El Chulo puede que no sepa ni que son los Latin Kings, pero de esta, al parecer, no lo salva ni el médico chino

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La detención del cantante cubano de reparto Abel Díaz Rodríguez, conocido artísticamente como El Chulo, se convirtió en un caso de alto voltaje político y mediático en el sur de la Florida no tanto por su fama, sino por la combinación que más rápido enciende alarmas en Estados Unidos: una orden final de deportación y una etiqueta federal de “pandilla”.

En los últimos días, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) no solo confirmó que lo arrestó después de que no se presentara a una cita de supervisión, sino que, además, lo describió como “un miembro activo conocido” de los Latin Kings y lo enmarcó como prioridad de seguridad pública.

Así lo publicaron varios de los principales reporteros de noticias que en Miami, a cada rato, ahondan sobre el tema cubano, como es el caso de Mario Vallejo.

La versión divulgada por ICE sostiene que El Chulo entró legalmente a EE. UU. en 2011 con una visa de prometido, que fue condenado por intento de homicidio y agresión agravada, y que un juez de inmigración emitió una orden final de deportación en 2018. Bajo esa lógica, la agencia lo mantendría bajo custodia hasta concretar su salida del país.

Aun así, el punto más delicado —y el que más se presta para la confusión interesada— es que una acusación de “vínculo con pandillas” no equivale por sí sola a un veredicto penal nuevo ni a una sentencia reciente. Es, en la práctica, una afirmación institucional que puede apoyarse en expedientes previos, inteligencia, entrevistas, bases de datos y criterios internos que rara vez se transparentan completos. En tiempos de mano dura migratoria, esa afirmación funciona como sello: te coloca en la fila de los casos “no simpáticos”, los que se comunican como ejemplo y se tramitan con prisa, y tienen todas las papeletas para salir perdiendo.

Más que la arenga religiosa del propio cantante de que “Dios prueba a sus guerreros”, lo que pesa aquí es el historial que vuelve a aparecer como ancla. Reportes recientes en prensa del exilio han retomado documentos y resúmenes del caso en Tampa que terminó marcando su situación migratoria, con una narrativa de violencia, amenazas y disparos durante un altercado, y con una consecuencia clave: desde entonces, según estas coberturas, El Chulo habría quedado bajo supervisión y con la deportación rondando como sentencia aplazada.

Cuando existe una orden final, el tablero cambia. La pregunta deja de ser “si lo van a recoger” y pasa a ser “cuándo lo mueven” y “a dónde”. Si el país de origen lo acepta, la ruta suele ser directa. Si no, aparece el escenario del “tercer país”, que en los últimos años se ha utilizado en distintos perfiles de casos migratorios.

Sin embargo aquí, la palabra más terrible es la de «Latin Kings» que opera como un amplificador. La pandilla —cuyo nombre completo suele aparecer como Almighty Latin King and Queen Nation— es una de las organizaciones callejeras más conocidas en Estados Unidos, con historia, estructura y simbología reconocible, y con presencia documentada en múltiples estados a lo largo de décadas. En el imaginario policial y mediático, “Latin Kings” no es un adjetivo; es una categoría que, al mencionarse, sugiere jerarquías, reclutamiento, violencia y criminalidad organizada, aunque la realidad de cada acusación concreta pueda ser mucho más ambigua y discutible.

Si fuéramos a ser sinceros, tal pareciera que esa ambigüedad no es un detalle menor cuando uno mira la piel de El Chulo y la descubre llena de tatuajes, porque se conoce, conocemos cómo, durante años, diversas organizaciones de derechos civiles y coberturas periodísticas han señalado los problemas de las bases de datos y metodologías usadas para etiquetar a personas como “afiliadas a pandillas”, desde criterios laxos – como lo es un tatuaje – hasta errores que afectan de manera desproporcionada a jóvenes latinos y comunidades migrantes. En casos de inmigración, esa etiqueta puede tener un impacto descomunal porque no solo mancha reputación: puede inclinar decisiones sobre detención, fianza, discrecionalidad y prioridad de expulsión.

