Más allá de la gorra y sus significados… El 4tico está igualito (y sus ocupantes continúan presos)

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La polémica desatada en torno a la gorra con el lema “Make Cuba Great Again” ha terminado por ocupar un espacio central en el debate público cubano, tanto dentro como fuera de la Isla. Sin embargo, mientras la discusión se desplaza hacia los significados estéticos, las lecturas ideológicas y las interpretaciones simbólicas del objeto, un dato esencial permanece inalterado: los jóvenes del proyecto audiovisual El 4tico siguen detenidos, sus equipos continúan decomisados y el Estado cubano mantiene intacto el dispositivo represivo que activó contra ellos.

La polémica en torno a la gorra no surge en el vacío. Está directamente asociada al proyecto Fuera de la Caja Cuba, un colectivo de jóvenes creadores que, desde dentro de la Isla, ha utilizado ese lema como consigna comunicacional en redes sociales para denunciar la falta de libertades, la censura y el deterioro de las condiciones de vida.

Sus publicaciones insisten en una idea central: “lo único bloqueado es la libertad”, desligando el mensaje de cualquier adhesión partidista o culto a figuras políticas extranjeras y subrayando una demanda de derechos y futuro en clave nacional.

El conflicto escala de manera visible tras la mención del proyecto en el programa oficialista Con Filo, espacio que ha funcionado en los últimos años como plataforma de señalamiento público contra voces críticas. Los jóvenes respondieron a la mención con estos dos mensajes:

A partir de ese momento, el foco institucional se amplía: no solo El 4tico, sino también Fuera de la Caja Cuba y quienes se identifican con “la gente de la gorra” pasan a ser presentados como parte de una supuesta agenda enemiga, pese a que todos sus integrantes residen en Cuba y operan abiertamente desde redes sociales.

La reacción oficial no ha dejado margen a dudas. El Primer Secretario del Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba en Holguín y diputado a la Asamblea Nacional, Joel Queipo, calificó públicamente a Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina como “traidores invasores” y negó de plano cualquier lectura que los presente como simples creadores de contenido o jóvenes críticos del proceso político cubano. En su intervención, difundida desde su perfil personal, Queipo los ubicó directamente dentro de una supuesta agenda enemiga, cuestionando “al servicio de quién” actúan y “con qué financiamiento”, sin aportar pruebas concretas que sustenten tales acusaciones.

El lenguaje utilizado no es nuevo. Se trata de una retórica que ha acompañado durante décadas la respuesta del poder cubano frente a cualquier forma de disenso: convertir la crítica en traición, el desacuerdo en amenaza y la expresión autónoma en antesala de una invasión extranjera. En ese marco, el funcionario vinculó el caso de El 4tico a una presunta ofensiva estadounidense contra Cuba y apeló al argumento del “derecho de la Patria” a defender su soberanía, desplazando el foco desde los hechos concretos —una detención arbitraria y el decomiso de medios de trabajo— hacia un escenario geopolítico abstracto y alarmista.

Mientras el discurso oficial insiste en el carácter “subversivo” del proyecto, el respaldo social a El 4tico ha crecido de manera visible en redes sociales. Miles de usuarios han denunciado la detención como otro episodio de represión al disenso juvenil, señalando la desconexión entre el relato gubernamental y la realidad cotidiana de una generación marcada por la precariedad, la censura y la falta de horizontes.

Una de las voces más contundentes en ese respaldo ha sido la de Anna Sofía Benítez, quien se pronunció de forma explícita a favor de los jóvenes detenidos. En mensajes y videos ampliamente compartidos, Benítez afirmó que los integrantes de El 4tico “sí la representan” y cuestionó directamente los fundamentos constitucionales del sistema político cubano. Su intervención no se limitó a la solidaridad personal: desmontó la noción de “Estado democrático” proclamada en el texto constitucional y denunció la ausencia de elecciones auténticas, pluralismo político y participación real de la ciudadanía.

