Gretel, una joven cubana de 26 años diagnosticada con esquizofrenia paranoide, vive encerrada en una habitación con rejas en su hogar en Velasco, Holguín. Su familia ha hecho un llamado urgente por ayuda ante la escasez de medicamentos y el abandono institucional. El caso, visibilizado por el activista Noly Blak, expone una crisis de salud mental que el propio gobierno ha reconocido pero no ha logrado atender.
El cementerio provincial y el Museo de Arte Colonial comparten una crisis marcada por atrasos, dejadez institucional y traspaso de responsabilidades al ciudadano.
La escena no es espontánea. Los residentes, cansados de esperar, se organizaron y pagaron de su bolsillo a esa persona para despejar el paso del agua. La urgencia no era estética, sino de supervivencia: si el tapón se mantiene cuando lleguen las primeras bandas de Melissa, el agua rebasará la losa, inundará las casas más bajas y socavará aún más los apoyos del puente. En una ciudad con drenajes colapsados y basura acumulada, el cauce funciona como el único desagüe posible. Bloquearlo es invitar a la inundación.
Que la entrevista anunciada no sea su último testimonio, sino el punto de inflexión para corregir a tiempo. Nadie está pidiendo que se reescriba la historia: basta con estar a la altura de ella. Porque detrás de cada medalla colgada en una pared hay una vida real, y no hay título que valga si, cuando llega el silencio, esa vida queda sola.
El caso del hospital “Marie Curie” es presentado como símbolo de un patrón de abandono institucional: mientras el Estado invierte en hoteles y torres de lujo, los enfermos de cáncer sobreviven sin medicinas ni condiciones básicas. Para los familiares, la indignación se resume en una pregunta reiterada: ¿hasta cuándo el pueblo tendrá que pagar con su vida la indiferencia de quienes gobiernan?