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Melissa es ya un huracán categoría 5. Ante la amenaza de este "monstruo" a la región oriental de Cuba aproximadamente 864 miembros del personal no esencial de la misión de la Estación Naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo llegaron a la Estación Aérea Naval (NAS) de Pensacola el 25 y 26 de octubre.
El pronóstico ya no habla de “posible” catástrofe: el NHC advierte de inundaciones repentinas graves, deslizamientos de tierra generalizados y una marejada que podría superar los 3 metros sobre el nivel del mar en la zona sur de Jamaica. Las lluvias acumuladas podrían alcanzar e incluso superar un metro en ciertas zonas montañosas del sur de Jamaica y del suroeste de Haití. En el caso del oriente cubano, aunque los valores podrían ser algo menores, se estima igualmente una lluvia de decenas de centímetros con riesgo de colapso en infraestructuras vulnerables, además de marejada de hasta 1 a 3 metros en zonas costeras.
La escena no es espontánea. Los residentes, cansados de esperar, se organizaron y pagaron de su bolsillo a esa persona para despejar el paso del agua. La urgencia no era estética, sino de supervivencia: si el tapón se mantiene cuando lleguen las primeras bandas de Melissa, el agua rebasará la losa, inundará las casas más bajas y socavará aún más los apoyos del puente. En una ciudad con drenajes colapsados y basura acumulada, el cauce funciona como el único desagüe posible. Bloquearlo es invitar a la inundación.
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Según The Hill, el país experimentó su cuarto apagón nacional en menos de un año, consecuencia de una red eléctrica corroída por décadas de desinversión y el uso de crudo de baja calidad. La dependencia del petróleo venezolano, base del intercambio político y económico entre La Habana y Caracas, se ha vuelto insostenible: los envíos de combustible cayeron de unos 56 mil barriles diarios en 2023 a apenas ocho mil en junio de 2025. Aunque Rusia y México han enviado cargamentos de emergencia, la inestabilidad persiste.
¿Quién tiene la razón en este choque? La versión de la denunciante es coherente con los indicios que relatan otros usuarios: guion repetido, perfil opaco, bloqueo posterior. Pero mientras no haya una verificación independiente —y en un ámbito que ya nace en la irregularidad—, el campo está servido para nuevas víctimas. La conclusión del hilo, dicha con crudeza por varios comentaristas, parece la más útil: “si no es presencial, no lo hagas”. Y si aun así decides hacerlo, asume que el que transfiera primero —sea comprador o vendedor— carga con el riesgo mayor.
Que la entrevista anunciada no sea su último testimonio, sino el punto de inflexión para corregir a tiempo. Nadie está pidiendo que se reescriba la historia: basta con estar a la altura de ella. Porque detrás de cada medalla colgada en una pared hay una vida real, y no hay título que valga si, cuando llega el silencio, esa vida queda sola.
En ese cruce de crisis —energética, económica y de servicios— el debate sobre nombres propios resulta insuficiente. Ni las esponjas de Villa Clara ni la promesa de “mirar a China” cambian un dato: el sistema generador opera agotado, la disciplina fiscal se resiente y las divisas que entran buscan refugio en la especulación de un mercado informal que fija el precio de la supervivencia. El reclamo ciudadano, traducido en ese “no es el ministro, es el sistema”, exige más que renuncias: pide transparencia, prioridades claras y un giro de política que deje de administrar escasez y empiece a producir certezas.
El discurso de ambos es una radiografía del agotamiento dentro del exilio cubano: cansancio por la desconfianza, por el narcisismo y por la manipulación de causas legítimas. En sus palabras resuena una advertencia común: si el debate opositor se convierte en un campo de insultos, el régimen no necesitará infiltrar nada; bastará con dejar que los “valientes de Facebook” sigan haciendo el trabajo por él.