La noticia de la muerte de Alfredito Rodríguez, uno de los cantantes más populares de la música cubana de las últimas décadas, desató en pocas horas una avalancha de mensajes de duelo y gratitud en redes sociales, especialmente en Facebook, que es la red social más usada por los cubanos para informarse y para «desahogarse». El artista falleció este jueves 22 de enero de 2026 en el sur de Florida, según confirmaron familiares y medios que citaron publicaciones hechas desde cuentas vinculadas a su entorno.
La confirmación pública llegó acompañada de un tono sobrio, casi familiar: un aviso de la familia comunicando el fallecimiento y agradeciendo las muestras de cariño. A partir de ahí, lo que siguió fue un fenómeno reconocible para cualquiera que haya visto despedidas masivas de figuras de la cultura cubana: comentarios repetidos, sí, pero también anécdotas precisas, recuerdos con lugar y fecha, y una insistencia que se vuelve retrato colectivo. En Cuba y fuera de Cuba, Alfredito no fue recordado solo por canciones; fue recordado también por su conducta dentro y fuera del escenario.
Este texto recoge reacciones publicadas en varias publicaciones de Facebook donde se compartió la noticia. En ese coro, el primer rasgo que se repite no es musical, sino moral.
“A pesar de su popularidad fue muy sencillo y humilde”, escribió Ana Ibis Fernández. Olga Lidia Cabrera Socarrás lo describió como “persona decente y muy de su pueblo”, y remató con una idea que aparece una y otra vez: “el artista se debe a su público y él así lo llevó a cabo”. Yovani Guevara insistió en esa misma línea: “el más cubano de todos los artistas, el eterno buena persona”. La frase “buena persona”, repetida casi como un estribillo civil, aparece en decenas de mensajes, a veces como elogio simple y a veces como manera de nombrar una época, y es el título de una de sus canciones más conocidas.
Esa época tiene coordenadas muy concretas. Hay quien lo ubica en la televisión del mediodía, con un programa que, según recuerdan varios comentaristas, se volvía ritual doméstico.
“El programa que tenía Alfredito en el Canal Cubavisión a las 12 del día fue muy popular y muy visto por el público cubano”, escribió Margarita Díaz de Armas. Otros lo recuerdan como conductor, “muy buen comunicador”, con una elegancia que se convertía en marca, no en pose. Esa dimensión pública, a la vez familiar y masiva, también la destacan perfiles y obituarios publicados en las últimas horas, que recuerdan su condición de figura muy instalada en la cultura popular cubana.
Pero la otra coordenada es el concierto, la carretera, el estadio, el hotel, el cabaret. Fito Hernández contó un episodio que, por el tipo de detalle, parece guardado años: estaba en Las Tunas, se suspendió un concierto “por problemas de lluvia y electricidad” y, en vez de irse, el cantante salió al público y cantó a capela.
“Eso no he oído a ningún cantante hacerlo”, escribió.
Maida Montolio lo sitúa en Varadero, en el Internacional, y luego en Cienfuegos: un mojito compartido, un reencuentro en el agua, y al día siguiente “en la piscina” cargando con cariño a su hija pequeña. En otra línea, Yordanka Montero Frometa recordó un gesto mínimo de los años 90, cuando “el transporte no existía en Cuba”: intentaba llegar a verlo y él la llamó y la llevó “sin yo pedírselo”.
En el duelo también aparece la conciencia de popularidad como fenómeno social, no como cifra, de un hombre que ganó 8 Girasoles Opina consecutivos como el artista varonil más popular de Cuba.
“Hablar de ser popular en Cuba es, obligatoriamente, pensar en Alfredito Rodríguez”, escribió Ángel Andrés González.
Otros elevan esa idea hasta el rango de comparación histórica: “Después de Benny Moré, Alfredo Rodríguez fue el más popular en Cuba”, afirmó Yoel Paz Morales, subrayando que eso ocurrió “cuando no había redes sociales”. Esa noción de “popularidad sin algoritmo” se repite en comentarios que lo presentan como el artista que llenaba teatros y estadios, que arrastraba público, que hacía que la gente se supiera los coros sin necesidad de promoción.
También hay un tipo de despedida que duele por lo que revela: personas que no eran fans de su música, pero sí de su trato. Sandra Pierucci lo dijo sin adornos: “yo nunca fui simpatizante de su música ni su estilo”, pero trabajé con él y puede dar fe de que era “muy respetuoso”, y dijo que “jamás” lo escuchó hablar mal de colegas o géneros. Ese tipo de testimonio, más raro que el elogio automático, en un mundo actual donde practicamente no hay un «artista del género» que no cree contenido para mantenerse en la boca de la gente, sino es hablando mal de otro, ayuda a explicar por qué la muerte de Alfredito desbordó el nicho de sus seguidores: porque para muchos la discusión no era estética, sino de decencia pública.
Con esa mezcla de fama e intimidad, la despedida se llena de frases que funcionan como señas de identidad. Está el “palante y palante” que varios repiten y que forma parte del estribillo de otra de sus canciones famosas, Sagitario, y también la despedida que muchos recuerdan como sello personal: “Los quiero mucho, mucho”, citada una y otra vez como si fuera una manera de firmar.
La prensa que reportó el fallecimiento también lo identifica por temas emblemáticos como los ya mencionados Sagitario y Buena persona, pero también está Empapado de sudor; todas canciones que han quedado atadas a un período específico de la cultura popular cubana.
Hasta el momento, no todos los reportes coinciden en detalles menores, pero sí en lo central: la familia confirmó el fallecimiento y las reacciones se multiplicaron de inmediato, dentro y fuera de la Isla. En Facebook, entre girasoles, velas virtuales y condolencias, lo que termina imponiéndose no es la consigna, sino el recuerdo concreto: el cantante que se bajaba a saludar, el que abrazaba, el que aceptaba solicitudes de amistad, el que cantó sin electricidad, el que se dejó querer y devolvió el gesto.
En un país donde casi todo se discute con rabia o cansancio, la muerte de Alfredito Rodríguez provocó algo distinto: una unanimidad emocional hecha de pequeñas escenas. Y eso, en Cuba, es una medida de popularidad que no se fabrica.
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