Arleen Rodríguez vuelve a meter la pata. «La Premio José Martí», deja ver su ignorancia y hasta Rafael Correa se le ríe

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La sociofidelista Arleen Rodríguez continua haciendo méritos para que los cubanos la odien cada día más. Justificó lo terrible de los apagones en Cuba con una frase, que además es falsa: «José Martí no conoció la corriente eléctrica».

Hasta el propio entrevistador, el socialista Rafael Correa tuvo que reírse, en su cara, y decirle algo tipo: «Mi hermana, afloja, que estamos en el siglo XXI y no en el XIX».

¿Que pretende ella? ¿Que los cubanos se acostumbren a vivir en apagones porque Martí…? Ella, que vive muy bien, gracias a un estipendio que le llega todos los meses, vía EE.UU. gracias a que su padre trabajó en la Base Naval de Guantánamo.

El video no es nuevo, pero el estallido sí. Un fragmento de una entrevista emitida meses atrás en el programa Conversa con Correa, de RT en Español, volvió a circular con fuerza esta semana en medio del agravamiento de la crisis eléctrica en Cuba y colocó a la periodista oficialista Arleen Rodríguez Derivet en el centro de una oleada de rectificaciones, citas martianas, capturas y memes. En el clip, Rodríguez intenta relativizar el peso de los apagones con una comparación que se volvió bumerán: “José Martí no conoció la luz eléctrica”. La respuesta de Rafael Correa, seca y cortante —“estamos en el siglo XXI”— terminó funcionando como remate involuntario y como gasolina para la viralidad.

Veamos ese fragmento primero que todo.

La reaparición del intercambio ocurrió en un momento particularmente sensible: reportes de cortes prolongados, quejas por comida echada a perder, familias sin gas y un clima social donde cualquier intento de “explicar” la precariedad suele leerse como provocación. El contenido, que ya en noviembre pudo pasar como una frase torpe dentro de una conversación política, en enero se convirtió en símbolo: para muchos usuarios, no era solo una excusa desafortunada, sino una manera de normalizar el retroceso, de pedir resignación con una figura que en Cuba suele invocarse como reserva moral. Una excusa de esas a las que ya nos tiene acostumbrado Arleen Rodríguez.

Lo que siguió fue una corrección en cascada, con dos tonos dominantes. Hubo quien respondió con rigor, como si se tratara de enmendar un dato histórico ante una audiencia amplia, y hubo quien respondió con burla, tomando la frase como materia prima para el meme.

Entre las réplicas más compartidas estuvo la del psicólogo Reybi Sarmiento, que en Facebook cuestionó la afirmación y la desmontó con referencias directas a textos del propio Martí, recordando que el Apóstol no solo vivió en una época donde la electricidad comenzaba a formar parte del paisaje urbano, sino que también la mencionó y la pensó en su escritura.

En esa misma línea de “rectificación con fuentes”, el periodista Ernesto Morales puso el asunto en coordenadas de tiempo y lugar: Martí vivió en Nueva York en un período en el que la electrificación ya era una realidad en Manhattan y, además, cuando regresó a Cuba en 1895 ya existía alumbrado eléctrico en La Habana. Morales no se limitó a la cronología; insistió en que Martí escribió sobre la luz eléctrica como parte del asombro tecnológico de su época y usó el episodio para subrayar la distancia entre el argumento televisivo y el registro documental.

Otros usuarios optaron por la vía de la cita, casi como un acto de restitución: si la frase discutida se apoyaba en Martí, la respuesta debía devolver a Martí a la página.

El periodista José Raúl Gallego compartió un pasaje martiano sobre la iluminación del puente de Brooklyn, que circuló también desde otras páginas y muros, como una manera de recordar que el tema —la luz eléctrica como experiencia moderna— está presente en crónicas de Martí vinculadas a su vida en Estados Unidos. La publicación se multiplicó en capturas, y con ella se instaló una idea repetida en comentarios: no era necesario “interpretar” a Martí; bastaba con leerlo.

En paralelo, empezó a crecer un segundo tono, más emocional y menos académico, que no discutía solo el dato sino el gesto.

