Mientras Melissa castigaba el Oriente, la conversación pública cubana se llenó de voces que no esperaron a que amainara el viento.
En la esfera del análisis más apegado a la realidad, el economista cubano Pedro Monreal articuló quizá la tesis más incómoda: los ciclones no solo destruyen, revelan. Al agravar desastres sociales preexistentes, como la pobreza, exponen decisiones de política pública, prioridades de gasto y la deuda de una gestión de riesgos que debería medirse por vidas y medios de vida preservados, no por consignas. Su llamado a orientar recursos a la erradicación de la pobreza funciona como mapa para el día después.
En igual sentido, quizás con menos datos pero con iguales luces, salía a la palestra pública el mensaje de la activista cubana exiliada en España, Amelia Calzadilla.
La joven Amelia aportó la pulsación emocional de la crisis. Su mensaje, crudo y urgente, subrayó la imposibilidad práctica de “prepararse” cuando la despensa está vacía, la electricidad falla y el transporte es un acertijo. La advertencia no fue meteorológica, fue social: el huracán irrumpe sobre hogares que ya vivían al borde, sin colchón de ahorro ni servicios que aguanten una marejada.
El humorista Ulises Toirac tiró de su prestigio para advertir, sin eufemismos, que el país enfrentaba una tragedia nacional añadida a todas las ya sufridas. Su reflexión, que apuntó a la precariedad de estructuras y a la fragilidad de los mecanismos de respuesta, funcionó como espejo de un sentimiento extendido: el ciclón llega sobre una base social debilitada, con internet intermitente y una economía exhausta.
Otra humorista, esta desde la Florida, Cuqui La Mora, llevó la conversación al terreno abiertamente político y responsabilizó al comunismo del deterioro de la vida diaria. Más allá de su tono, su intervención ilustra un tablero donde humoristas, activistas, economistas y emprendedores ocupan el espacio que deja una institucionalidad en modo parte y contrapartida a la vez.
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La rabia ciudadana también se expresó en clave de denuncia. Usuarios reportaron apagones, desinformación y abandono, y acusaron a la Unión Eléctrica de prometer refuerzos que no llegaron. En provincias como Santiago y Holguín, el lenguaje fue directo: la gente pidió menos partes burocráticos y más certezas operativas, porque con la nevera vacía y el móvil sin carga no hay épica que alcance.
Lejos de los podios, un emprendedor de Isla de la Juventud llamó a articular una donación masiva desde las mipymes y negocios privados para asistir a los damnificados. La propuesta, nacida desde abajo, encajó con el cansancio ante colectas opacas y la demanda recurrente de trazar rutas de ayuda directa, verificable y rápida. Que el llamado viniera del sector emergente privado, además, añadió una capa política: el tejido cívico intenta ocupar huecos que el Estado no logra cubrir.
Por último, desde La Habana, Sandro Castro publicó un mensaje de apoyo a las provincias orientales y a Jamaica, un gesto que buscó empatía en medio de imágenes de postes vencidos e inundaciones, y que reavivó, como casi todo lo que toca a figuras de apellido reconocido, comentarios encontrados sobre privilegios y responsabilidades.

















