La madrugada en Cuba se ha vuelto a escribir con dos tintas: la de la oscuridad absoluta y la del hastío social. No es una crisis nueva, pero sí una que ha alcanzado niveles de inhumanidad insostenibles. Tras años de deterioro acumulado desde la pandemia, el panorama nacional ha pasado de la precariedad a la desesperación.
Los reportes de cacerolazos y protestas en La Habana y diversas provincias no son hechos aislados, sino el síntoma de un cuerpo social que ya no aguanta más. El reclamo es unánime: libertad. Tras jornadas interminables de apagones y décadas de promesas rotas, la mayoría de los cubanos ha llegado a la conclusión de que la solución no llegará de la mano de quienes hoy ostentan el poder.
El colapso total ocurrió el pasado miércoles 4 de marzo, cuando un fallo masivo en la Central Termoeléctrica (CTE) Antonio Guiteras de Matanzas (el corazón energético del país) provocó la caída del Sistema Electroenergético Nacional (SEN).
Pero el problema no es técnico, es estructural. Mientras el discurso oficial se aferra al guion desde 1962 culpando al «bloqueo» y a la falta de combustible, la realidad es otra: las infraestructuras eléctricas, sin mantenimiento por años, simplemente se caen a pedazos.
Resulta inverosímil que, en un país donde los servicios básicos (transporte, alimentación, salud y educación) están en ruinas, la prioridad inversionista haya sido la construcción de mega hoteles de lujo, que nunca han podido llenar, para un mercado que nunca ha querido llegar.
Incluso durante los años de pandemia y postpandemia, con tasas de ocupación irrisorias y hospitales desabastecidos, el flujo de millones de dólares hacia el sector inmobiliario gestionado por GAESA no se detuvo.
El drama que vive el cubano hoy no se limita a no tener luz; se trata de comunidades enteras que deben cocinar en conjunto porque es imposible refrigerar alimentos en casa. Es la humillación diaria de un pueblo al que le han arrebatado la esperanza.
A este 2026 no se llega por accidente. El futuro de Cuba parece estar condenado a la oscuridad mientras la respuesta gubernamental sigue siendo la misma: cero cambios de mentalidad y un inmovilismo absoluto.
Lo que hoy vemos en las calles: gente pidiendo agua, luz, gas, y sobre todo libertad, es el resultado de años de dignidad pisoteada. Cuando el médico no tiene qué recetar y el ciudadano no tiene qué comer, el silencio deja de ser una opción.


















