Donald Trump volvió a activar esta semana una de las marcas más reconocibles de su estilo de gobierno: la purga como método de control político. El jueves 2 de abril destituyó a la fiscal general Pam Bondi, mientras que, casi al mismo tiempo, el secretario de Defensa Pete Hegseth forzó la salida del general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra. Son dos movimientos distintos, pero leídos juntos dibujan una escena familiar: cuando Trump percibe desgaste, desacato o insuficiente agresividad, la respuesta suele ser el relevo inmediato y público.
El caso de Bondi tiene una carga política especialmente fuerte. Reuters, AP y The Washington Post coinciden en que Trump la apartó tras semanas de frustración por su desempeño, marcado por la tormenta alrededor del manejo de los archivos de Jeffrey Epstein y por la percepción dentro del entorno presidencial de que no estaba siendo —escuchen esto— lo bastante eficaz para empujar causas contra adversarios políticos del mandatario. Su sustituto interino será Todd Blanche, hasta ahora número dos del Departamento de Justicia y además exabogado personal de Trump.
La caída de Bondi resulta especialmente significativa porque había llegado al cargo precisamente por su lealtad a Trump, más que por otra cosa. Durante su etapa al frente del Departamento de Justicia, el organismo llegó incluso a ser acusado, no sin motivos, de alejarse de la tradición de independencia frente a la Casa Blanca y de alinearse con los objetivos políticos del presidente. Su salida, por tanto, no parece una rectificación institucional, sino otra muestra de que en el universo Trump la lealtad nunca garantiza estabilidad.
Así lo describe el periodista cubanoamericano Wilfredo Cancio.
Lo de Randy George tiene otro ángulo, pero encaja en la misma lógica. Reuters, AP y El País reportaron que Hegseth forzó la salida del general en plena escalada militar con Irán, sin ofrecer una explicación pública detallada. Resulta obvio, además, que la metida de pata no fue suya.
George aún tenía más de un año de mandato por delante y será reemplazado interinamente por el general Christopher LaNeve. La decisión se enmarca en una reestructuración más amplia del Pentágono, donde Hegseth ya había removido a otros altos mandos. Que el jefe del Ejército sea apartado en medio de una coyuntura bélica elevó todavía más el impacto de la medida, que llega precisamente cuando es él, Hegseth, el que todo el mundo dice que debe irse. Incluso, hay quien afirma que el culpable de lo que ha sucedido en Irán no es él tampoco, sino Marco Rubio.
Así describe Cancio esta otra sustitución.
Aunque Trump no firmó personalmente esa destitución, el movimiento responde al mismo clima político creado desde la Casa Blanca: una administración que exige alineamiento total, sospecha de las estructuras profesionales heredadas y recurre al relevo como mensaje de autoridad. En otras palabras, Bondi cae por no satisfacer al presidente; George cae dentro de una limpieza impulsada por un jefe del Pentágono escogido precisamente para ejecutar esa visión.
El paralelismo con el primer mandato no es retórico. La rotación del “A Team” de Trump —su núcleo principal de asesores en la Casa Blanca— alcanzó 92% al cierre de su primera presidencia, la tasa más alta entre los presidentes recientes analizados por esa institución. Reuters también destacó entonces que su Casa Blanca había registrado el mayor nivel de rotación de altos cargos entre los últimos cinco presidentes de Estados Unidos.
La cronología de aquel primer mandato ayuda a entender por qué estas salidas se leen hoy como una repetición de patrón y no como incidentes aislados. En 2017 empezaron las fracturas tempranas con Michael Flynn, Sean Spicer, Reince Priebus y Steve Bannon. En 2018 llegó la fase más visible del carrusel: Rex Tillerson fue despedido como secretario de Estado en marzo; H. R. McMaster salió del Consejo de Seguridad Nacional ese mismo mes; David Shulkin cayó en Asuntos de los Veteranos; Jeff Sessions fue forzado a dejar Justicia en noviembre; y Jim Mattis renunció a Defensa en diciembre tras chocar con Trump. Brookings registró además salidas en cadena dentro del gabinete y del círculo íntimo de decisión, mientras Reuters resumía en 2018 una administración ya marcada por despidos, renuncias bajo presión y sustituciones exprés.
Esa dinámica no se detuvo al final del primer ciclo. Brookings incluyó también la salida de Kirstjen Nielsen en Seguridad Nacional en 2019, la de Mark Esper en Defensa en noviembre de 2020, y las renuncias de William Barr, Elaine Chao y Betsy DeVos en el tramo final de aquella presidencia.
El patrón, entonces, era claro, y eso es lo que vuelve a verse ahora. Bondi y George no pertenecen al mismo sector, no caen por la misma razón y ni siquiera fueron cesados por la misma mano formal. Pero ambos episodios encajan en una misma gramática de poder: castigo rápido, señal política fuerte y un mensaje interno para el resto del aparato.




















