Hace 54 años, un hombre de Salt Lake City llamado Michael Hansen introdujo un arma en un aeropuerto, tomó el micrófono del avión y amenazó con matar al presidente Nixon si no paraba los bombardeos en Vietnam. El piloto lo resumió después con una frase: «No había mucho que contar. Fue muy sencillo.» Así lo recuerda Axios en un reportaje.
Hansen aterrizó en Cuba tras hacer escala en Los Ángeles, Dallas y Tampa. Lo que vino después fue menos glorioso: tres años preso en la isla y luego transferido a Estados Unidos, donde fue sentenciado a 10 años de prisión. Cuba lo encarceló, no lo trató como héroe.
El patrón se repitió con otros. Anthony Bryant, un sicario que secuestró un avión hacia La Habana en 1969, pasó casi 12 años en prisiones cubanas, incapaz de convencer a sus captores de que era un aliado ideológico. Los que sí lograron ser tratados con cierta consideración fueron los que Cuba consideró útiles para la propaganda. Los demás fueron encarcelados o deportados.
El contraste con los cubanos que hacían el viaje en sentido contrario es llamativo. Cuando en 1980 dos refugiados del Mariel secuestraron un vuelo de Delta desde Atlanta hacia Cuba usando botellas de gasolina, fueron devueltos por Cuba y un juez federal los condenó a 40 años. Mientras tanto, cubanos que llegaban a Florida en embarcaciones robadas eran recibidos como héroes en los muelles de Miami.
La doble vara era tan evidente que las propias autoridades estadounidenses lo reconocían en privado. «Si logramos que Cuba nos devuelva secuestradores, ellos querrán que nosotros les devolvamos a los que les robaron barcos, y eso simplemente no lo haríamos», admitió un funcionario federal de la época.
El caso de Adermis Wilson
Adermis Wilson González, el cubano que en 2003 secuestró un Antonov-24 con 46 personas a bordo en Isla de la Juventud usando dos granadas de mano, obligó al piloto a hacer escala en La Habana por falta de combustible, negoció durante 14 horas y luego voló hasta Key West escoltado por dos cazas F-15 y un helicóptero Black Hawk, pasó casi dos décadas en prisión en Estados Unidos.
Al salir, no fue recibido como héroe ni como mártir: era un inmigrante indocumentado sin estatus legal, y en junio de 2025 ICE lo arrestó en Houston en una operación de rutina junto a otros 1,361 inmigrantes.
Su historia cierra el círculo de la paradoja: el mismo hombre que en los años 90 habría sido tratado como un caso político delicado, terminó siendo un número más en una estadística migratoria de la era Trump. Según reportó Cuballama, que cubrió su arresto, Wilson forma parte de una historia que ilustra cómo el contexto lo cambia todo: lo que una vez fue un acto con peso geopolítico hoy es simplemente un expediente de ICE.
Hoy, el escenario sería radicalmente distinto. Con Donald Trump en la Casa Blanca, Cuba en la lista de estados patrocinadores del terrorismo, un embargo de combustible que ha dejado a la isla sin electricidad durante horas al día, y Marco Rubio como Secretario de Estado, un secuestro hacia Cuba generaría una crisis diplomática de proporciones impredecibles. Si Cuba decidiera no devolver al secuestrador, como hizo tantas veces en el pasado, Trump tendría el pretexto que ha estado buscando para escalar aún más la presión sobre La Habana. Y si lo devolviera, el régimen perdería uno de sus recursos históricos de negociación.
El caso más reciente que ilustra la nueva dinámica ocurrió en abril de 2026 y tiene una dimensión que va mucho más allá de la custodia familiar. Un menor estadounidense de 10 años fue trasladado ilegalmente a Cuba por su padre, una mujer transgénero identificada como Rose Inessa-Ethington, y su pareja, acusadas de querer someterlo a una cirugía de transición de género antes de la pubertad, en violación de una orden de custodia. El FBI desplegó un Boeing 757 del Departamento de Justicia hasta La Habana, algo que expertos en derecho familiar calificaron como absolutamente inusual para un caso de este tipo. Cuba colaboró con las autoridades estadounidenses, localizó al menor y detuvo a las dos acusadas el mismo día que aterrizó el avión. El menor fue devuelto a su madre biológica en Utah al día siguiente.
Lo que ese episodio reveló, más que cualquier declaración diplomática, es que Cuba está dispuesta a cooperar con Washington cuando le conviene, incluso en el contexto de máxima tensión actual. El director del FBI, Kash Patel, lo celebró públicamente. Pero el gesto también tuvo un costo político para el régimen: devolver al menor significaba alinearse, al menos operativamente, con una administración Trump que lleva meses aplicando el mayor bloqueo económico en décadas sobre la isla. La pregunta que queda en el aire es si esa misma disposición a colaborar existiría en un caso con mayor peso político, como el de un secuestrador de aviones que llegara con motivaciones ideológicas. La historia dice que no. El presente, por ahora, dice que depende.
En 1972, un secuestro era tan común que los pasajeros bromeaban con el secuestrador sobre la cola del baño. En 2026, el mismo acto podría ser el chispazo que nadie quiere encender.

