Denuncian presunto episodio de racismo en la puerta de entrada a la Fábrica de Arte Cubano

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Un episodio ocurrido la noche del 26 de diciembre de 2025 en la entrada de la Fábrica de Arte Cubano (FAC) ha reactivado el debate sobre racismo, exclusión y arbitrariedad en espacios culturales y recreativos de La Habana. La denuncia fue hecha públicamente por el joven Alejandro Bridón Mesa, quien aseguró que a él y a dos amigas se les negó el acceso al recinto sin una explicación concreta, mientras otras personas sí ingresaban sin dificultad.

Según el testimonio difundido por Bridón en redes sociales, el grupo llegó a FAC alrededor de las diez de la noche para celebrar un cumpleaños. Hicieron la cola como el resto de los asistentes y aguardaron su turno. Durante la espera, relata, observó cómo entraban varias personas extranjeras y clientes blancos sin que se les pidiera reserva previa ni se les planteara objeción alguna. Cuando finalmente les tocó el turno, un trabajador de la puerta los separó del resto y les comunicó que no podían entrar, amparándose en el llamado “derecho de admisión”.

Lo que Bridón subraya no es solo la negativa, sino la forma en que se produjo. Afirma que preguntó en varias ocasiones por el motivo, explicó que se trataba de una celebración y solicitó al menos una razón concreta. No la obtuvo. La respuesta fue el silencio o la repetición mecánica de una fórmula administrativa sin contenido verificable. Para él, ese momento marcó la diferencia entre un control legítimo de aforo y una exclusión arbitraria que, en su lectura, estuvo atravesada por el color de la piel y la condición de cubanos.

La denuncia se propagó rápidamente en redes sociales, en parte porque FAC no es un local cualquiera. Desde su apertura, el espacio se ha presentado como un símbolo de modernidad cultural, diversidad y apertura, tanto para el público nacional como para visitantes extranjeros. Esa condición simbólica amplifica cualquier señal de contradicción entre el discurso y la práctica. En ese contexto, la experiencia narrada por Bridón se leyó no solo como un incidente individual, sino como una escena que muchos dicen reconocer: la puerta como filtro social, racial y económico.

Hasta el momento, FAC no ha emitido un pronunciamiento público detallado sobre el caso específico. En situaciones similares, la respuesta habitual de establecimientos nocturnos ha sido apelar a que “se recibieron personas de todos los colores”, una fórmula que no entra a discutir el núcleo del problema señalado: la falta de criterios claros y comunicables para ejercer el derecho de admisión. En ausencia de explicaciones transparentes, la percepción de discriminación se instala con facilidad, sobre todo en un país donde el discurso oficial ha insistido durante décadas en que el racismo fue superado.

El caso de Bridón vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: cuándo el derecho de admisión deja de ser una herramienta organizativa y se convierte en una coartada. En contextos donde no existen reglas públicas, visibles y aplicadas de manera consistente, la decisión queda en manos del criterio individual de quien controla la puerta. Ese margen de discrecionalidad es, precisamente, donde se cuelan prejuicios históricos que rara vez se expresan de forma explícita.

Más allá de la investigación puntual del hecho, la denuncia ha abierto una conversación más amplia sobre quiénes son considerados “clientes deseables” en determinados espacios y bajo qué lógicas se define esa deseabilidad. Para muchos usuarios que reaccionaron al testimonio, lo ocurrido no fue una sorpresa, sino la confirmación de una experiencia repetida y normalizada, pocas veces documentada.

El episodio en la entrada de FAC no se resuelve solo con una aclaración puntual. Deja planteada una exigencia de fondo: que los espacios culturales que se presentan como inclusivos expliquen cómo operan sus filtros y a quiénes terminan dejando fuera. Mientras eso no ocurra, cada puerta cerrada sin explicación seguirá siendo leída, con razón o sin ella, como una señal de exclusión que Cuba no ha logrado desterrar.

Recientemente la actriz y creadora de contenidos Anniet Forte denunció en diciembre de 2025 un episodio de discriminación racial ocurrido en un local nocturno habanero, donde una pareja de jóvenes negros fue rechazada, también en la entrada, mientras otras personas accedían sin reserva. En un video difundido en redes sociales, Forte explicó que ella misma pudo entrar sin dificultad y que presenció la escena directamente, lo que la llevó a calificar el hecho como un caso de racismo “súper marcado”. Tras hacer pública su denuncia, aseguró haber recibido mensajes de otras personas que afirmaban haber vivido situaciones similares.

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Según su relato, tras hacer pública la denuncia, el establecimiento publicó un mensaje asegurando que esa noche habían entrado personas “de todos los colores”, una respuesta que la actriz calificó de cínica, pues —afirmó— no respondía a lo ocurrido. Forte añadió que después de su testimonio recibió mensajes de personas que decían haber vivido experiencias similares en el mismo lugar, lo que reforzó su percepción de que no se trataba de un hecho aislado, sino de una práctica repetida.

