Treinta mil toneladas de arroz suenan a mucho cuando se miran desde la libreta y desde la olla. Pero cambian de tamaño cuando se miran desde un país entero.
China activó un programa de ayuda de emergencia y ya entregó el primer cargamento en La Habana. Otro llegó a Santiago de Cuba y vienen más en camino. En cualquier casa eso significa algo concreto: comida por unos días. Un respiro corto. Si acaso. Pero leída con calma, la noticia vuelve a poner delante lo que Cuba lleva años siendo: un país que no se sostiene por lo que produce, sino por lo que le llega.
El arroz chino entra en esa categoría de salvavidas que no se discuten. Nadie con hambre va a despreciar un saco. El problema no es agradecerlo, sino darse cuenta de en qué se ha convertido la normalidad: una cadena de auxilios, cada vez más frecuentes, cada vez más imprescindibles. Ya no es una excepción. Es el sistema.
La propia nota del South China Morning Post lo dice sin rodeos: “emergency aid”. La conecta con la escasez de alimentos, con la falta de combustible, con el endurecimiento de sanciones y con el corte casi total del petróleo venezolano. Reuters añadió otro dato que pesa: PDVSA no habría enviado crudo ni derivados a Cuba durante cerca de un mes, y el último barco salió a mediados de diciembre, con el transpondedor apagado, cargando unos 600.000 barriles. Así se mueve hoy el combustible que mantiene con vida a la isla.
Una vez más, Cuba queda atada a dos cosas que no controla: la voluntad de sus aliados y el nivel de presión de sus enemigos. Cuando la energía se corta, todo lo demás se encoge. No hace falta exagerar. Sin combustible se paran los ómnibus, se apagan las fábricas, se caen los hospitales, vuelve el apagón y el hambre corre más rápido. En 2025, Venezuela habría sido el mayor proveedor, con unos 26.500 barriles diarios, cerca de un tercio de lo que Cuba necesita para funcionar. México aparece muy lejos, con unos 5.000.
Mientras tanto, Washington deja claro que no se trata solo de sanciones “en papeles”. Las incautaciones de tanqueros vinculados a Venezuela ya son rutina. Se habla abiertamente de una especie de cerco marítimo, de una vigilancia más agresiva en el Caribe. En ese tablero, la economía cubana queda atrapada entre varias manos: la energía por un lado, el dinero por otro, el transporte por debajo. Y entonces aparece el arroz. No como victoria. Como prueba.
Lo más incómodo es que estas 30 mil toneladas no llegan para tapar un hueco puntual, sino para sostener un modo de sobrevivir. En 2024 China ya había enviado otras 20 mil toneladas, también como “emergencia”, repartidas en varios meses. La emergencia dejó de ser un accidente. Se volvió calendario.
Aquí la pregunta ya no es ideológica. Es práctica. Cuba puede producir arroz. Sus propios funcionarios lo reconocen. Hablan de una capacidad de siembra de 200.000 hectáreas. Pero solo se sembraron unas 60.000. Con menos de 200.000 toneladas producidas. Con rendimientos de 3 toneladas por hectárea, cuando en otros países se duplica. No es que no se pueda. Es que el sistema no logra sostenerlo. Falta combustible, faltan piezas, falta transporte, falta riego, faltan incentivos. Todo falla al mismo tiempo.
El entusiasmo oficial por este cargamento resume el país: la comida como donación, la energía como favor, el medicamento como maleta, la pieza como invento. El “resuelve” elevado a política. Se administra la espera como si fuera gestión económica. El mérito ya no está en producir, sino en conseguir, aguantar, negociar. La épica es resistir, no funcionar.
También está el otro lado, menos romántico: a Rusia y a China les conviene que Cuba sobreviva, aunque sea mal. Cada saco de arroz, cada discurso de “amistad”, cada proyecto energético prometido, es también una ficha en un juego más grande. Nadie regala en vacío. Cuba vuelve a ser estratégica cada vez que el Caribe se calienta, cada vez que Washington aprieta, cada vez que Pekín y Moscú buscan marcar presencia.
Y en medio queda la isla. Sin margen para escoger. Agradeciendo porque no le queda otra. Pero esa dependencia permanente va deformando la idea misma de país. Se vive de contingencia en contingencia: hoy arroz, mañana diésel, pasado mañana harina, luego un barco que sí llegó. Se gobierna la escasez como si fuera clima. Se pide aguante como virtud.
No hace falta cerrar con moraleja. Basta mirar la secuencia. Si la energía depende de decisiones ajenas, si el comercio es un campo minado, si la producción interna no despega, entonces el arroz chino no es solo ayuda. Es diagnóstico. Y cuando la dependencia deja de ser excepcional y se vuelve rutina, ya no es un problema externo. Es el modelo. Un modelo que, en Cuba, lleva demasiados años en pie.


















