El Banco Central de Cuba (BCC) ha roto su inercia con un nuevo movimiento en el tablero cambiario. Tras una semana de calma ficticia, la denominada “tasa flotante” oficial despertó este 21 de febrero con un salto hasta los 463 CUP por cada dólar, abandonando la meseta de los 458 en la que se había instalado.
Sin embargo, este ajuste parece ser poco más que una carrera de fondo donde el Estado siempre llega en segundo lugar, con el billete verde informal ya consolidado en los 505 CUP.

El comportamiento de la tasa oficial en el segmento III sigue un patrón de «escalones»: largos periodos de inmovilidad seguidos de ajustes bruscos. Esto confirma que no estamos ante una dinámica de mercado orgánica, sino ante correcciones administrativas que reaccionan, con días de retraso, a lo que sucede en la calle.
A pesar del reciente movimiento del BCC, la distancia entre ambos mundos financieros sigue siendo un abismo de aproximadamente 42 pesos por dólar. En el caso del euro, la historia se repite con matices: mientras el mercado paralelo lo sitúa en 560 CUP, el oficial lo fija en 544,67 CUP, registrando incluso un levísimo e inexplicable descenso de 0,42 CUP respecto al día anterior.
Esta lógica reactiva del gobierno cubano deja varias lecturas sobre la mesa: El sistema oficial pretende ordenar el mercado, pero en realidad camina tras sus huellas sin lograr alcanzarlo nunca; al no cerrar la brecha, el circuito informal sigue siendo el destino predilecto por su mayor liquidez y disponibilidad y los movimientos abruptos y tardíos sugieren decisiones discrecionales en lugar de una flotación real basada en oferta y demanda.
El BCC parece encontrarse en un callejón sin salida: no quiere validar plenamente el precio que dicta la calle, pero tampoco puede permitirse ignorarlo por completo. El resultado es una tasa oficial que flota de forma tardía y quedándose a medias, reafirmando que, para el cubano de a pie y el sector privado, la referencia económica real sigue estando fuera de las instituciones del Estado.

















