La reacción contra Mike Hammer no busca “proteger la soberanía” sino controlar la escena: impedir que conversaciones normales se vuelvan evidencia pública.
La visita del ministro del Interior de Rusia a La Habana refuerza el eje de cooperación en seguridad en un momento de alta tensión regional y presión directa de Estados Unidos sobre el Gobierno cubano.
Mientras Mike Hammer evita adelantar anuncios y presiona para que la ayuda llegue al pueblo, Ignacio Giménez difunde un supuesto “plan de Trump” sin pruebas, reavivando el debate sobre rumores y manipulación.
Este desenlace ocurre en los momentos previos al 11 de julio, una fecha que marca un antes y un después en la historia más reciente de Cuba, dado que mostró el rechazo de una buena parte del pueblo cubano al sistema político en la isla.
Las fiestas de este 4 de julio estuvieron marcadas por la represión y la detenciones arbitrarias en Cuba a representantes de la sociedad civil y por un complejo contexto en Estados Unidos por las denuncias de abuso contra los miles de inmigrantes que están siendo deportados tras ser detenidos por los miembros de ICE en redadas que defensores de los derechos humanos han calificado como violentas.
El encargado de negocios de EE.UU. en Cuba, Mike Hammer, está bajo fuego del gobierno cubano. Carlos Fernández de Cossío y figuras del oficialismo lo acusan de injerencia y evalúan declararlo persona non grata. Esto es lo que se sabe.
Independientemente de si algún día el discurso cubano suaviza, hoy sus voces oficiales se alinean completamente en la acusación de que las relaciones están en su peor momento. La combinación de sanciones económicas, acoso diplomático y campañas digitales contra figuras estadounidenses como Mike Hammer consolidan una narrativa de confrontación activa.