¿Qué tiene que pasar para que una figura como Juana Bacallao tenga, al menos, una lápida con su nombre? Dos años después de su muerte, ese detalle básico sigue ausente en el Panteón de la Cultura del Cementerio de Colón, en La Habana, según denuncias públicas de artistas y usuarios que han visitado el lugar y aseguran que la bóveda donde reposan sus restos no está identificada de forma visible. Esa falta no solo dificulta que admiradores y familiares puedan ubicar con precisión el sitio; también ha reactivado un malestar viejo: la percepción de que, en Cuba, la gratitud institucional es selectiva, y que cuando se trata de una mujer negra, popular, irreverente y venida de abajo, el abandono se vuelve “normal”.
La queja no es nueva. Ya en 2024, el comentarista deportivo Yasel Porto contó que pudo localizar la sepultura gracias al video del funeral y a su conocimiento del cementerio, pero advirtió que para quien no tuviera esas referencias sería casi imposible encontrarla.
En ese mismo recorrido, subrayó el contraste con tumbas cercanas de otras figuras de la música cubana —como Adalberto Álvarez y José Luis Cortés— que sí aparecen claramente identificadas con placas. La comparación se convirtió en argumento: no se trata de que “nadie tiene nada”, sino de que dentro del mismo panteón hay jerarquías visibles hasta en el mármol.
A esa incomodidad se sumó, desde el inicio, la manera en que se vio el adiós. Imágenes del velorio en la funeraria de Calzada y K circularon en redes y medios del exilio mostrando una sala casi vacía, y un sepelio discreto, con poca compañía alrededor del féretro. En el entierro estuvo el ministro de Cultura, Alpidio Alonso, y se señaló que la única ofrenda floral visible estaba a su nombre, un detalle que para algunos simbolizó más “acto” que duelo, más trámite que reconocimiento.


El episodio no quedó solo en la estética de una despedida pobre. Un año después, y luego otra vez en 2026, se reiteró públicamente la misma constatación: no hay placa y la bóveda continúa sin nombre a la vista. La denuncia ha venido acompañada de otro dato que agrava el cuadro: en visitas recientes, quienes fueron a llevar flores dijeron no haber visto señales de homenajes recientes allí, como si el lugar estuviera condenado a la invisibilidad, incluso para quienes quieren recordarla.
Si bien el estado del Cementerio de Colón ha sido denunciado una y otra vez por deterioro y abandono, esa explicación, sin embargo, no termina de cerrar cuando el propio panteón oficial exhibe diferencias entre sepulturas contiguas a las de Juana Bacallao. Si hay mármol para unos y silencio para otros, la discusión deja de ser solo presupuestaria y entra en el terreno de lo político y lo simbólico: quién merece ser encontrado, quién merece ser recordado “como corresponde”. Juana, por ser artista de pueblo, que jamás le pasó la lengua por la suela de los zapatos a ningún dirigente o funcionario, a pesar de ser considerada «fidelista», y ser además, negra, humilde y «no muy bien hablada», sigue dos años después de su muerte sin recibir el homenaje que merece por parte de los racistas que regentan el Ministerio de Cultura, donde destacan Alpidio Alonso, Fernando León Jacomino, y el más racista de todos: Abel Prieto.
La palabra “racismo”, a menudo usada en boca de muchos cubanos, no es insulto automático, sino una acusación concreta: el patrón de desprecio institucional hacia figuras negras y populares, como Juana Bacallao está más que contado. Juana Bacallao no fue una artista “cómoda”: su personaje se movía entre el cabaret, el choteo, la cultura popular de barrio y una forma de presencia pública que nunca encajó del todo en el molde solemne. Su fama fue masiva, pero su lugar en la cultura “seria” siempre tuvo resistencia. Por eso, para muchos, que no haya lápida no es un accidente: es continuidad de un ninguneo.
Así lo expresó en su momento el cantante Eduardo Antonio, por ejemplo, cuando dijo que el entierro de la Diva no había tenido el “nivel” que merecía una artista de esa dimensión, y lo planteó como una falta de decoro y agradecimiento, más allá de la crisis general del país. Su crítica apuntó directo a las instituciones: se puede estar en ruina, pero no se debería estar en la indiferencia.
La historia, al final, se sostiene en una evidencia simple: una tumba sin nombre en un panteón que se supone reservado para la cultura. Y esa evidencia pesa porque no es un capricho de fans: es el mínimo gesto de memoria pública para una mujer que fue parte del imaginario cubano durante décadas. En un país donde el Estado se arroga la administración del reconocimiento —quién entra al canon, quién “representa” la cultura—, que Juana Bacallao siga sin una lápida legible no es un detalle menor: es un mensaje, aunque nadie lo firme.




















