Las colas vuelven a crecer en el sur de Florida, pero esta vez no son para un concierto ni para una oferta. Son filas para enviar plantas eléctricas, latas de comida, ropa, medicinas y cualquier otra cosa que pueda ayudar a una familia a resistir en Cuba.
En negocios de Hialeah y Little Havana, muchas personas han pasado horas esperando turno para despachar ayuda hacia la isla, empujadas por una certeza simple: sus parientes allá no están viviendo, están resolviendo. CBS Miami reportó esta semana largas filas en locales desde donde se puede mandar paquetería a la isla y recogió testimonios de familias que describen apagones de hasta 27 horas seguidas en La Habana, además de la compra de generadores, alimentos enlatados y ropa para mandar cuanto antes.
La escena tiene algo de rutina y de emergencia al mismo tiempo. Quien mira desde fuera ve bultos, carritos y cajas. Quien está en la fila ve otra cosa: un padre sin corriente, unos sobrinos sin condiciones mínimas, una nevera que no enfría y un teléfono que apenas se puede cargar de madrugada por una hora y media.
Una de las mujeres entrevistadas por CBS Miami contó que su padre le dijo que llevaba más de un día entero sin electricidad y que la ponían entrada la noche solo por un rato, apenas para “darle un poco de carga al teléfono” y poder comunicarse. Otra persona resumió el impulso con una frase directa: quieren darles a sus familiares “una vida mejor”.
La ayuda no se está moviendo solo por paquetería. También está saliendo en vuelos y convoyes organizados desde Miami. Un grupo de más de 140 voluntarios llevó 6.300 libras de suministros a Cuba, entre equipos e insumos médicos y alimentos no perecederos, en una misión humanitaria que CBS Miami cubrió tras el regreso de los participantes. Una estudiante universitaria contó que ver un apagón en la isla le enseñó más que cualquier clase; otro voluntario, de familia cubana, dijo que sentía la responsabilidad de no quedarse sentado sin hacer nada. El archivo que compartiste con la transcripción de ese reportaje recoge además el ambiente que encontraron: personas bailando en la calle, música y pequeñas fogatas improvisadas para alumbrar la oscuridad.
CBS Miami también informó que, tras levantarse restricciones sobre lo que puede enviarse a Cuba, muchas familias aprovecharon para mandar lo que antes no salía con la misma facilidad o rapidez. Según la empresa consultada por la televisora, un envío por barco puede tardar entre 14 y 28 días, mientras que por vía aérea demora entre 3 y 7 días. Ese detalle no es menor porque ayuda a explicar por qué, aun con filas largas, la gente sigue yendo: para muchas familias, mandar ayuda desde Miami se ha convertido en una extensión del salario, del cuidado y de la supervivencia.
Ese flujo de auxilio contrasta con la gravedad de la situación dentro de Cuba. El grupo de voluntarios que salió de Miami viajó en medio de los apagones extendidos y de la crisis de combustible que arrastra la isla. A su regreso, los participantes describieron un país golpeado por cortes eléctricos recurrentes mientras la escasez complica desde la refrigeración de alimentos hasta la atención sanitaria. CBS Miami situó esa misión en el contexto de los bloqueos al suministro de petróleo y de una crisis energética que ha dejado a muchos cubanos dependiendo cada vez más de la ayuda familiar y humanitaria.
Hay además una ironía política difícil de ignorar. Durante décadas, sectores del discurso oficial cubano y de sus medios afines han presentado a Miami como el basurero moral del exilio: una ciudad asociada a la “mafia anticubana”, la “gusanera” o incluso una “cloaca”. Granma, órgano del Partido Comunista, llegó a hablar de Miami como “cuna de la mafia anticubana”, mientras Cubadebate citó en 2023 una denuncia del Ministerio de Relaciones Exteriores que afirmaba que un sector reaccionario había convertido a la ciudad en “una cloaca”.
Pero es precisamente desde esa ciudad tan demonizada de donde hoy sale una parte decisiva del auxilio material que sostiene a miles de hogares cubanos. No sale del aparato estatal, ni de una alianza ideológica, ni de una planificación del sistema. Sale de madres, hijos, hermanos, sobrinos y amigos que hacen fila en Hialeah, en Little Havana o donde encuentren un mostrador abierto para mandar una planta, una caja de latas o una bolsa de medicinas. El contraste es crudo: la ciudad convertida durante años en símbolo del enemigo aparece otra vez como uno de los principales puntos de salvación concreta para la isla.
Eso no significa que Miami sea un bloque uniforme ni que toda la ayuda llegue sin tensiones políticas. Significa algo más básico y más fuerte: cuando las condiciones en Cuba se deterioran, una parte importante de la respuesta vuelve a salir del exilio. Y sale, además, con sacrificio. Uno de los entrevistados por CBS Miami explicó que enviar lo esencial a la familia implica recortarse aquí, dejar de comprar cosas necesarias allá para poder sostener a los de allá. La ayuda no cae del cielo. Sale del bolsillo de gente que también paga renta, comida y facturas en el sur de Florida.




