Aquí resulta imprescindible citar ejemplos concretos recientes: la deportación de varios venezolanos bajo el criterio de que pertenecían al llamado Tren de Aragua, por tatuajes.

Aunque El Chulo fuera —como repiten algunos que lo defienden— un tipo sin “formación pandillera” real, o alguien que no sabría explicar qué es un “capítulo” o una “corona de cinco puntas”, el caso no depende de su capacidad para narrarse bien frente a una cámara. Depende de cómo está escrito en papeles, de lo que ya fue decidido en corte años atrás, y de lo que una agencia federal afirma ahora con el poder de convertirlo en prioridad. En ese mundo, la cultura pop no sirve de coartada y el carisma no compite con una orden final. Si tienes, te han visto, conversando animadamente con un miembro de la pandilla, sin siquiera tú saber que es – o era – un miembro, puedes apostar a que ICE te endilgará el título de pandillero. Ya lo ha hecho y lo seguirá haciendo.

Lo que intento decirles es que, incluso aunque esa «acusación» sea falsa y El Chulo los demandara, existe una orden de deportación final por un hecho REAL, en el cual él se comportó como el peor de los pandilleros. Entonces… no se puede esperar mucho.

A la comunidad cubana en Estados Unidos este episodio le pega por una herida reciente: la sensación de que el clima se endureció y de que, de pronto, la frontera no es el único filtro; también lo es la puerta de la casa. La detención de un artista por no presentarse a una cita, la advertencia que circula entre familias “sin estatus”, el temor a manejar o a moverse “innecesariamente”, todo alimenta una percepción de vigilancia cotidiana que no distingue entre el desconocido y el famoso.

En medio del golpe migratorio que enfrenta Abel Díaz Rodríguez, El Chulo, tras su arresto por ICE, varias figuras del género urbano cubano salieron a respaldarlo públicamente en redes sociales, en una cadena de mensajes que, más allá del apoyo emocional, deja ver el impacto del caso dentro del reparto y la inquietud que se ha instalado en el circuito artístico. Medios digitales han recogido esas reacciones a partir de publicaciones de colegas que suelen moverse en el mismo ecosistema de colaboraciones, eventos y promoción digital, donde un arresto de este tipo no se lee como un hecho aislado sino como una alerta para todo el entorno.

Entre los mensajes destacados aparece Rey El Mago, que apeló a una lectura religiosa y de confianza en que la situación se destrabe: “Dios pondrá su mano y no pasará na, vas a ver pupu. El Chulo, lamento esto”. En la misma línea de cercanía, Dany Ome lo describió como alguien conocido por ayudar a otros artistas, y dejó una frase que se convirtió en consigna emocional del momento: “Me siento super triste, super mal. te amo mucho y vamos a salir de esta”. La nota también menciona reacciones de Jacob Forever y otros nombres del panorama urbano, como parte de una ola de solidaridad que se multiplicó mientras se difundía la detención y crecían las preguntas sobre el desenlace del caso.

En el plano simbólico, El Chulo está atrapado en una paradoja: como figura del reparto, su imagen pública vive de la dureza, del barrio, del gesto de invulnerabilidad; pero el sistema que ahora lo aprieta funciona con un lenguaje donde la vulnerabilidad se llama “deportable” y la dureza, si existe, se traduce como “riesgo”. Es una postal de cómo se cruzan, en una sola persona, el expediente penal de hace una década, la narrativa federal de seguridad pública y la ansiedad migratoria del presente.

Lo que sigue, salvo sorpresa, no será un drama de redes sino un proceso de oficinas: traslados, audiencias administrativas si proceden, intentos de freno judicial si la defensa logra abrir una puerta, y una decisión final que no la toma el algoritmo del aplauso. Por ahora, lo que está documentado en las coberturas más citadas es lo esencial: ICE lo detuvo, existe una orden final de deportación, y la agencia decidió narrarlo como un caso de pandilla y criminalidad. Eso, en 2026, es una roca en el bolsillo.

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