La polémica desatada en Miami tras la muerte de Alex Pretti en Minneapolis no solo ha abierto una grieta entre el Miami Herald y varios congresistas republicanos del sur de Florida. También ha expuesto una fisura más profunda: la distancia entre el discurso político y la reacción real de la comunidad cubana ante las redadas, detenciones y abusos que hoy afectan a miles de inmigrantes en Estados Unidos.
El 29 de enero, el consejo editorial del Miami Herald publicó un texto contundente bajo un título directo: “Silence isn’t leadership”. En él, exigía a los congresistas republicanos Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar que hablaran con claridad contra las tácticas del presidente Donald Trump en materia migratoria, especialmente tras lo ocurrido en Minneapolis, donde Alex Pretti, ciudadano estadounidense, murió durante un operativo federal en medio de protestas. Para el periódico, ese hecho marcaba un punto de quiebre: ya no bastaban matices ni comunicados tibios; era hora de asumir una posición frontal en defensa de los derechos constitucionales y del debido proceso.
Un día después, María Elvira Salazar respondió con una columna en el propio Miami Herald. Su texto no niega la gravedad de lo ocurrido, pero rechaza la acusación de silencio; al menos en lo que a ella toca.
Salazar afirma que ha sido “clara, ruidosa e implacable” en su defensa de los inmigrantes desde que llegó al Congreso. Recuerda que condenó de inmediato la muerte de Pretti, que ha criticado una estrategia de cumplimiento migratorio que “trata igual a la niñera que al narcotraficante” y que ha liderado iniciativas legislativas como el Dignity Act, presentado junto a la demócrata Veronica Escobar.
En su artículo, la congresista enumera entrevistas en cadenas nacionales, libros publicados, proyectos de ley, gestiones con agencias federales, defensas públicas del TPS, del parole humanitario CHNV y de las familias con estatus I-220A. También subraya que, frente a campañas de vallas publicitarias que cuestionan su labor, comunidades inmigrantes respondieron con otras vallas “defendiendo la verdad de lo que viven cada día”.
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Sin embargo, mientras se cruzan editoriales y columnas, otra pregunta pudiera circular con fuerza en redes sociales y espacios comunitarios: ¿por qué, más allá de los comunicados y los cargos electos, la comunidad cubana no se moviliza en las calles como sí lo hacen otras comunidades inmigrantes?
En California, Minnesota y otros estados, mexicanos, centroamericanos y ciudadanos sin un vínculo directo con la migración han salido a protestar por las redadas, por las muertes y por el uso de agentes enmascarados. En contraste, muchos observan con desconcierto el silencio visible de grandes sectores del exilio cubano, incluso en ciudades donde la represión migratoria también golpea a familias cubanas.
Una cubana residente en Estados Unidos, en un mensaje que se ha compartido ampliamente en Instagram, resume esa inquietud. Su reflexión apunta a algo más que a los nombres en el Capitolio. Señala a influencers, líderes comunitarios, organizaciones y a la propia base social que durante décadas ha denunciado la falta de libertades en Cuba, pero que ahora parece paralizada frente a abusos cometidos en un país donde sí existe el derecho a protestar.
En los comentarios predomina un respaldo explícito y reiterado al mensaje original, expresado con fórmulas de acuerdo directo como “de acuerdo totalmente”, “muy de acuerdo”, “bien dicho”, “totalmente de acuerdo” o “lo único con sentido común que he leído desde que tengo uso de internet”. Varias personas usan aplausos y emojis como forma de adhesión y refuerzan la idea de que el mensaje representa una verdad que otros no se atreven a decir. También aparece la idea de que el autor “tiene los pies en la tierra” y que sus palabras son “santas” o “las únicas con sentido común”, lo que sugiere que perciben el discurso como una excepción dentro del ruido habitual en redes.
Entre las respuestas hay testimonios personales que vinculan el contenido con experiencias de pérdida y exilio, como la usuaria que afirma haber “perdido a toda su familia por política”, a la que otra responde con “x2”, indicando una experiencia similar. Otros comentarios refuerzan el carácter representativo del mensaje al desear que “todos los cubanos pensaran así” o afirmar que es “lo único de verdad que ha dicho alguien”, presentando el texto como una voz colectiva más que individual.
También aparecen réplicas defensivas o en tensión. Una persona afirma que “Cuba es libre y muy libre”, aunque reconoce que “oponerse al sistema cuesta caro” y que el gobierno comete errores, introduciendo una visión ambigua: defiende la idea de libertad emocional o identitaria en Cuba, sin negar el costo político de disentir. Otro comentario responde a una usuaria con la advertencia “vamos a ver cuando te la apliquen a ti si dices lo mismo”, insinuando que su postura cambiaría si fuera afectada directamente.
Hay intervenciones que justifican la falta de protesta con una frase breve: “porque respetamos las leyes de este país”, sugiriendo que el silencio o la no movilización se explican como cumplimiento legal, no como indiferencia. En contraste, otros comentarios acusan a figuras públicas o colectivos de estar “pagados” y ofrecen “listas de organizaciones”, insinuando manipulación o intereses ocultos detrás del discurso dominante.
Finalmente, se mencionan nombres concretos para descalificar, como cuando se alude a un “ordinario” identificado por su usuario, señalándolo como ejemplo negativo frente al mensaje original. En conjunto, los comentarios no discuten el fondo del argumento: lo refuerzan, lo personalizan o lo defienden frente a voces aisladas que lo contradicen.
La paradoja es evidente. Desde el exilio se exige democracia para Cuba, pero en el espacio donde esa democracia es posible, la respuesta colectiva es mínima. La pregunta no es solo por qué los representantes tardan en alzar la voz, sino por qué la comunidad no presiona, no se organiza, no ocupa el espacio público.
El editorial del Miami Herald destaca precisamente a una organización, Keep Them Honest, que intenta llenar ese vacío, promoviendo campañas para exigir responsabilidad política. En sus anuncios participan figuras como Alberto Ibargüen y Eliott Rodríguez, que recuerdan que “políticas impulsadas por el odio y la división, aplicadas por hombres enmascarados, no son quienes somos”.
La respuesta de Salazar insiste en que ella sí ha hablado. Pero el debate ya no se limita a si una congresista publicó o no un tuit. La discusión ha pasado a otro plano: el de una comunidad que durante años se definió como voz contra la opresión, pero que ahora enfrenta el espejo de su propia inacción.
Lo ocurrido en Minneapolis no solo interpela al Congreso. Interpela a una diáspora que, en nombre de la libertad, quizá deba preguntarse por qué, cuando la injusticia ocurre a su alrededor, el silencio sigue siendo una de sus respuestas más visibles.

















