Rusia y China apuestan por ayudar a Cuba al máximo

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La llegada de un buque petrolero ruso con 730.000 barriles de crudo al puerto de Matanzas y el envío paralelo de 15.600 toneladas de arroz desde China han marcado en los últimos días un giro visible en el respaldo internacional a Cuba, en medio de una crisis energética que mantiene al país con apagones diarios, servicios recortados y una presión creciente sobre su sistema sanitario.

El cargamento ruso, el primero de esta magnitud en tres meses, fue presentado por Moscú como una ayuda con criterios humanitarios, pero también como parte de una relación estratégica. El viceministro de Exteriores ruso, Sergei Ryabkov, dejó clara la posición del Kremlin: “No tenemos derecho a abandonarlos a su suerte”. En la misma línea, el portavoz Dmitry Peskov afirmó que Rusia considera un deber asistir a Cuba en un momento de alta vulnerabilidad.

La operación no se limita a un gesto puntual. La portavoz de la cancillería rusa, Maria Zakharova, reiteró que la asistencia continuará y calificó a Cuba como uno de los aliados más cercanos de Moscú en el Caribe. El mensaje se produce en un contexto donde Washington mantiene restricciones energéticas sobre la isla, aunque el propio presidente Donald Trump reconoció recientemente que no se opone a envíos de petróleo por razones humanitarias.

El impacto inmediato del petróleo ruso, sin embargo, es limitado. Expertos citados por medios internacionales estiman que, una vez refinado, el combustible podría cubrir entre 10 y 30 días de consumo. Cuba necesita alrededor de 100.000 barriles diarios, pero produce menos de la mitad, lo que la obliga a depender de importaciones en un momento en que su principal proveedor, Venezuela, ha reducido envíos.

En paralelo, China ha reforzado su presencia con ayuda alimentaria. El gobierno de Pekín envió 15.600 toneladas de arroz a La Habana, una entrega que el embajador chino en la isla, Hua Xin, definió como una señal concreta de que Cuba “no está sola”. La portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Mao Ning, acompañó ese gesto con un llamado directo a Estados Unidos para que elimine las sanciones y cualquier forma de presión económica.

Este doble respaldo —energético por parte de Rusia y alimentario por parte de China— llega en un momento en que la crisis interna se ha profundizado. La escasez de combustible ha reducido el transporte público, encarecido los precios y afectado directamente a hospitales, donde médicos reportan cirugías canceladas y dificultades para tratamientos como la diálisis o la quimioterapia.

En ese contexto, el gobierno cubano ha insistido en que la situación responde a una “guerra económica” prolongada. El canciller Bruno Rodríguez ha denunciado más de seis décadas de restricciones que, según su versión, buscan asfixiar la economía del país y limitar su acceso a mercados y tecnología. A la vez, el presidente Miguel Díaz-Canel ha señalado que cualquier contacto con Washington se mantiene en fase exploratoria y sin concesiones sobre soberanía o sistema político.

Mientras tanto, la isla intenta reducir su dependencia del petróleo con inversiones en energías renovables. En el último año, la generación eléctrica a partir de energía solar ha pasado de 5,8% a más del 20% del total, con miles de paneles instalados en hospitales, clínicas y centros esenciales. El gobierno prevé alcanzar 92 parques solares para 2028, en una estrategia que busca aliviar la presión estructural sobre el sistema energético.

Aun así, la transición avanza más lento que la urgencia del día a día. En muchos centros de salud, la falta de electricidad es solo uno de los problemas: ambulancias fuera de servicio, piezas de repuesto inexistentes y limitaciones logísticas siguen afectando la atención médica. La ayuda externa, aunque visible, no resuelve esas carencias de fondo.

El envío de petróleo ruso y arroz chino confirma una alineación geopolítica que trasciende la coyuntura. Moscú y Pekín han optado por sostener a La Habana en un momento crítico, tanto por afinidad política como por intereses estratégicos en la región. Sin embargo, los propios datos sobre consumo, producción y duración de los suministros muestran que el alivio es temporal.

Cuba sigue dependiendo de flujos externos para sostener su sistema energético y alimentar su economía. Y, por ahora, cada barco que llega —ya sea con crudo o con arroz— funciona más como un respiro inmediato que como una solución duradera.

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