Luis Felipe Carballosa Martínez, administrador del grupo de Facebook “Béisbol holguinero y leyendas”, ha publicado hace 15 hrs un mensaje breve y directo que ha desatado centenares de reacciones en las redes. Según lo dicho por Carballosa Martínez, Ómar Lucero, un árbitro destacado del béisbol cubano se encuentra «en estado crítico».
El hilo de la conversación en el post publicado, se ha llenado de respuestas con el mismo tono: fe, fuerza, pronta recuperación, bendiciones. Quienes comentan no discuten estadísticas ni polémicas del terreno; hablan desde la memoria afectiva, como si el árbitro volviera a aparecer detrás del home, con su estilo inconfundible y una autoridad que muchos describen como serena.
Lo que se sabe, por ahora, es lo que circula en esas páginas y en medios deportivos que se han hecho eco del alerta sin aportar un comunicado institucional. Algunos sitios señalan que su condición “se ha agravado”, pero advierten que no hay reportes verificados por autoridades sanitarias o prensa oficial.

El nombre de Ómar Lucero no es cualquiera en el béisbol cubano. Un perfil publicado por Granma lo describe como un árbitro formado en su natal Santiago de Cuba, municipio Mella, y con una carrera que lo convirtió en referencia del arbitraje en la Isla; en 2020 se le mencionaba trabajando como chequeador, ligado a la evaluación y el acompañamiento de otros árbitros.
En marzo de 2024, el periódico oficialista Ahora volvió a entrevistarlo y lo presentó como uno de los referentes del arbitraje, recordando su paso por Holguín y su presencia en el estadio Calixto García en funciones técnicas al inicio de la Serie Nacional.
Por eso el impacto del post no se mide solo en “me gusta”. Se mide en la cantidad de gente que, desde distintos puntos del país y también desde fuera, repite lo mismo: que se recupere el más carismático, el que “se daba a respetar”, el que muchos aprendieron a mirar como parte del juego.

En Cuba, además, eso no es poca cosa. En la cultura deportiva cubana —y, en general, en la cultura latina— el árbitro suele existir para cargar con el ruido: se le discute, se le grita, se le culpa. Se le recuerda, casi siempre, por una jugada polémica y no por la suma de años haciendo un oficio ingrato. Por eso llama la atención que, ante una noticia dura y todavía sin parte médico público, aflore una especie de consenso emocional: gente que no está defendiendo un conteo, ni una expulsión, ni una carrera, sino a una persona.
En los comentarios aparece una idea repetida con distintas palabras: que Ómar Lucero era “de los buenos”, “el más carismático”, “un árbitro de respeto”. Hay también una memoria muy concreta de su manera de cantar el ponche, de su calma, de su autoridad sin show. Eso explica que el post de Carballosa haya funcionado como alarma y como punto de encuentro.
Esa reacción también revela algo del béisbol cubano que a veces se olvida cuando se habla solo de resultados o de fugas: la Serie Nacional produjo figuras queridas no solo por lo que bateaban o lanzaban, sino por cómo se paraban en el terreno. Un árbitro, en ese sentido, es una figura todavía más rara de convertir en símbolo afectivo. La regla general es la sospecha. Aquí, en cambio, la regla fue la gratitud. Y cuando un árbitro logra eso, incluso en vida, dice mucho de su manera de estar en el juego y de la huella que dejó en quienes lo vieron durante años.

















