“Estoy harta”: La musicóloga Rosa Marquetti estalla contra la izquierda internacional que romantiza la miseria en Cuba

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La reconocida historiadora y musicóloga cubana Rosa Marquetti ha lanzado una dura crítica a través de sus redes sociales que ha resonado con fuerza dentro y fuera de la Isla. En un contundente mensaje publicado en su perfil de Facebook, la intelectual desenmascaró el teatro político que rodea a las llamadas iniciativas de solidaridad internacional, señalando cómo el gobierno cubano utiliza estas campañas para lavar su imagen, mientras le da la espalda a la verdadera ayuda humanitaria que sostiene al pueblo.

Para Marquetti, el contraste es indignante. Durante años, iglesias de diversas denominaciones y miles de ciudadanos anónimos han sido el verdadero salvavidas de los cubanos de a pie, entregando recursos directamente a las comunidades. 

Sin embargo, la historiadora subraya que esta labor transcurre en la sombra institucional: “Desde hace años -y a riesgo de equivocarme, subrayo- no recuerdo haber visto noticias ni videos en los medios oficiales cubanos, anunciando la llegada ni visibilizando o elogiando las ayudas de las iglesias y de particulares en Cuba que no han exhibido ni filiación política ni coincidencia ideológica”.

El problema, señala, surge cuando los donativos provienen de figuras afines al régimen. En esos casos, la maquinaria mediática se enciende de inmediato para empaquetar un simple acto de empatía en una puesta en escena de carácter político y partidista.

Con la claridad que la caracteriza, la intelectual no se guardó nada al señalar el desprecio gubernamental hacia su propia gente frente a la pleitesía que rinden a los extranjeros. En su reflexión, destacó que “pasa lo de siempre:  los gobernantes cubanos prefieren dialogar, entenderse y reconocer a “los amigos de afuera” antes que escuchar, dialogar y concertar acciones con su propia gente”.

“Para los cubanos que desde muchas partes no solo han enviado durante décadas ayudas y contribuciones, ni una palabra, ni un elogio, a veces, ni siquiera las facilidades necesarias.  Para los no cubanos que son “de los suyos”, y que distan  mucho de ponerse en la piel de quien ahora vive en Cuba, todas las reverencias. Por eso, por la soberbia, el menosprecio y el látigo para los suyos han llegado al punto en que están hoy”, sentenció Marquetti.

La reflexión de Marquetti apunta directamente a una narrativa internacional tóxica impulsada por visitantes que romantizan la precariedad. Su estallido coincide con la reciente llegada a La Habana del Convoy Nuestra América y las polémicas declaraciones del exlíder de Podemos, Pablo Iglesias, y la activista climática sueca Greta Thunberg, quienes defendieron al régimen ignorando la crisis interna y la responsabilidad de la casta mandante.

Sin mencionar sus nombres, la musicóloga les dedicó unas palabras lapidarias, dejando claro que “Ni la nórdica tiene la menor idea de lo que es tener un anciano enfermo sin comida, electricidad, medicinas ni agua para asearlo, ni el político que vive en su chalet de Galapagar lo va a dejar para, tan siquiera por unos días, “vivir la experiencia de la resistencia antimperialista” en vivo, en directo y con todo el color de las carencias extremas”.

Indignada por la utilización de la tragedia cubana como un trofeo ideológico para extranjeros, Marquetti fue tajante: “Estoy harta de la folklorización de nuestra miseria… Estoy harta de que se mire a Cuba como el parque temático de la resistencia”. Además, exigió respeto para los ciudadanos de a pie, reclamando: “¡No los quiero paseándose bajo los balcones apuntalados haciéndose los héroes! ¡No los quiero visitando escuelas y hospitales, adecentados para la ocasión!”.

En uno de los fragmentos más aplaudidos de su texto, concluyó que el pueblo nunca firmó un cheque en blanco para este sufrimiento, dejando un mensaje brutal para quienes desde la comodidad del primer mundo aplauden el sistema cubano: “Nadie nos preguntó a los cubanos si queríamos inmolarnos para complacer a los izquierdosos nostálgicos, a las “gruppies” de guerrilleros nonagenarios, a los académicos soñadores, regalándoles el símbolo de una utopía desfasada en la que ninguno de ellos eligió ni quiso ni quiere vivir”.

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