La activista Laritza Camacho escribió que se podía debatir de política cuanto se quisiera, pero que “no” se jugara con Martí, al que describió como “tal vez la única luz” que queda. Ese tipo de reacción, más ética que factual, mostró otra clave del estallido: el problema no fue únicamente la inexactitud, sino la sensación de que se usó a Martí como recurso para justificar la impotencia cotidiana, y que ahí, para muchos, se cruzó una línea simbólica.

También hubo respuestas en registro de “post largo” donde la frase detonante sirvió de punto de partida para repasar textos, crónicas y menciones martianas a la electricidad, desde La Edad de Oro hasta artículos periodísticos y escenas norteamericanas.

En el post publicado por el periodista José Raúl Gallego, aparecieron varios comentarios interesantes y esclarecedores. Algunos compartieron citas atribuidas a Martí sobre la electricidad como fuerza moralmente ambivalente —buena o mala según el uso— y otros insistieron en que, incluso si el argumento de Correa bastaba, el error era tan evitable que resultaba más grave por lo que revela: improvisación, desconocimiento, o una confianza excesiva en que el público no va a contrastar nada. Esa idea —la del “dato que se cae con una búsqueda” — fue recurrente en la conversación.

A medida que el asunto se expandía, el debate dejó de ser una verificación histórica y se convirtió en un juicio sobre credibilidad. En los comentarios del propio hilo viral y en publicaciones derivadas, se leyeron críticas directas a la calidad profesional de Rodríguez, incluyendo la burla a la idea de que una periodista con presencia en espacios centrales del oficialismo utilice argumentos que no resisten el contraste mínimo. Fue ahí donde prendió una de las frases más repetidas y, por eso, más incómodas: “el colmo de la ironía” de que Arleen Rodríguez Derivet ostente el Premio Nacional de Periodismo José Martí. Ese detalle, con el cual arrancó precisamente la entrevista de Rafael Correa a la periodista oficialista, se convirtió en un eje narrativo para los memes y para la indignación seria: no se trataba de un ciudadano cualquiera diciendo algo en sobremesa, sino de una figura premiada con el nombre del mismo autor usado en la comparación.

Los memes, por su parte, funcionaron como un termómetro y como una forma de sanción social.

Circularon montajes, chistes sobre antorchas y bombillas, y variaciones que conectaban apagón, siglo XIX y propaganda, siempre con la misma lógica: si el argumento para normalizar la falta de luz es retroceder a Martí, entonces el país queda fijado como una caricatura de atraso administrado.

Aunque esa capa humorística no aporta datos, sí explica por qué el tema explotó: en Cuba, el apagón no es metáfora; es rutina, pérdida económica y desgaste físico, y la gente reacciona con una mezcla de furia y humor defensivo cuando siente que le están pidiendo paciencia desde un set «iluminado».

El episodio terminó siendo, en la práctica, una clase pública de lectura martiana y, al mismo tiempo, una escena política: la tensión entre una narrativa que intenta amortiguar el desastre y una ciudadanía que ya no tolera que la precariedad se convierta en doctrina.

No es la primer vez que Arleen Rodríguez Derivet termina convertida en blanco de una arremetida digital, con su nombre circulando en capturas, comentarios y respuestas indignadas, cada vez que el aparato mediático oficial sale a “explicar” o a cerrar una polémica que ya viene encendida en redes. Ese patrón puede seguirse como una secuencia de momentos en los que su intervención —en radio, televisión o en el ecosistema de Cubadebate— dispara una reacción pública que no se queda en la discrepancia: se vuelve denuncia moral, burla, rechazo y, a ratos, linchamiento verbal.

En diciembre de 2020, el foco se concentró cuando, desde el programa que ella dirije, Chapeando Bajito (Radio Rebelde), presentó y legitimó a “Guerrero Cubano”, un perfil anónimo que críticos y medios no oficiales han descrito como vinculado a estructuras de propaganda y/o seguridad. La idea de que una voz sin identidad fuera “subida” a plataforma estatal, con tono de validación, se interpretó como la formalización de una práctica: usar el anonimato como herramienta institucional contra voces críticas. Ese episodio quedó como uno de los hitos más citados cuando se repasan las razones por las que muchos cubanos ubican a Arleen Rodríguez Derivet en el corazón de la propaganda digital.

