Suceso en Corralillo, Cuba: ¿Una jugada montada?

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Cuba, cuando está en problemas, siempre ha preferido la épica. Y este hecho sucedido en Corralillo le viene de perillas. No olvidemos aquí un detalle: EE.UU. está justificando su política hacia Cuba bajo el argumento de que Cuba es una amenaza. Y Cuba «acaba de demostrar» que la amenazada es ella.

¿Fue real o fue montado? ¿Qué parte fue real y qué parte fue administrada?. En la Cuba del MININT, esa diferencia es la que decide el significado político de los cadáveres.

Hay historias que nacen torcidas y, cuanto más intentan enderezarlas con “comunicaciones oficiales”, más evidente queda la torsión. Lo ocurrido frente a Cayo Falcones, en Corralillo, Villa Clara, tiene esa textura: cuatro muertos en una lancha registrada en Florida, seis heridos bajo custodia hospitalaria en Cuba, un comandante cubano lesionado y dos gobiernos prometiendo “investigar”, cada uno con su propio diccionario político. La Habana dice que fue un “intento de infiltración con fines terroristas” y que los ocupantes abrieron fuego; Washington insiste en que no hubo participación del gobierno estadounidense y exige acceso a los sobrevivientes para sacar conclusiones sin arrodillarse ante el parte del MININT y esperar por los comunicados que de este provengan que, como ya vimos, tienen errores. No errores: chapuzas. Y graves.

En ese marco, el suceso de Corralillo nos muestra que si el relato sale a la luz demasiado rápido es porque el régimen cubano ya tenía un relato listo. Que el propio gobierno cubano termine admitiendo un desliz de identidad en las primeras informaciones sobre el caso, parece confirmarlo. En un episodio con muertos y consecuencias diplomáticas, un error así no es un detalle menor.

El veterano Carlos Cabrera Pérez tal vez lo ha dicho con cierta crudeza (esa que a algunos oídos y ojos molesta) pero lo dijo: que la información oficial “delata que los estaban esperando”. Cabrera no lo plantea como una certeza judicial, sino como una lectura política de señales: el aviso previo de Díaz-Canel sobre planes “terroristas” en Estados Unidos, la velocidad con que salió el encuadre de “infiltración” y la torpeza de una lista que se rectifica a posteriori. Cabrera vuelve sobre esa idea —que los estaban esperando— porque entiende algo básico del poder cubano: su mayor habilidad no es la defensa costera, sino la administración del miedo y de la épica en momentos de crisis.

En ese contexto, un incidente de alta carga simbólica con una lancha “de Florida” funciona como alimento perfecto para el discurso de plaza sitiada: el enemigo externo, el terrorismo importado, la soberanía bajo ataque, la necesidad de cerrar filas. The Guardian, al reportar el suceso, lo ubicó precisamente en un momento de tensión creciente entre ambos países, con Washington anunciando investigación propia y La Habana endureciendo su narrativa de agresión. No olvidemos aquí un detalle: EE.UU. está justificando su política hacia Cuba bajo el argumento de que Cuba es una amenaza.

Aunque “¿jugada montada?” le sonará a muchos cubanos, miles, decenas de miles y cientos de miles, como comentario de esquina, también tiene que leerse como hipótesis razonable, aunque todavía no demostrada. Porque “montada” no significa necesariamente inventada desde cero; puede significar conducida, empujada, infiltrada, orientada hacia un desenlace útil. La frontera entre “operación frustrada” y “operación administrada” es la frontera que los aparatos de inteligencia —y en esto la Seguridad del Estado cubano, heredera de los «mejores» métodos de la Stassi alemana, sabe hacer muy bien— aprenden a caminar, sobre todo en un conflicto largo como el de Cuba con el exilio armado y los Estados Unidos.

Lo interesante para muchos de los que apenas leen y conocen poco de la historia —del Reparto y el reguetón, ¡oh sí, y mucho!; y de opinar en redes sociales también (con faltas de ortografía incluídas— es que buena parte de lo dicho por Carlos Cabrera Pérez, no es mentira.

En este lunario de luces que suele ser cada post de Cabrera Pérez, aparece un nombre que sirve de bisagra entre la sospecha actual y la historia documentada: Francisco Ávila Azcuy, “Panchito”.

No es un personaje mítico de Facebook. La prestigiosa TIME publicó en 1992 que Ávila Azcuy afirmaba haber sido un doble agente: espiaba a comandos del exilio en Miami para Fidel Castro mientras ayudaba al FBI a desentrañar redes de espionaje cubanas en Estados Unidos. La misma nota subraya que un diplomático cubano fue expulsado después de que una televisora en español (WSCV) lo grabara conversando con Ávila sobre una posible redada. Ese antecedente de «Panchito» no prueba nada sobre Corralillo, pero sí vuelve ridículo el gesto automático de descalificar cualquier duda como “conspiranoia”.

