Díaz-Canel escala en listado de posibles destronados

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Johana Tablada de la Torre volvió a colocarse en el centro de una discusión pública tras publicar en Facebook una reflexión política con forma de fábula doméstica: Cuba como “casa”, Estados Unidos como “matón” que corta “el agua, la luz, el gas y — ¡AGÁRRESE!— los derechos”, y la conclusión de siempre, que en tiempos de amenaza externa toca aplazar diferencias internas y cerrar filas. La publicación no cayó en un vacío: llegó en pleno deterioro energético y con una población que lleva meses midiendo el país por cortes de corriente, colas y escasez, no por metáforas. El post quedó fijado a una frase que sintetiza lo que el oficialismo intenta vender desde hace años: unidad y paciencia frente al enemigo, sin tocar el tema del poder y sus privilegios; pero ya veremos cómo todo no termina aquí.

Lo que convirtió la publicación en un problema político fue la respuesta concreta de una usuaria que introdujo el contraste que el discurso oficial intenta evitar: la diferencia material entre dirigentes y ciudadanos. En su comentario mencionó explícitamente a Manuel Anido Cuesta, hijastro de Miguel Díaz-Canel e hijo de Lis Cuesta, como símbolo de un acceso a oportunidades y consumo en el exterior que no está al alcance de la mayoría de los cubanos. La referencia fue directa: estudios en una universidad privada cara en España, en una ciudad donde el costo de vida no admite eufemismos. El debate dejó de ser ideológico y pasó a ser aritmético, porque la pregunta central fue quién paga y cómo se paga.

Tablada, la alumna más aventajada de Fernández de Cossío, agarró el manual de esquivas y contestó con otra cosa que, como se diría en buen cubano, ná qué ver con ná que ver; una respuesta abstracta que desplazó la discusión hacia una causa externa sin resolver el punto del privilegio interno.

Su maestro, Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores, elevó el mismo libreto al plano internacional: pidió “objetividad” a medios extranjeros y acusó a publicaciones como The Wall Street Journal y The Economist de entusiasmo y parcialidad al cubrir la realidad cubana. Su tesis fue que la crisis cubana, desde el colapso energético hasta el deterioro social, es consecuencia principal de una agresión estadounidense “desproporcionada” y “asimétrica”, no de fallas internas. La estructura del argumento fue idéntica a la de Tablada, solo que en vez de “casa y matón” usó “bloqueo y prensa hostil”.

Su reclamo tuvo un problema de coherencia práctica: exigir un estándar que el propio sistema no tolera puertas adentro. En Cuba, la diversidad informativa está restringida por diseño y el periodismo no estatal enfrenta presión, citaciones, decomisos y bloqueos, mientras el ecosistema mediático institucional responde a la línea del Partido Comunista. En ese marco, pedirle “objetividad” a medios extranjeros, que «razonan» mediante dinámicas democráticas completamente distintas al totalitarismo cubano, mientras se castiga la disidencia informativa dentro del país no es un debate académico, es una asimetría concreta de reglas; pero nada diferente se le puede pedir a Fernández De Cossío, que cada vez hace más méritos para tumbar del caballo al Condenador en Jefe, Bruno Rodríguez, y ganarse el título de La Cara Más Dura de la dictadura en la isla.

No es solo una cuestión de estilo o de tono diplomático: es un patrón repetido de afirmaciones que chocan frontalmente con registros verificables. Un análisis publicado por CiberCuba Noticias que vale la pena leer, enumera varias de esas declaraciones —desde la negación de la existencia de presos políticos hasta la falsa equivalencia entre el sistema electoral cubano y las democracias parlamentarias occidentales— y las ha contrastado con informes de organismos internacionales y datos documentados. El resultado dibuja una constante: negar lo que está acreditado, desacreditar a las fuentes que lo acreditan y trasladar toda responsabilidad a un enemigo externo. Ese método no busca convencer con hechos, sino saturar el espacio público con una versión que resista por repetición, incluso cuando la evidencia disponible apunta en dirección contraria y que lo convierte, tal y como lo «dibuja» la foto de portada, en el Pinocho en Jefe de la dictadura en la isla.

