gobierno de los Estados Unidos para Cuba. Digamoslo así: la salida que le ofrecerán a Díaz-Canel y compañía llegado el momento cero.

Hammer dice que no puede adelantar detalles y se escucha una invitación a “rellenar” el misterio. En los últimos días ha circulado un argumento que funciona como “traducción” del suspense de Hammer: que Washington estaría dispuesto a ofrecerle a la cúpula una salida —exilio, asilo, refugio— hacia Rusia como parte de una eventual negociación. Es una idea que se alimenta de precedentes y de clima, pero no de confirmaciones. En el caso venezolano, por ejemplo, se reportó que un senador estadounidense (Markwayne Mullin) habló públicamente de que Trump ofreció a Nicolás Maduro “la oportunidad de irse a Rusia o a cualquier otro país”, en reportes que recogieron medios internacionales. De ahí a asegurar que existe un “paquete Cuba” idéntico hay un salto que, por ahora, nadie ha documentado con pruebas.

En el ecosistema informativo cubano, donde el secretismo oficial convive con una crisis prolongada y una urgencia diaria, cualquier silencio público es una invitación; y hay personajes como el español Ignacio Giménez, un personaje que se ha vuelto polémico por una mezcla explosiva: dramatización política, afirmaciones sin evidencias verificables y un historial reciente de desinformación que terminó empujando a la gente, literalmente, a las puertas de hoteles, que siempre aprovecha el espacio para colar lo suyo.

Recordemos cómo, en diciembre pasado, el Ministerio de Turismo y luego la televisión estatal salieron a desmentir el bulo de los “1.100 dólares” que, según el propio Giménez, se entregarían en hoteles tras el huracán Melissa. Con ese antecedente fresco, Giménez reaparece ahora con una publicación grandilocuente titulada “EL PLAN DE TRUMP PARA CUBA”, presentada como conclusión de “negociaciones confidenciales con Raúl Castro y su entorno”.

En su relato, la hoja de ruta incluiría sacar a Miguel Díaz-Canel “con carácter inmediato”, montar un “Gobierno Provisional”, crear una “Comisión de Tutela” con norteamericanos y cubanos, liberar a “todos los presos políticos”, “abrir la economía” y modificar leyes internas para facilitar “una transición real, pacífica y rápida”. A partir de ahí, asegura, se impulsaría en Washington el desmontaje de sanciones una vez cumplidos esos pasos, se convocaría a grandes compañías estadounidenses para “apostar por la isla” y se arrancaría con “un mega proyecto tecnológico” con presupuesto “equivalente al PIB cubano actual”. Un megaproyecto donde caben, cabrían, o «vendría», la crema de la crema a rehacer un país que está sencillamente destruido.

La parte más reveladora del texto de promesas de Giménez es cuando coloca como triángulo asesor de ese megaproyecto a Jeff Bezos y a Mauricio Claver-Carone en una especie de comisión de tutela, entre los CEO de tecnológicas y el equipo de Trump. Bezos aparece descrito como artífice de una convocatoria de CEOs de grandes tecnológicas (menciona Nvidia, Microsoft, Oracle, Apple, Alphabet/Google, Meta, IBM, Cisco y hasta la red satelital Starlink), Claver-Carone como operador político y vínculo con organismos financieros internacionales, y el propio Giménez como “nexo de unión” entre el nuevo gobierno provisional, la comisión de tutela, las tecnológicas y el equipo asesor de Trump. ¿Acaso Uds. pensaban que «el gallego» se iba a quedar fuera?

Hay que decirlo, en ese escenario, el “plan” de Giménez funciona menos como información REAL verificable, y más como aspiración empaquetada: un libreto donde todo encaja, donde los culpables salen y los salvadores entran, donde el cambio llega en orden, con comisión, con presupuesto y con un puente directo entre La Habana y Silicon Valley. A fin de cuentas tenemos un antecedente real: Cuba antes de 1959, fue el país donde se ensayaron «de primero o segundo», varios de los grandes avances tecnológicos de la humanidad.

La frase de Hammer —“el régimen cubano tendrá que escoger”— seguirá circulando porque es ambigua y porque la ambigüedad, en Cuba, se convierte rápido en mercado. El “plan” de Ignacio Giménez también circulará, por la misma razón, aunque venga con el peso específico de un antecedente reciente que lo persigue.

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