Madres cubanas se convierten en influencers para mostrar al mundo la crisis que el gobierno no quiere que se vea

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The Washington Post señala que Cuba fue durante décadas uno de los últimos países del mundo sin acceso masivo a redes sociales. El servicio móvil 3G llegó entre 2018 y 2019, y desde entonces los cubanos pasaron de consumidores a creadores de contenido, justo cuando la isla enfrenta su crisis más profunda desde el derrumbe soviético.

Desde la oscuridad de los apagones, un grupo creciente de mujeres cubanas está usando Instagram y TikTok para mostrar al mundo lo que el gobierno comunista no puede controlar: su vida cotidiana. Así lo documenta The Washington Post en un extenso reportaje publicado este lunes.

Ana, una joven madre del oriente cubano, graba su mañana en clips de cinco segundos para conservar la batería de su teléfono. Prepara el café la noche anterior en un termo para no encender el fogón de carbón sin electricidad. «Vivo en Cuba y así comenzó mi mañana», dice ante la cámara. «Sin electricidad, pero con entusiasmo.»

El embargo de combustible impuesto por la administración Trump ha sumido a la isla en su peor crisis en décadas, con apagones recurrentes, transporte paralizado, recolección de basura suspendida y hospitales racionando la atención médica. Pero el régimen cubano restringe el acceso de la prensa internacional y controla los datos móviles, lo que hace casi imposible la cobertura independiente desde adentro.

Estas mujeres sortean esos obstáculos con VPNs y contactos en el exterior. No hablan de política ni señalan culpables directamente, pero según el sociólogo Ted Henken, citado por The Washington Post, eso puede no importar demasiado. «Si son sin filtro y muestran la realidad, puede volverse político fácilmente», señaló el experto.

Rachely Carmenates, médica de 24 años, publicó en marzo un video mostrando cómo se preparaba para un turno de 24 horas tras 30 horas sin electricidad en casa. El clip superó los dos millones de vistas. Gana 20 dólares al mes y las donaciones de sus seguidores las destina a los bebés que atiende en el hospital. «Nadie puede sancionarme por mostrar mi día a día», dijo al Post.

No son periodistas ni activistas. Son madres que cocinan con carbón, lavan cuando llega la corriente y lo graban todo. Y con eso están logrando lo que décadas de prensa internacional no pudieron.

Ana vive en Birán, el mismo pueblo donde nació Fidel Castro, pero eso no le reporta ningún beneficio. La casa donde nació el líder — y su hermano Raúl — también sufre los apagones, ahora convertida en museo y con guardias que la vigilan para evitar el canibaleo. Guarda el café en un termo la noche anterior para no encender el fogón de carbón al amanecer. Rachely es más citadina y tiene ya más de 71,000 seguidores.

Ser creador de contenido en Cuba implica enfrentar las mismas tensiones que existen en cualquier ecosistema digital —la presión por la visibilidad, la crítica constante, la necesidad de destacar—, pero multiplicadas por cien en un contexto donde la libertad de expresión tiene límites claros.

El margen de acción depende, en gran medida, del tipo de contenido. Si el creador opta por temas ligeros o evita la realidad del país, el espacio suele ser mayor. Pero esa elección tiene un costo: desde fuera, muchos cubanos cuestionan con dureza esa desconexión. En cambio, cuando el contenido se acerca a la vida cotidiana —la escasez, los apagones, el transporte o el costo de la vida— el riesgo crece.

En ese acercamiento a mostrar la realidad, corres el riesgo de ser «entrevistado» por la Seguridad del Estado. O a la postre, terminar detenido, como le sucedió este año arrestó a dos jóvenes creadores del canal de YouTube El 4tico, donde criticaban abiertamente al régimen.

Ni siquiera hay que ser especialmente crítico o apasionadamente crítico en el contenido. Basta contar la realidad para que tu contenido se perciba como peligro. El economista William Sosa, un emprendedor cubano que cuando la pandemia de la COVID-19 comenzó a azotar la isla, empleó recursos propios, tiempo libre y mucho ingenio para fabricar máscaras plásticas, está detenido.

No se trata solo de generar ideas o conectar con una audiencia: también de navegar un entorno político y social que condiciona lo que se puede decir, cómo se dice y hasta dónde se puede llegar.

Ese límite difuso se ha hecho visible en múltiples casos documentados. La periodista y bloguera Yoani Sánchez ha denunciado durante años detenciones arbitrarias, vigilancia y restricciones por su trabajo. A su caso, se suman otros nombres que circulan con fuerza en el entorno digital cubano, como Yordy Battle, Ruhama o Amelia Calzadilla, estas dos últimas ya fuera del país, la segunda más enfocada en el activismo que la primera, cuyas intervenciones en redes, dentro de Cuba, generaron gran atención precisamente por abordar temas sensibles o por reflejar el día a día en la isla. Aunque muchos de estos casos se difunden principalmente en plataformas sociales y no siempre cuentan con cobertura amplia en medios tradicionales, ilustran una percepción extendida entre creadores: la visibilidad puede traer consecuencias.

Sea como sea que se haga, el riesgo existe. Contar la realidad, documentar carencias o simplemente opinar puede ser suficiente para quedar bajo escrutinio. En ese contexto, ser creador en Cuba no es solo una cuestión de creatividad, sino de cálculo constante: qué decir, cómo decirlo y hasta dónde llegar.

A todo esto se suman las limitaciones materiales. La conectividad es inestable, los recursos técnicos son escasos y la monetización prácticamente inexistente. Aun así, una nueva generación insiste en crear, consciente de que cada publicación puede ser, al mismo tiempo, una oportunidad y un riesgo.

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