El escenario fue la Reunión de Alto Nivel sobre VIH/SIDA de las Naciones Unidas. Allí, el embajador cubano Ernesto Soberón Guzmán subió al estrado para vender al mundo una versión paradisíaca de la salud pública en la Isla, presumiendo de «logros» que chocan de frente con la agonía que viven los pacientes cubanos cada día. Durante su alocución oficialista, el representante diplomático aseguró haber «destacado los logros de nuestro sistema nacional de salud, incluida la eliminación sostenida de la transmisión materno-infantil del VIH y la sífilis congénita, así como los avances en diagnóstico, tratamiento y supresión viral».
Fiel al guion del Estado, Soberón responsabilizó a las políticas de Washington por las penurias del país, culpando al embargo de ser el gran muro para adquirir insumos vitales, pruebas de diagnóstico y tratamientos antirretrovirales. A sus quejas sumó la denuncia de un supuesto «cerco energético» que, según sus palabras, dificulta el funcionamiento del sector.
In my statement at the High-Level Meeting on HIV/AIDS at @UN, I reaffirmed Cuba’s commitment to universal access to health care and to ending AIDS as a public health threat.
— Ernesto Soberón (@SoberonGuzman) June 23, 2026
I highlighted the achievements of our national health system, including the sustained elimination of… pic.twitter.com/ZFWZNGL6n7
Sin embargo, el panorama idílico dibujado en el foro internacional ignora deliberadamente el desastre que los propios dirigentes han tenido que confesar a regañadientes puertas adentro. Fue el mismísimo ministro de Salud, José Ángel Portal Miranda, quien en julio de 2025 reconoció ante la Asamblea Nacional que el país atraviesa una «crisis estructural sin precedentes». En aquel momento, la autoridad sanitaria admitió una cobertura de medicamentos desastrosa, apenas logrando abastecer el 30% del cuadro básico.
A esta confesión se suman estadísticas que hielan la sangre. La tasa de mortalidad infantil sufrió un repunte drástico entre 2018 y 2025, saltando de 3,9 a 9,9 por cada mil nacimientos, marcando así el peor registro en más de dos décadas. El escenario es aún más trágico en La Habana, donde la cifra se disparó a 14 por cada mil. La carencia absoluta de fármacos esenciales ha provocado que la supervivencia de los niños enfermos de cáncer se desplome de un 85% a un doloroso 65%, mientras el sistema acumula más de 96,000 personas en listas de espera quirúrgicas.
La cotidianidad en los centros médicos cubanos roza lo apocalíptico. Las infraestructuras sufren derrumbes, los médicos trabajan sin insumos básicos como gasas o jeringuillas, y los apagones castigan los recintos dejándolos sin electricidad entre 12 y 20 horas cada día. Frente a salarios paupérrimos que rondan los 30 dólares mensuales, miles de profesionales de la salud han optado por emigrar, provocando el colapso absoluto de los servicios.
En cuanto a la situación específica del VIH, los datos oficiales contradicen el triunfalismo de Soberón. Cuba reporta más de 35,373 pacientes conviviendo con el virus y detecta cerca de 1,708 nuevos casos anualmente. El desabastecimiento de medicamentos antirretrovirales no es algo nuevo; es una demanda constante desde al menos el año 2019. En abril de 2026, la impotencia generalizada encontró rostro en «Julito», un joven seropositivo que tuvo que depender de la caridad y la solidaridad en las plataformas digitales para conseguir sus medicinas, convirtiéndose en el símbolo definitivo del desamparo institucional.
La intervención de Soberón en Nueva York responde a un viejo patrón de La Habana: utilizar las tribunas diplomáticas para proyectar la ilusión de una potencia médica que hace mucho dejó de existir. Es la misma estrategia que se vio en diciembre de 2025, cuando las autoridades de la provincia de Matanzas alardeaban de supuestos «logros en salud» en plena precariedad, o cuando el gobernante Miguel Díaz-Canel se paseaba presumiendo instalaciones de «vanguardia» ante las cámaras, mientras la estructura general del país se venía abajo.
Para colmo, la medalla que el diplomático se colgó en la ONU sobre la erradicación de la transmisión materno-infantil del VIH corresponde a un hito validado por ese mismo organismo en junio de 2012, es decir, hace 14 años. El régimen sigue exprimiendo este viejo reconocimiento como prueba de funcionalidad, intentando tapar el sol con un dedo y obviando que apenas en febrero de 2026, un dirigente de la propia dictadura se vio obligado a admitir que todo el sistema de salud nacional está «al borde del colapso».

















