Alexis Triana al parecer, ha vuelto a sacar las uñas dentro del discurso cultural oficial cubano, quien sabe si orientado desde el DOR o por motu propio, cuando desde la página de Facebook perteneciente al Festival de Cine de La Habana, se ha difundido una proclama que llama a cineastas “de todos los mundos” a levantar la voz ante la “intención de cercar y oscurecer a Cuba”.
El texto, construido como una pieza de legitimación histórica, invoca la Escuela Internacional de Cine y TV, la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la idea de una Cuba que, más que “amenaza”, habría sido “cobijo” y “fuente de luz” para el cine continental. En esa lógica, la solidaridad se pide hacia afuera con el tono de una causa mayor, casi litúrgica, y se sostiene con una lista de firmas que busca presentar unanimidad moral: nombres, países, cargos, credenciales, una cadena de adhesión que sugiere que el campo cultural entiende el problema cubano como un cerco externo, y no como una crisis donde también pesan decisiones internas.
Sin embargo, apenas unas horas después de publicada, cambió el guion. El cambio no vino en especie de contra-manifiesto, ni un debate televisado, ni una carta institucional alternativa. Fue el golpe seco de los comentarios.
Justo debajo, en la sección de comentarios de la propia publicación, tuvo lugar una especie de asamblea paralela donde el argumento no se discutió en abstracto, sino con frases que buscaron pinchar la burbuja del evento: que si “mientras ustedes toman mojitos en el Hotel Nacional”, que si “quién va al cine en Cuba”, que si “firmen por los presos políticos”, que si “esto es propaganda”, que si “la miseria no empezó con Trump”.
No fue un comentario aislado. Fueron decenas, y además, todos estuvieron alineados por intuición: casi todos partieron del mismo punto, el cansancio con la idea de que la cultura cubana de vitrina pedía solidaridad internacional mientras dentro del país se normalizaban la censura, la represión y los privilegios logísticos para sostener grandes eventos en medio de apagones y escasez. Esa reacción no se limitó a una voz como la de Miryorly García, quien acertadamente expresaba «aunque no nos guste el autoritarismo de Trump y que un país y un presidente se convierta en árbitros del mundo y que use presiones, chantajes y hasta la fuerza, no debemos cerrar los ojos a la realidad. Los apagones y la miseria en la que está sumida está isla no comenzó con Trump ni es sólo el resultado del bloqueo»; alrededor aparecieron otras que repitieron, con distintos tonos, el mismo reclamo: ética, coherencia y una solidaridad que no ignorara a quienes pagaban el costo cotidiano dentro de la isla.
Hubo una razón por la que esa “tortilla virada” prendió tan rápido: llegó sobre un historial acumulado.
El cine cubano, especialmente el espacio independiente y el cine joven, lleva años viviendo tensiones abiertas con el ICAIC, y Triana no ha sido un nombre neutral en esa película. Su llegada a la presidencia del Instituto fue leída por sectores del gremio como una mala señal, y la propia Asamblea de Cineastas Cubanos reaccionó entonces con textos que no discutieron solo a la persona, sino el patrón: subordinación burocrática, control político y falta de reglas claras para la creación. Esa Asamblea, además, no fue un invento propagandístico: existió como espacio articulado, con comunicados y cronología pública, y se reactivó con fuerza alrededor de casos concretos donde el conflicto no fue “estético” sino de derechos: censura, exhibiciones arbitrarias, campañas de descrédito y disputas por autoría. Un ejemplo clave fue el escándalo por la emisión en la televisión cubana del documental La Habana de Fito, de Juan Pin Vilar, que detonó una declaración frontal sobre censura y violación de derechos de autor, y terminó asentando el tono de la Asamblea: no fue una queja puntual, fue una denuncia de método.
Este contexto importa a la hora de explicar por qué un llamado de “solidaridad” desde un aparato cultural oficial no cayó en terreno virgen, sino sobre un campo minado. Donde el Festival y quienes lo sostienen pidieron firmas contra el “oscurecimiento”, mucha gente leyó el mensaje al revés: el oscurecimiento no fue solo lo que viniera de afuera, sino lo que ya se aplicaba adentro cuando una película no convenía, cuando un debate se bloqueaba, cuando una proyección se caía por razones que nunca se explicaban con transparencia o cuando el cineasta aprendía, por experiencia, a no nombrar ciertas cosas si quería seguir trabajando. Y ahí empezaron a aparecer, con nombre propio, los casos recientes que volvieron casi imposible mantener la discusión en el plano épico de la proclama.