En noviembre de 2021, volvió a arder el nombre de Arleen Rodríguez en medio de la tensión alrededor del 15N, cuando justificó en Mesa Redonda los actos de repudio, en un contexto donde esas acciones ya eran denunciadas como violencia política organizada. La reacción en redes fue inmediata: para muchos usuarios, el problema no era solo “explicar” el fenómeno, sino naturalizarlo desde un set de televisión y bajo el paraguas de un discurso de Estado. Varias coberturas desde medios fuera del oficialismo registraron esa indignación y la conectaron con la discusión más amplia sobre represión y estigmatización.

En octubre de 2022, el choque se reactivó con otro formato: la confrontación pública contra el actor Ulyk Anello, después de que este criticara al gobierno por la crisis energética y pidiera responsabilidades. Medios y redes reprodujeron fragmentos y referencias a la arremetida, y la polémica se instaló como un ejemplo de cómo una figura del sistema mediático oficial se moviliza para descalificar a un artista que ya había conectado con el malestar popular. El episodio dejó una estela de respuestas donde se mezclaron críticas al tono, a la intención y a la lectura “disciplinaria” del discurso.

noticia relacionada: Periodista oficialista Arleen Rodríguez arremete contra el actor Ulyk Anello

En marzo de 2024, durante protestas en Santiago de Cuba y reportes de cortes de internet, una frase suya avivó otra oleada: dijo que entendía el corte de redes sociales porque ahí “se está organizando la guerra contra Cuba”. En redes, esa postura se leyó como defensa explícita de apagar la conexión a la ciudadanía en un momento de protesta, y la frase circuló como síntesis de una lógica: el problema no es el apagón informativo, sino la gente conectada. La indignación no fue solo política; fue también práctica: personas que dependen de datos móviles para comunicarse, trabajar o pedir ayuda lo interpretaron como una justificación del castigo colectivo.

A finales de 2024, su nombre volvió a rotar en conversaciones y publicaciones a partir de un llamado, desde Chapeando Bajito, a “otra gran marcha”, esta vez contra Marco Rubio. La propuesta —leída por muchos como un ejercicio de movilización simbólica y propaganda— generó otra ronda de respuestas airadas, sobre todo por el contraste entre la convocatoria y la realidad cotidiana dentro de Cuba, y por el uso de un discurso bélico para encuadrar el conflicto político.

En junio de 2025, con el tarifazo de ETECSA y el ruido estudiantil, el programa volvió a situarse en el centro del choque. Desde Chapeando, Arleen firmó y amplificó materiales donde se hablaba de “fraudes”, “mentiras” y “fake news”, y medios no oficiales registraron la reacción de usuarios que acusaron al espacio de negar o minimizar la protesta real y de convertir el descontento en una operación enemiga.

En septiembre de 2025, ya en plena crisis energética y con caídas del sistema eléctrico, otra frase se volvió gasolina: en un episodio publicado por Cubadebate se habló de que la gente podía entrar en “estado de negación” y no aceptar explicaciones “mientras no le ponen la corriente”. Ese tono —percibido como regaño y como reproche al que protesta— detonó reacciones fuertes en redes y fue retomado por coberturas que subrayaron la desconexión entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los apagones.

Y en noviembre de 2025, tras viralizarse el intercambio de Díaz-Canel con una damnificada en El Cobre con relación a un colchón (“yo tampoco tengo para dártelo ahora”), Arleen Rodríguez, en Chapeando Bajito, salió a “aclarar” el contexto y dijo hubo manipulación del video. La jugada tuvo un efecto inverso: varios reportes describieron cómo el muro del programa se llenó de críticas y cómo la publicación se transformó en un juicio popular, con comentarios que cuestionaban la empatía del mandatario y el papel del programa dirigido por ella, como escudo narrativo. Esa escena cerró el año dejando una impresión clara en redes: cada vez que el gobierno se ve obligado a responder, el espacio aparece para ordenar el relato, y la respuesta pública suele ser furiosa.

Y Arleen siempre está en primera plana.

La entrevista completa con Correa, si desea, puede verla aquí

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