Cubano cuenta cómo una canción de Queen lo ayudó a romper con el comunismo

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La Habana de los 80, cuenta Mario López-Goicoechea, tenía la política metida en la pared y en la garganta: carteles, consignas, y discursos interminables que podían durar horas. En ese clima, dice, creció creyendo en el comunismo y hasta pidió dos veces entrar a la Unión de Jóvenes Comunistas, pero lo rechazaron por no ser “combativo”, una forma de decir que no servía para chivatear. La vigilancia también era doméstica: amigos expulsados de la universidad o encarcelados por hablar de más, y familiares dentro del aparato militar y policial, lo que lo obligaba a medir cada gesto.

El quiebre no le llegó con un panfleto ni con un discurso opositor, sino con rock importado como contrabando sentimental. A los 13 años, el padre marinero de su primera novia trajo discos de fuera y, a partir de ahí, empezó una búsqueda que en Cuba se hacía tarde, mal y con riesgo: cintas copiadas y recopiadas, intercambios discretos, sesiones de escucha en casas de amigos. López-Goicoechea recuerda que bastaba el pelo largo, una pulsera o cualquier señal de “gustos occidentales” para terminar en un carro patrulla. “Conozco gente que fue a la cárcel solo por escuchar a los Beatles o a los Rolling Stones”, relata en el testimonio recogido por The Guardian.

En 1986, con 15 años, viviendo hacinado con su madre y otros familiares en un apartamento de un cuarto en La Habana, llegó la canción que fijó el punto de no retorno: The Prophet’s Song, de Queen. Un amigo le consiguió A Night at the Opera y hasta le fotocopió el encarte con las letras. Lo oyó en un reproductor mono, cascado, de un solo altavoz, pero aun así sintió que algo se abría. Describe el tema como una pieza que empieza suave y se vuelve frenética, y recuerda el instante en que el efecto de retardo de Brian May multiplica la voz de Freddie Mercury —“Now I know, now I know”— hasta volverla fantasma, como si el cuarto se separara por ocho minutos del ruido de la ciudad y de la obediencia obligatoria.

Lo que lo marcó, dice, no fue solo el sonido, sino lo que representaba: Queen grabando con libertad creativa tras romper con su management, frente a un país donde todavía se pintaba “socialismo o muerte” en las paredes. No se volvió disidente de golpe, aclara, pero guardó esa “semilla” y la música le ayudó a atravesar el final de los 80, el miedo al servicio militar y los 90 duros en los que vio a amigos morir intentando irse. Con el tiempo estudió inglés, trabajó en traducciones en el mercado negro y terminó emigrando al Reino Unido en 1997. Hoy vive en Londres y sigue escuchando la canción como la primera grieta íntima contra el dogma.

Ese vínculo entre rock y cambio político tuvo un himno global parecido: Wind of Change, de Scorpions. La canción nació inspirada por la visita de la banda a la URSS y el clima de perestroika y glasnost, y quedó asociada al festival Moscow Music Peace Festival en 1989, en Moscú, antes de la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989). Se publicó en el álbum Crazy World (1990) y luego como sencillo en enero de 1991, cuando el final de la Guerra Fría ya se veía cercano. Su silbido y su imagen del río Moscova y Gorky Park funcionaron como postal musical de una época que pedía apertura.

Fuentes utilizadas
https://www.theguardian.com/culture/2026/jan/24/my-cultural-awakening-a-queen-song-helped-me-break-free-from-communist-cuba
https://www.theguardian.com/culture/2025/sep/15/kgb-scorpions-wind-of-change-whistling
https://en.wikipedia.org/wiki/Wind_of_Change_(Scorpions_song)


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