En el ecosistema Cuba–Miami, la infiltración ha existido, se ha narrado en medios internacionales y ha tenido efectos políticos concretos. Cabrera lo usa para decir: si ya se ha penetrado y manipulado antes, ¿por qué habría que creer que hoy todo ocurre en línea recta? Lo que cambia con Corralillo no es la posibilidad de infiltración; lo que cambia es el contexto: un régimen otra vez y ahora más, necesitado de épica, un exilio más fragmentado, redes sociales más capaces de exhibir grietas, y un gobierno estadounidense que, al menos en lo declarativo, ha marcado distancia de la versión cubana y quiere mirar por su cuenta.

También cambia otro detalle que suele pasar por debajo: la historia reciente de intercepciones violentas en el mar. No hay que exagerar: las guardafronteras de cualquier país pueden usar fuerza. El asunto es la repetición y la opacidad. Cuba ya ha vivido episodios mortales en choques o persecuciones, como el naufragio tras colisión reportado en 2022 frente a Bahía Honda, con al menos cinco fallecidos, incluido un menor, según reportes de prensa internacional que han recogido estimaciones que atribuyen a las Tropas Guardafronteras decenas de muertes en incidentes marítimos; por ejemplo, Archivo Cuba ha documentado al menos 107 fallecidos hasta marzo de 2023 en hechos atribuidos a guardafronteras, advirtiendo además que el registro es parcial. Cuando un aparato tiene historial de fuerza letal y un Estado con tradición de opacidad, cualquier comunicado que de ellos provenga hay que cogerlo con pinzas.

En Corralillo, además, hay piezas que no terminan de encajar con la simplicidad del relato oficial. Axios informó —citando a funcionarios estadounidenses— que había ciudadanos de EE.UU. en la embarcación, que el bote era robado y que Washington pidió acceso formal a los heridos. Reuters reportó que al menos parte de los sobrevivientes permanecían bajo custodia en un hospital en Santa Clara, con fuerte vigilancia y sin acceso a la prensa. Como siempre, el régimen cubano siempre intenta imponer una sola verdad: la que le conviene a él.

¿Recuerdan aquella intervención grabada en video del español Carromero, echándose encima toda la culpa de lo sucedido con Oswaldo Payá? Ningún medio español —¡y mira que hay buenas relaciones con España desde hace dos siglos!— pudo hablar con él, a pesar de los cientos de pedidos. Ahora sucede exactamente lo mismo.

Cabrera Pérez sugiere que uno de los integrantes pudo ser agente o pudo haber empujado el hecho “cuando más conviene” al poder verde olivo. O «a la casta enguayaberada» como suele llamarla él. Cabrera lo escribe con el cinismo de quien ha visto la película repetirse: cuando el régimen se asfixia, aparece un incidente externo que reanima el reflejo de plaza sitiada. La pregunta no es si el exilio armado existe o si hay locuras reales; la pregunta es si el Estado cubano, con su experiencia en penetración, dejó que una locura avanzara lo suficiente para que fuese útil, y luego la contuvo del modo más conveniente para su narrativa. En otras palabras: no “montarlo” todo, sino conducir lo que ya existe hacia el desenlace que más rinde.

Aquí cabe una ironía corta y suficiente. Si el gobierno cubano estaba tan informado, ¿por qué el episodio termina con cuatro muertos y no con una intercepción limpia, verificable y coordinada, incluso con cooperación previa si había señales desde Florida? Porque una intercepción limpia no produce el mismo efecto político que una “infiltración terrorista” neutralizada a tiros.

Habrá quien argumente, y no sin razón o razones, que la fábrica de chapucerías que es el Estado Cubano actuó «como pudo» y «sabe hacer», y por eso los resultados. Sin embargo, eso no aniquila la sospecha que hoy se ha asentado, por experiencias e historia, que esto es una “jugada montada” que no necesita convertirse en sentencia. Cabrera Pérez, en otra publicación, nos lo documenta con lujo de detalles.

Lo que necesita —¡eso sí!— es que se exija evidencia, que se compare balística, que se identifique con precisión quiénes eran, qué vínculos reales tenían, cómo se movieron, quién sabía qué y desde cuándo. Y, sobre todo, que se rompa el monopolio narrativo del MININT, porque ese monopolio es precisamente el mecanismo que permite que un error de nombres conviva con una acusación de terrorismo como si todo fuera igualmente confiable.

En Corralillo, por ahora, lo único sólido es esto: hubo muertos, hay heridos retenidos, hubo prisa por cerrar el relato y hay razones históricas —las que menciona Cabrera, las que documentó TIME con “Panchito”, las que confirma la propia trayectoria de infiltraciones— para mirar el episodio con cautela y no con fe.

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