Cualquiera pensaría que «el caldo de cultivo» que alimenta todo este «resentimiento» se pierde en el tiempo, pero no; en noviembre de 2025 volvió a circular una denuncia fuerte: la exclusión del documental Para vivir, el implacable tiempo de Pablo Milanés, de Fabien Pisani, del programa del Festival (en la edición 46, prevista para diciembre). Medios independientes reportaron la queja del realizador y la lectura de que la decisión olió a presión política, no a criterios artísticos. El material no fue exhibido en el documental, sin embargo, cual misterio divino, le dieron el premio de Cartel.
El asunto no quedó ahí: en diciembre de 2025, un reportaje de El País describió el “desembarco tortuoso” de Pisani en el propio Festival con su otro documental, En la caliente, y contó cómo el filme sobre Pablo Milanés terminó proyectándose fuera del circuito del evento, en una sede diplomática, precisamente por el conflicto de censura. Esa clase de historias tuvo un efecto inmediato en la conversación pública: cuando alguien pidió “firmas por Cuba”, los comentarios contestaron “firmas por los censurados”, y ya no como consigna abstracta, sino señalando un caso específico y cercano en el tiempo.
Un año antes, en diciembre de 2024, otro título se volvió símbolo del mismo problema: el cortometraje Matar a un hombre, vinculado a denuncias de exclusión y censura dentro del Festival. La discusión circuló en varios medios y espacios de activismo cultural, con la idea de que el evento se había ido convirtiendo en una vitrina donde cabían ciertas narrativas y se expulsaban otras, sobre todo las que rozaban temas incómodos para el poder o que mostraban zonas de violencia institucional y control social. Cuando un festival arrastra esa reputación, un manifiesto que lo presenta como templo “crítico y emancipador” choca con la memoria reciente del propio gremio y con el archivo que la gente ya tiene en el teléfono: enlaces, capturas, nombres de películas, nombres de cineastas y un patrón.
Otra capa del contexto es la NULA relación del ICAIC con la Asamblea de Cineastas Cubanos en los últimos años. En marzo de 2024, por ejemplo, se reportó que la Asamblea denunció falta de respuesta del ICAIC a solicitudes formales de reunión o de espacio para encuentros, lo que volvió a alimentar la idea de un diálogo bloqueado o administrado desde arriba. En ese tipo de clima, la figura de Triana funcionó como personaje político, no solo como gestor: para quienes criticaron, fue el rostro de la “burocracia cultural”; para quienes defendieron, fue quien sostuvo el andamiaje institucional en medio del derrumbe material del país. Y ese choque de percepciones fue exactamente lo que explotó en la caja de comentarios de esta publicación «hecha por el Festival»: el lugar donde el discurso solemne se encontró con la réplica directa, sin filtro y sin protocolo.
La presión fue tal, que terminaron cerrando el espacio para los comentarios. No los borraron, pero no dejaron que nadie más comentara. Solo dos comentarios, y bien escuetos, sin argumentos, tipo «consignas», alcanzaron a colarse dentro de tanta verdad desnuda. El de la hermana de la periodista Arleen Rodríguez Derivet, quien trabaja en el Dpto Cultural de la Embajada de México en Cuba, y otro más de una sin nombre.
Otra vez la discusión pública dentro del gremio cultural se pierde; como se perdió el 27N cuando el Ministro no salió a hablar con los cubanos sentados frente al Ministerio; o cuando violaron, unas horas después, lo poco acordado esa noche. O como se perdió el 27 de enero, unos meses después de esa fecha y unos meses antes del 11J, cuando sí salieron, pero a dar manotazos, golpes y empujones con quienes querían dialogar. La administración del disenso y el modo en el que ellos lo manejan es clave para que la administración Trump comprenda cómo es que estos quieren dialogar siempre.

















