Desde la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando se conoció la operación militar de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, en Cuba empezó a circular otra pregunta que el parte oficial no ha querido poner en primer plano: qué pasa con los médicos y el personal sanitario cubano desplegado en ese país. La inquietud no nació en un comunicado, sino en comentarios sueltos en redes sociales: familiares que dicen no tener noticias, personas que aseguran haber recibido mensajes desde Caracas pidiendo orientación, y conocidos que piden “confirmación” porque la misión, por horas, pareció quedar en un limbo.
El Estado sí habló, pero de forma breve y con el foco puesto en otra parte. El ministro de Salud Pública, José Ángel Portal Miranda, aseguró que existe “comunicación constante” con la jefatura de la misión y que los “colaboradores” están protegidos, sin ofrecer cifras, ubicaciones ni un mecanismo de información para las familias. Granma reprodujo esa línea en una nota mínima, sin entrar en detalles sobre traslados, protocolos de seguridad o planes de evacuación.
Ese vacío explica por qué, aun con la afirmación oficial, el ruido no baja. Diario de Cuba recogió testimonios de personal sanitario en Venezuela que describen horas de encierro en viviendas, limitaciones para moverse y espera de “orientaciones” que no llegan con claridad, lo cual coincide con la sensación de desamparo que se respira en los comentarios de familiares en redes.
La ansiedad se alimenta también de la forma en que La Habana ha priorizado su narrativa en estos días. El 5 de enero, el Gobierno cubano confirmó la muerte de 32 ciudadanos cubanos “miembros de las fuerzas armadas y servicios de inteligencia” durante los hechos en Venezuela y decretó duelo oficial. Esa comunicación, detallada para el caso militar, contrastó con la parquedad sobre la misión médica.
Para muchas familias, el recuerdo que vuelve no es Venezuela, sino África. En 2019, los médicos cubanos Assel Herrera Correa y Landy Rodríguez Hernández fueron secuestrados en Mandera, Kenia, y durante años la información oficial fue escasa, intermitente y tardía. En 2024, tras reportes de que podrían haber muerto en Somalia, la indignación creció precisamente por la falta de confirmación y la ausencia de respuestas claras.


