Pero… ¿qué sucedía mientras estos dos mentían descaradamente? Pues bastante. Según el indicador “World leaders out this year?” LIVE de Kalshi, Miguel Díaz-Canel encabezaba ayer una lista de líderes con mayor probabilidad de dejar el poder en 2026, con un 52% en ese mercado, por encima incluso de figuras como Ali Khamenei o Benjamin Netanyahu en la misma medición; avalado por un momento interno en el que el gobierno admite crisis energéticas, reorganiza servicios, reduce operaciones y pide disciplina fiscal mientras promete resistir, y lo hace en un clima de cansancio social visible. Hoy, y este es «un punto a su favor», el panorama ha cambiado. Si bien subió dos puntos porcentuales (54%) el 1er puesto se lo quitó Viktor Orban, el Primer Ministro de Hungría.

Si bien la combinación de apagones prolongados, escasez y deterioro de servicios no se traduce automáticamente en un cambio político, sí alimenta la percepción de fragilidad en observadores, mercados y actores diplomáticos. La propia visibilidad del tema, reflejada en una plataforma de predicciones, es un dato: Cuba dejó de ser vista como un tablero inmóvil por defecto y pasó a ser tratada como un riesgo político medible.

Los Jefes no están solos

El punto más delicado para el relato oficial es que esta conversación ocurre mientras sus voceros intentan explicar la crisis en términos absolutos: todo es “cerco” y todo es “agresión”, incluso cuando las críticas que estallan dentro no se centran en la geopolítica sino en el privilegio. Por eso el choque entre Tablada y los comentaristas no fue un simple rifirrafe digital: fue el recordatorio de que el régimen no tiene una respuesta creíble para explicar por qué su élite vive con salvavidas fuera del agua mientras el resto se ahoga. La discusión no giró alrededor de sanciones, sino alrededor de un nombre propio en Madrid y un país entero sin luz.

Uno que anda de viaje, aunque no de estudios, es Fidel Castro Smirnov, nieto de Fidel Castro, quien desde Londres lanzó un mensaje frontal contra Donald Trump y aseguró que Cuba no se arrodillará ante la presión estadounidense. Su intervención ocurrió en un evento político en Hamilton House, en la conferencia ¡Adelante! América Latina, y estuvo dirigida a activistas y sectores de izquierda británica, además de representantes vinculados a movimientos solidarios con el gobierno cubano. En su discurso presentó la crisis energética y sanitaria como un efecto directo de las órdenes y sanciones de Washington, y describió cualquier oferta de alivio a cambio de concesiones como chantaje.

El itinerario de Castro Smirnov incluyó espacios de alta carga simbólica, como reuniones y encuentros en el Parlamento británico y apariciones junto a la embajadora de Cuba en Reino Unido, Ismara Vargas Walter, y el exlíder laborista Jeremy Corbyn. En ese circuito, la narrativa oficial se vende como resistencia y dignidad, y se intenta convertir la crisis en un relato de asedio para consumo internacional. El detalle concreto es que el régimen coloca a un heredero del apellido Castro en tribunas europeas a pedir solidaridad al mismo tiempo que la discusión en redes dentro de Cuba revienta por privilegios familiares en Europa.

Sería interesante preguntarles a todos ellos, aunque es sabido, y lo vemos, que tienen la cara más dura que el concreto, qué opinión les merece que el Estado que exige unidad, sacrificio y habla de bloqueo, use el control migratorio como castigo político contra opositores. Este lunes, el régimen cubano, ese que defienden a capa y espada Tablada de la Torre, Fernández de Cossío y Castro Smirnov, impidió la entrada a la isla, a su país, al país donde reside, a Leticia Ramos Herrería, opositora y Dama de Blanco. El inocente régimen cubano la devolvió a Miami pese a ser ciudadana cubana y no tener residencia en Estados Unidos. La denuncia fue difundida por activistas y allegados y subrayó además que Ramos había salido con visa humanitaria por motivos de salud y pretendía regresar a vivir en su país.

La propia Leticia Ramos declaró que nunca ha tenido intención de abandonar Cuba de forma definitiva y que su lucha es en la isla, y relató que ni siquiera pudo despedirse de su madre al arribar a La Habana.

El hecho no es una anécdota de aeropuerto: es una decisión administrativa que refuerza una práctica denunciada durante años, la de impedir la entrada a ciudadanos cubanos críticos, incluso cuando están enfermos y sin estatus migratorio en otro país. En un mismo día, el régimen sostuvo en el extranjero el discurso de “soberanía no negociable” y aplicó en casa una medida que niega a una cubana el derecho básico de volver a Cuba.

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