Anniet no es la única actriz cubana de raza negra que se ha quejado por las mil y una formas en las que aún el racismo se manifiesta en Cuba. Este año, la actriz Natasha Díaz, una de las figuras más respetadas del teatro, la televisión y el cine cubanos, abordó el tema del racismo de manera directa en una entrevista concedida. Desde su experiencia personal y profesional, Díaz cuestionó el discurso oficial que durante décadas ha sostenido que el racismo fue erradicado en Cuba tras 1959.

En sus declaraciones, la actriz señaló que los prejuicios persisten, especialmente en los criterios estéticos y de selección dentro de los medios audiovisuales. Explicó que, a lo largo de su carrera, fue convocada en muchas ocasiones solo cuando los guiones exigían explícitamente un personaje negro, y que ese patrón limitó su acceso a determinados roles. Para Díaz, el racismo no siempre se manifiesta de forma abierta, sino a través de decisiones aparentemente técnicas que terminan reproduciendo exclusiones históricas.

Sus palabras —“el racismo es una cosa que no se acabará nunca”— resonaron con fuerza porque no provinieron del activismo, sino de una trayectoria artística larga y reconocida, marcada por el mérito y el trabajo constante.

Tres antecendes fuertes de racismo en la Cuba actual

Entre 2017 y 2019 hubo tres episodios que se volvieron referencia obligatoria cada vez que en Cuba se habla de racismo cotidiano y de cómo se tramita —o no se tramita— una denuncia. No fueron grandes “casos de Estado”. Fueron escenas mínimas, en transporte público o semipúblico, y precisamente por eso pegaron tanto: porque ocurren donde la vida real se roza, donde no hay escenario, donde el insulto se suelta con la misma facilidad con que se cobra un pasaje.

El primero estalló en 2017 alrededor de una denuncia difundida como carta/testimonio por Yanay Aguirre Calderín, estudiante de Derecho, tras un incidente con un chofer de almendrón en La Habana. La historia se movió rápido porque la autora no lo contó como “mala educación”, sino como racismo directo y como abuso de poder en un servicio cotidiano. El valor de ese episodio, más allá de los detalles, es el mecanismo: la humillación como algo que se intenta normalizar (“no exageres”, “eso no es racismo”), y la decisión de no tragársela en silencio sino convertirla en denuncia pública para que no quedara en anécdota.

El segundo ocurrió el 19 de diciembre de 2018 y se viralizó con fuerza en enero de 2019. La joven Gelaisy Cantero de los Santos denunció que un chofer de ómnibus la agredió verbalmente con un insulto racista —“cállate, negra mona”— en medio de una interacción banal vinculada al pago del pasaje. El impacto del caso no estuvo solo en la frase, sino en el contexto: la guagua como espacio de todos, el insulto dicho delante de pasajeros, y la sensación de que el racismo aparece sin necesidad de señales previas, como un reflejo social aprendido.

En ambos relatos, lo más revelador no es solo el acto racista, sino lo que viene después. En el caso del ómnibus, activistas de Alianza Unidad Racial comunicaron que se intentó canalizar una denuncia formal ante la Fiscalía Provincial de La Habana, en la oficina de Atención al Ciudadano en 25 y F. Pero en recuentos posteriores, lo que queda es una sombra: no hay un cierre público claro, verificable y transparente sobre si el proceso avanzó, si hubo sanción, o cómo se resolvió. En el caso del almendrón, la discusión social también se movió hacia la misma pregunta: qué vías reales existen para que una agresión racista no termine disuelta en opacidad administrativa.

Por eso estos dos antecedentes vuelven cada vez que hay un nuevo “derecho de admisión”, una puerta que se cierra o un trato diferenciado. No porque expliquen todo, sino porque condensan lo esencial: el racismo en Cuba no siempre se expresa con grandes discursos; muchas veces es una frase, un gesto, un filtro. Y cuando la respuesta institucional no se ve, el daño se duplica: la humillación se vuelve viral, pero la justicia —si existe— se queda fuera de cámara.

El tercer caso ocurrió el martes martes 6 de agosto de 2019 cuando una joven cubana denunció haber sido víctima de racismo en hotel Parque Central.

Ana Yadira Cabañas, músico graduada en el Conservatorio Amadeo Roldán, denunció en su perfil de Facebook haber sido víctima de racismo por parte de un custodio del hotel que la abordó en el lobby de la instalación «con una forma NO correcta para preguntarme para dónde iba solo por ser cubana.»

El custodio se identificó además como «el SECRETARIO DEL PARTIDO del hotel» y dijo que «esa era una institución “5 estrellas” que se reservaba el derecho de admisión».

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