El ansiado vuelo hacia el exilio no borró la cruda realidad del encierro. Luis Manuel Otero Alcántara, fundador del Movimiento San Isidro y símbolo de la disidencia cubana, confesó este lunes que la antesala a su destierro estuvo lejos de ser un escenario de libertad. En una reveladora entrevista concedida a Martí Noticias tras su llegada a la ciudad de Miami el pasado sábado, el artista detalló cómo la Seguridad del Estado transformó sus últimos días en la isla en una extensión de su presidio bajo una fachada diferente.
La pesadilla de este último tramo comenzó el 7 de julio, cuando efectivos del régimen lo extrajeron de la prisión de máxima seguridad de Guanajay. Lejos de liberarlo tras cumplir íntegramente su condena política de cinco años, los agentes lo trasladaron a una vivienda en las inmediaciones de Guanabo. En este refugio controlado, Otero Alcántara permaneció bajo estricta custodia mientras se concretaban los trámites migratorios hacia territorio estadounidense. Sobre esta experiencia, el creador fue tajante: «Yo estaba preso todavía. Simplemente me estaban llevando para otro sitio».
Su entrada a Estados Unidos se materializó luego de que el 17 de julio le fuera aprobado un parole humanitario individual, gestionado a través del formulario I-131 ante el Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS). La elección de este destino no fue fortuita; el artista explicó que optó por el país norteamericano debido a la cercanía geográfica con su tierra natal y a la presencia de gran parte de su núcleo familiar. Sin embargo, aclaró que la decisión de abandonar Cuba no fue voluntaria. Desde los primeros días de su encarcelamiento, los represores le trazaron una única vía de escape: aceptar el exilio definitivo.
Durante su estancia forzosa en la casa de Guanabo, el activista tuvo la oportunidad de despedirse de algunos seres queridos y amigos, aunque bajo un ambiente de constante asedio. Otero Alcántara denunció que cada conversación fue grabada sistemáticamente. Los oficiales del régimen utilizaron este aislamiento para calibrar su desgaste emocional, sondear sus planes futuros y medir su disposición para negociar. No obstante, el propio disidente reconoció que el aparato represivo estaba acorralado; sabían perfectamente que mantenerlo aislado de forma indefinida era insostenible ante el peso de la presión internacional. Organizaciones como Amnistía Internacional ya habían calificado su estatus como una «desaparición forzada», exigiendo su liberación inmediata e incondicional, mientras que el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU había activado una Acción Urgente a su favor.
Con plena consciencia del espionaje al que estaba sometido, el líder del Movimiento San Isidro se mostró desafiante respecto al material audiovisual que la dictadura pudiese utilizar para campañas de difamación. Restando importancia a estas tácticas, ironizó: «A mí me encantan las cámaras». Acto seguido, profundizó en su postura asegurando que «Usarlo en mi contra depende de la percepción de nosotros, los que estamos construyendo narrativas».
El arte fue, literalmente, su salvavidas durante el lustro que pasó tras las rejas. El activista confesó que la pintura se erigió como su principal mecanismo de supervivencia, permitiéndole continuar su producción creativa a pesar del severo aislamiento y la confiscación de varias de sus piezas. El impacto de su labor trascendió su propia celda, influyendo positivamente en otros reclusos. «Si me quitaban todas las pinturas, por lo menos 20 personas habían cambiado con las obras que hicimos en la prisión», reflexionó. Al ser cuestionado sobre las razones por las cuales el gobierno le permitió pintar y conservar gran parte de su obra, Otero ofreció una respuesta sobrecogedora: «Porque me moría y no me querían muerto».
El espacio mediático también sirvió de altavoz para exigir la libertad de sus hermanos de causa, dedicando un sentido reclamo por el rapero y prisionero político Maykel Castillo Pérez, alias El Osorbo, quien actualmente cumple una sentencia de nueve años. El músico fue trasladado sorpresivamente el 10 de julio desde el centro penitenciario Kilo 8, en Pinar del Río, hacia la cárcel de Guanajay, en una maniobra ejecutada sin previo aviso a sus familiares. Ante este atropello, Otero denunció que La Habana sigue manipulando a los presos políticos como meras fichas de cambio.
Al analizar el panorama sociopolítico de la isla y el anhelo de libertad, el creador vislumbró un camino de transformaciones progresivas más que un quiebre repentino. «Yo no creo que haya un final. Yo creo que hay una transición, y las transiciones son hacia una evolución», argumentó. Además, compartió las inquietudes que dominaban las conversaciones con otros internos, reflejando el estado de desesperación del pueblo cubano ante la posibilidad de una intervención militar externa: «La gente quiere que pase algo. La gente está loca porque pase algo».
Ya instalado en la ciudad de Miami, Luis Manuel Otero Alcántara prometió no dar tregua. Aseguró que su obra artística y su activismo político continuarán con más fuerza desde la diáspora, manteniendo la visibilidad internacional del drama cubano y la liberación de todos los presos de conciencia como sus máximas prioridades. A modo de cierre y como una declaración de intenciones, sentenció: «Vamos a seguir trabajando y no vamos a perder un minuto, porque un minuto que perdamos es un minuto más de dictadura».





















