«Ya hay un colapso»: El demoledor diagnóstico de Mike Hammer sobre la crisis en Cuba

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El diagnóstico desde la máxima instancia diplomática de Estados Unidos en la isla no ha podido ser más lapidario. Mike Hammer, embajador estadounidense en La Habana, ha puesto nombre y apellidos a la agonía que atraviesan los hogares cubanos: “Ya hay un colapso”, sentenció sin titubeos.

En una reveladora entrevista concedida al influyente comunicador Enrique Santos, el diplomático desnudó la precariedad de un sistema que parece haber tocado fondo, describiendo una realidad donde la oscuridad ya no es exclusividad del interior del país.

Hammer fue enfático al señalar que el desastre energético ha dejado de ser un problema regional para tragarse también a la capital. “Ya hay un colapso. No hay electricidad apenas, sobre todo en las provincias. Ahora se está sintiendo en La Habana lo que antes se vivía en el resto del país”, explicó a Santos.

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Para el jefe de la misión, el deterioro no es una cifra estadística, sino una tragedia cotidiana que él mismo ha palpado en el terreno: “En Matanzas, en Camagüey, en Guantánamo, en Santiago, hay lugares donde pasan veinte horas al día sin electricidad. Hablé con personas que dejan el ventilador encendido para despertarse a la una o dos de la mañana, cuando regresa la corriente, y poder cocinar o lavar antes de que vuelva a irse. Eso es tristísimo”.

El diplomático vinculó este desplome directamente con la incapacidad de pago del gobierno cubano, mencionando el crítico episodio de la retirada de las centrales flotantes. “Cuando dejaron salir las patanas turcas porque no les estaban pagando, ya se veía venir el problema. La compañía turca decidió que no iba a seguir dando servicio gratis”, recordó.

Lejos de los despachos con aire acondicionado, Hammer ha tejido una agenda de campo que lo ha llevado por Camagüey, Las Tunas y Holguín, donde ha recogido los testimonios que hoy fundamentan su denuncia política.

El pasado 2 de febrero, desde lo alto de la Catedral de Nuestra Señora de la Candelaria, en Camagüey, el embajador se dejó ver celebrando la cultura local: “¡Aquí suenan las campanas en Camagüey! ¡Qué bonito!”, exclamó en un gesto que muchos leyeron como una invitación a la resiliencia ciudadana.

En Puerto Padre, Las Tunas, la diplomacia se tornó denuncia cuando intentó visitar al activista Vladimiro Martín, arrestado justo antes de su arribo. Allí protagonizó un emotivo diálogo con un niño, hijo del detenido, a quien preguntó: “¿Qué quieres ser cuando crezcas? ¿Médico, ingeniero o presidente?”.

En su parada más reciente, Holguín, entregó a monseñor Emilio Aranguren una réplica de la campana de la libertad de Filadelfia, un símbolo cargado de intención política sobre el derecho a la libertad religiosa.

Para la administración de Washington, el escenario actual no es producto de embargos o factores externos, sino del agotamiento absoluto de un modelo económico que ya no sostiene ni lo más básico.

“Ya hay un colapso”, reiteró Hammer en la entrevista con Santos. Para el embajador, las campanas que escuchó en Camagüey no solo marcan las horas de oscuridad, sino que resuenan como un llamado a dejar atrás lo viejo y buscar un renacimiento para una nación que, a pesar de estar exhausta, se resiste a perder la esperanza.

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