¿Qué está pasando en y con Venezuela? Su repercusión afecta a Cuba

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Venezuela atraviesa un reacomodo político que mezcla gestos de control institucional, presión internacional y una narrativa de “normalización” que choca con los números que todavía describen la represión.

En las últimas horas, la Fuerza Armada venezolana reconoció a Delcy Rodríguez como su comandante en jefe en un acto que busca consolidar mando y continuidad del poder, y que fue reportado como una ceremonia de lealtad y reconocimiento. Ese respaldo militar, siempre central en el equilibrio venezolano, llega en un contexto de cuestionamientos y tensión regional, y funciona como señal interna de alineamiento y como mensaje externo: la estructura coercitiva no se mueve.

En paralelo, el tema de los presos políticos volvió al centro por dos vías. Por un lado, se reportaron liberaciones recientes que, en apariencia, apuntan a aliviar presión y proyectar una imagen de apertura. Por otro, la cifra que sigue marcando el debate es dura: aun con excarcelaciones, se habla de que quedan cerca de 800 presos políticos, lo que convierte cada liberación en un dato doble, porque muestra movimiento pero también subraya la magnitud de lo pendiente.

Organizaciones y reportes como los de Foro Penal han verificado nuevas excarcelaciones en fechas recientes y han dejado constancia de diferencias entre cifras oficiales y conteos independientes, un elemento que en Venezuela suele ser parte de la disputa política: quién cuenta, qué se cuenta y para qué se cuenta.

Ese cuadro interno se cruza con una presión internacional que no viene de un solo lado.

Suiza, por ejemplo, anunció el congelamiento de cuentas vinculadas a decenas de jerarcas chavistas, incluidos Nicolás Maduro, Cilia Flores y familiares, bajo un argumento de impedir transferencias de activos de origen ilícito. La medida no es simbólica: habla de dinero, de patrimonios y de un cerco financiero que busca tocar zonas sensibles del poder. Y al mismo tiempo, coloca a Venezuela en un carril donde la discusión no es solo política, sino también de lavado, corrupción y legitimidad económica del régimen.

En ese escenario, la oposición intenta que el foco no se vaya hacia una “transición” administrada por las mismas redes. María Corina Machado pidió una transición real tras su reunión con Marco Rubio y lanzó una frase que concentra el miedo opositor: que “no se queden las mafias en el poder”. Es un señalamiento directo al riesgo de cambios cosméticos, pactos de superficie o sustituciones internas que mantengan intactas estructuras de control. El planteamiento enlaza con el lenguaje que ha ganado terreno en Washington y en parte de Europa: la idea de que el problema venezolano no es solo autoritarismo, sino redes criminales con intereses económicos y capacidad de supervivencia.

A ese clima se suma un bloque regional donde Cuba sigue funcionando como referencia discursiva. El eurodiputado Hermann Tertsch afirmó que “la dictadura de Cuba finalmente va a caer” y lo presentó como parte de un mapa mayor de cambios en América Latina. Más allá de la posición del político europeo, esa declaración muestra cómo el debate venezolano suele arrastrar el cubano y viceversa: se leen como sistemas conectados, como influencias cruzadas o como símbolos de una misma disputa ideológica. Para quienes presionan contra el chavismo, Cuba aparece como “modelo” o “sostén”; para quienes defienden al chavismo, Cuba aparece como “resistencia”. Y así, el destino de uno termina usado como argumento sobre el otro.

La foto completa, entonces, es esta: Delcy recibe respaldo formal de la Fuerza Armada, el gobierno muestra liberaciones parciales mientras la sociedad civil insiste en el tamaño real del encarcelamiento político, la presión financiera internacional escala con medidas como el congelamiento en Suiza, y la oposición trata de evitar que la idea de “transición” se convierta en reparto controlado.

Lo que está pasando “en” Venezuela es una disputa por el control del relato y de las palancas del poder. Lo que está pasando “con” Venezuela es una convergencia de actores externos que, cada uno por su vía, intenta influir en el desenlace. Y ese «en» y ese «con» tienen repercusión en Cuba.

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