No solo petróleo. Trump podría imponer también aranceles a Canadá por sus aviones que viajen a Cuba

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La ofensiva de Donald Trump contra los flujos que sostienen a Cuba no se está quedando en el combustible. Mientras su Orden Ejecutiva abre la puerta a castigar con aranceles a países que “directa o indirectamente” suministren petróleo a la Isla, esta semana el presidente también agitó otro frente: amenazó con imponer un arancel del 50% a aeronaves canadienses y usó el lenguaje de la “decertificación” como arma política, en un pulso con Ottawa por la certificación de varios modelos de Gulfstream. Aunque la Casa Blanca matizó después el alcance de esa amenaza, dice BBC, el gesto dejó clara una idea: la presión puede saltar de los tanqueros a los cielos.

En La Habana, esa combinación se lee con un cálculo simple. Si el combustible es la sangre del sistema eléctrico, el turismo es la divisa que le queda, amén de la prestación de servicios médicos y educativos; la primera de ella, en franca picada, tras saltar a la luz las condiciones de esclavitud moderna en la que trabajan en los distintos países donde La Habana presta «colaboración», sus profesionales de la salud.

Y ahora, el turismo.

Cuando se habla de turismo en Cuba, se habla de Canadá. Datos oficiales y análisis sectoriales coinciden en que el mercado canadiense ha sido, con diferencia, el principal emisor de visitantes durante décadas. Tan solo en los primeros siete meses de 2024, Canadá aportaba alrededor del 42,5% del total, según cifras citadas por el Caribbean Council. En 2024, Cuba reportó 2,2 millones de visitantes internacionales, lejos de los niveles prepandemia, y aun así el turismo sigue siendo una de las vías centrales de entrada de divisas. Esa dependencia explica por qué cualquier “ruido” sobre aviación canadiense se vuelve amenaza potencial para el bolsillo cubano, incluso si el anuncio nace de una disputa bilateral EE. UU.–Canadá.

El golpe no sería abstracto. En 2025, el propio aparato turístico cubano recordaba que antes de la pandemia llegaban a Cuba más de un millón de canadienses al año, con un pico cercano a 1,3 millones en 2015, una magnitud que define la industria de sol y playa en Varadero, Cayo Coco o Santa Lucía. Y aunque el flujo ha bajado, el peso sigue siendo desproporcionado: informes recientes apuntan a caídas interanuales, pero con Canadá manteniéndose como columna vertebral del mercado.

El punto político es otro: cuando Washington introduce aranceles, certificaciones o sanciones como herramientas de presión, no necesita prohibir explícitamente los viajes a Cuba para encarecerlos o enfriarlos. Basta con elevar costos, añadir incertidumbre regulatoria o empujar a aerolíneas y aseguradoras a comportarse con cautela. Para una economía que apuesta al turismo como salvavidas, el mensaje es inquietante: no solo se discute quién le vende petróleo a Cuba, sino también quién puede seguir llevándole turistas.

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