En una de las calles que conduce al hospital de Rivas, en el sur de Nicaragua, una mujer cubana sobrevive hoy en condiciones que rozan el abandono absoluto. Dice llamarse Gisela, asegura ser de Santiago de Cuba y se mueve con dificultad por las aceras, arrastrándose, dependiendo casi por completo de la caridad de desconocidos. Activistas y vecinos intentan ahora localizar a su familia en la isla, con la esperanza de que alguien la reconozca y pueda activar algún tipo de ayuda.
El caso fue dado a conocer por el activista Magdiel Jorge Castro, quien ha documentado la situación de la mujer a través de testimonios recogidos en la zona. Según esos relatos, Gisela habría llegado primero a Managua como parte del flujo migratorio cubano hacia Centroamérica. Allí fue víctima de un robo que la dejó sin dinero ni documentos, un punto de quiebre tras el cual su situación comenzó a deteriorarse de forma acelerada.
Después se trasladó a Rivas, donde la precariedad se volvió extrema. En ese período quedó embarazada y perdió el embarazo sin recibir atención médica adecuada. Más tarde fue atropellada por un vehículo, lo que le provocó lesiones que limitaron gravemente su movilidad. Hoy apenas puede caminar y pasa gran parte del día cerca del hospital, sin que exista constancia de que esté recibiendo tratamiento o seguimiento médico regular.

Vecinos de la zona señalan que la mujer presenta signos evidentes de afectación mental. En algunos momentos logra comunicarse con coherencia, repite su nombre y su origen, pero en otros entra en un estado de negación y deja de hablar por completo. Esa inestabilidad, sumada a la falta de documentos y de redes de apoyo, la ha dejado fuera de cualquier mecanismo formal de protección.
Personas solidarias han intentado gestionar ayuda ante instituciones locales de salud y asistencia social, así como ante la Embajada de Cuba en Nicaragua. Hasta ahora, aseguran, no han obtenido respuestas efectivas que garanticen resguardo, atención médica o una solución humanitaria mínima. Mientras tanto, Gisela sigue viviendo en la calle, expuesta al clima, a la violencia y al deterioro progresivo de su salud física y emocional.
La difusión de su historia tiene un objetivo concreto: encontrar a algún familiar, amigo o conocido en Cuba que pueda reconocerla y ayudar a establecer contacto. En un contexto de migración marcada por la ruptura de vínculos y la desprotección, el caso de Gisela se convierte en una imagen dolorosa de lo que ocurre cuando alguien queda completamente solo fuera de su país.
Quienes acompañan el caso insisten en que cualquier información puede ser clave. Para Gisela, localizar a su familia no es solo una cuestión de identidad, sino quizás la última posibilidad de salir de una situación que, día tras día, se vuelve más crítica.


















