Con misogínia, machismo y chavacanería: así defendió el de los CDR a su «hermana Arleen»

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Una nueva oleada de defensas públicas a Arleen Rodríguez Derivet, figura habitual de la prensa oficial cubana, volvió a encender la polémica en redes sociales en las últimas horas, esta vez no tanto por el derecho que les asiste y que otros creen que no tienen, sino por el tono vulgar empleado y la carga sexista con que la respaldaron.

El que le puso la tapa al pomo fue Gerardo Hernández Nordelo, uno de los Cinco Espías – héroes lo llama La Habana – condenado en los Estados Unidos hace ya cerca de diez años, y retornado a Cuba durante la presidencia de Obama.

En un post publicado en sus redes sociales dijo no estar “muy al tanto de la polémica”, pero afirmó que, conociendo a “mi hermana Arleen Rodríguez Derivet”, lo que ella “quiso decir” es que “ella se @#&£ en la #@¢^ de todos los odiadores…”, rematando con etiquetas como #Cuba, #CDRCuba y #CubaVencerá.

A ese tipo de respaldo se sumó, también en redes, el periodista oficialista Oliver Zamora Oria, quien publicó un mensaje en Facebook en elq que escribió “Les falta dignidad y c*nes” y arremetió contra quienes cuestionaron a Rodríguez. Igualmente los llamó “alimañas” y “odiadores”, además de acusarlos de manipular una entrevista “de hace meses” para “atacar a una mujer consecuente”.

Zamora insistió en que “A Arleen Rodríguez Derivet se le quiere o se le quiere” y añadió una frase que reavivó las críticas por su contenido sexista: “Como les faltan cojones o cualquier cosa que tengan entre las patas para apuntar a los verdaderos culpables de nuestras desgracias, les resulta más fácil disparar contra una mujer decente”, expresó.

El episodio ocurre en medio del debate abierto por las declaraciones de Arleen Rodríguez sobre José Martí y la electricidad, y de una reacción en cadena donde, más allá del argumento, el centro del ruido ha terminado siendo el estilo: insultos, alardes de “hombría” y una idea de defensa que convierte la grosería en credencial política, mientras la controversia sigue escalando fuera del control del guion oficial.

Más allá del derecho que asiste a unos a criticar la normalización de los apagones expresada por Arleen Rodríguez —y del derecho de quienes la conocen a defenderla, alegando que ella también los sufre y que “no lo quiso decir así”—, de esta polémica emerge una verdad incómoda: en no pocas ocasiones, casi siempre, el aparato se aferra al lenguaje chabacano, vulgar y de carga machista para reforzar posiciones políticas desde una lógica de virilidad, fuerza y supuesta superioridad masculina.

No se trata de una salida espontánea ni de una grosería aislada. Es una forma de construcción simbólica del poder. En ese registro, “defender” equivale a demostrar hombría, y la hombría se mide por la capacidad de insultar, de humillar, de penetrar verbalmente al adversario. De ahí que la ofensa no apunte al crítico como sujeto político, sino a su madre, a su origen, a su cuerpo, convertido en campo de castigo. La frase “me cago en tu madre”, incluso cuando se maquilla con símbolos, no es un exabrupto casual: es una estructura cultural donde la dominación se ejerce a través de lo femenino, degradado para afirmar jerarquía.

Gerardo Hernández no hizo otra cosa que activar ese código. Por más que “disfrazó” el mensaje, lo que dijo fue exactamente eso: que Arleen se caga en la madre de quienes la critican. Y ahí está el núcleo. La carga no recae sobre el opositor, sino sobre una figura femenina convertida en objeto de escarnio. Ese desplazamiento no es inocente: es sexismo en estado puro, machismo estructural, misoginia normalizada. En boca de un funcionario de alto rango, además Diputado, adquiere una gravedad política que no puede relativizarse como “frase coloquial”.

Algunos recuerdan, con razón, que muchos de los hoy atacados estuvieron entre quienes defendieron el regreso de Gerardo a Cuba. El contraste no pasa inadvertido: después de haber sido presentado durante años como símbolo de dignidad y resistencia, hoy responde a la crítica con el mismo registro de violencia verbal que el poder dice combatir.

Y no es un caso aislado. Años antes, recordemos, los trovadores Raúl Torres y Ray “Tun Tun” Fernández salieron en defensa del violador condenado Fernando Bécquer con el mismo arsenal simbólico: madres insultadas, sexualización del agravio, y en el caso de Torres, una invitación explícita a practicarle sexo oral como gesto de sumisión. No eran excesos individuales: eran la expresión coherente de un mismo imaginario, donde la fuerza, el valor y la legitimidad política se nombran con palabras asociadas a los órganos sexuales masculinos y a su capacidad de dominar.

A Gerardo, ahora, le faltó poquito para llegar a ello.

Ese es el sustrato que vuelve a aflorar ahora. No es solo una mala palabra: es una pedagogía de la violencia. Una cultura donde el poder se afirma degradando lo femenino y donde la grosería no es un error, sino una credencial. Y así, no.

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