Hay una escena que se repetía casi siempre en el programa Escriba y Lea; un programa que generaciones de cubanos disfrutaron, y era esta: antes de intentar adivinar el hecho histórico al que aludía una pista, los expertos necesitaban ubicarse en el tiempo. Y lo hacían dividiendo la historia de la humanidad en grandes bloques: antes o después de la Edad Media, antes o después de la Revolución Francesa, siglo XIX o siglo XX. No era pedantería académica; era método. Sin esa primera coordenada, cualquier dato quedaba flotando, sin contexto ni sentido.
Cuba ha aprendido a pensarse exactamente así: no como una línea continua, sino como una sucesión de cortes. Antes y después del “descubrimiento”; antes y después de 1868; antes y después de 1895; antes y después de 1898; antes y después de 1902; antes y después de 1959. Colonia y neocolonia… Las fechas funcionan menos como aniversarios que como fronteras. Cambian el lenguaje del poder, las lealtades obligatorias, incluso la forma en que se cuenta lo ocurrido antes.
1492 inaugura algo más que un encuentro: fija la condición de territorio administrado. El 10 de octubre de 1868 rompe la paciencia colonial y abre una guerra que es también un ensayo de nación. 1895 insiste, ya con un proyecto político más maduro. La voladura del Maine en 1898 acelera el desenlace y desplaza el eje de poder del conflicto. 1902 inaugura una república con bandera y gobierno propios, pero con soberanía limitada desde su nacimiento. 1959 no cambia un gobierno: cambia la idea misma de país, de propiedad, de ciudadanía. Y 1963, con la Segunda Ley de Reforma Agraria, termina de cerrar el modelo económico y social: más Estado, menos propiedad privada, menos margen.
No olvidar La Crisis de Octubre, la caída de la URSS, el Período Especial… En medio de todo eso tenemos la Guerra de los Independientes de Color, la de la Chambelona, la caída de Machado, el Golpe de Estado de Batista, el Asalto al Moncada, el desembarco del Granma… pero bueno, esos son más específicos.
Contar la historia así, por fechas, tiene una ventaja evidente: ordena. También tiene una trampa: convierte procesos largos y contradictorios en estampas solemnes. Sin embargo, hay momentos que se imponen solos como marcas temporales, incluso antes de ser aceptados oficialmente. En esa lógica, empieza a sonar posible —incómoda, pero posible— la idea de una Cuba “antes y después de la caída de Nicolás Maduro”.
Como diría un cubano jodedor… ¡Ni Chávez se atrevió a tanto!
No se trata de épica ni de consignas. Se trata de estructura. Cuba amarró buena parte de su supervivencia tras la caída de la URSS a la relación con Caracas: petróleo, financiamiento, misiones, respaldo político, un sustituto funcional del campo socialista perdido. Cuando ese pilar se derrumba, no cae solo un aliado externo; se desajusta una arquitectura interna construida durante más de dos décadas.
La detención de Maduro, su traslado a Estados Unidos, la apertura de un proceso judicial y la admisión por parte de La Habana de la muerte de decenas de cubanos en el contexto venezolano no son episodios aislados. Funcionan como esas pistas que, en un hipotético programa de Escriba y Lea, obligaría a los concursantes a detenerse y decir: “espera, estamos en otro siglo”. La historia no siempre avisa con discursos. A veces basta un expediente, un avión y una captura. O secuestro, como le llaman algunos y como el propio Maduro se definió en la Corte de Nueva York donde fue instruido de cargos.
La pregunta interesante no es si Cuba entrará mañana en democracia ni si el sistema colapsará de inmediato. La pregunta es más fría y más cubana: qué relato construirá el poder para explicar el daño, cómo administrará el miedo, a quién le tocará pagar por los errores y qué parte de esa alianza se podrá sostener sin su figura central: el petróleo. La experiencia histórica sugiere que las grandes derrotas externas suelen venir acompañadas de ajustes internos discretos, administrativos, sin épica.
Por eso no es un capricho pensar la historia nacional con una nueva bisagra temporal. Cuba vive el tiempo no como calendario, sino como ruptura. Y hay rupturas que no se deciden en La Habana, pero la redefinen igual. Como en aquel programa, primero hay que ubicarse. Luego, entender qué viene después.

