Benítez también apuntó a un elemento clave del conflicto: la forma en que el poder percibe a la población. Según su lectura, el aparato estatal no ve individuos con derechos, sino una masa que debe ser administrada y disciplinada. Esa lógica, afirmó, explica tanto la violencia policial como el lenguaje deshumanizante empleado por los funcionarios contra jóvenes que, en esencia, producen análisis y comentarios sobre la realidad cubana desde plataformas digitales.

Otras voces intelectuales han advertido sobre el riesgo de que la discusión se desvíe hacia el símbolo y pierda de vista el núcleo del problema. La académica y activista Alina Bárbara López Hernández recordó que el poder en Cuba no reprime símbolos por su forma específica, sino por lo que representan en términos de autonomía y libertad. En su mensaje, publicado en su perfil de Facebook, evocó el caso de Luis Manuel Otero Alcántara, encarcelado por utilizar la bandera cubana como soporte artístico, y subrayó que la represión no distingue entre una gorra, un cartel o una consigna histórica: lo intolerable por parte del régimen es el acto de pensar y actuar fuera de los márgenes permitidos.

López Hernández fue explícita al separar su preferencia personal del principio fundamental en juego. Afirmó que ella no usaría la gorra en cuestión, pero que jamás consideraría legítimo encarcelar a alguien por hacerlo. Su advertencia apunta a una dinámica conocida: cuando el debate se concentra en la estética o en la conveniencia del símbolo, el Estado gana tiempo y espacio para sostener intacto el castigo.

Ese desplazamiento del foco es visible. Mientras se discute si la gorra “une o divide”, si su apropiación es estratégica o errada, si su lectura remite inevitablemente al trumpismo o puede resignificarse en clave cubana, los hechos materiales no cambian: El 4tico fue intervenido, sus integrantes están privados de libertad y el mensaje disciplinador se mantiene. La polémica simbólica, por intensa que sea, no ha modificado la situación jurídica ni las condiciones de encierro.

En ese sentido, el caso revela un patrón ya conocido en la Cuba contemporánea. El poder responde al disenso juvenil no con debate público, sino con criminalización; no con argumentos, sino con consignas; no con diálogo, sino con sanción. La gorra funciona como detonante, pero no como causa. El conflicto no nace del objeto, sino de la existencia de un espacio comunicativo independiente que interpela la narrativa oficial desde códigos comprensibles para una generación que no se reconoce en los discursos institucionales.

Sin embargo, la reacción social ha seguido un carril distinto. Las redes se han llenado de mensajes de apoyo tanto a El 4tico como a Fuera de la Caja Cuba, destacando que no se trata de proyectos clandestinos ni violentos, sino de iniciativas visibles que interpelan la realidad cubana desde el lenguaje cotidiano de una generación marcada por la emigración, la precariedad y la ausencia de canales institucionales de participación.

El grupo ha publicado varios mensajes de crítica frontal al sistema, desmarcándose de la retórica que le impugnan de enemigos y apostando por un mensaje que le llegue a los jóvenes en Cuba.

La insistencia del Partido Comunista en presentar a estos jóvenes como agentes de intereses imperiales contrasta con la ausencia de pruebas y con la naturaleza pública de su trabajo. Sus contenidos, difundidos abiertamente, se centran en analizar la realidad cubana, el deterioro económico, la emigración masiva y la distancia entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana. Esa brecha, más que cualquier gorra, es lo que el Estado busca cerrar por la vía de la represión.

A más de una semana de las detenciones, el escenario sigue siendo el mismo. El 4tico continúa clausurado de facto, sus ocupantes permanecen presos —todos en Cuba lo estamos— y el aparato político no ha ofrecido señales de rectificación. La discusión simbólica, aunque legítima, no ha alterado esa realidad. En Cuba, como han recordado varias voces críticas, lo verdaderamente prohibido no es un lema ni un color, sino la práctica concreta de la libertad.


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