Díaz-Canel: del limón a la picúa. Otra vez arroja combustible para memes

Havana
cielo claro
14.2 ° C
14.2 °
14.2 °
62 %
6.9kmh
1 %
Mar
21 °
Mié
25 °
Jue
26 °
Vie
28 °
Sáb
25 °

Miguel Díaz-Canel ha vuelto a ocupar titulares no por una decisión de gobierno ni por una política concreta, sino por una anécdota. Esta vez fue una historia atribuida a Fidel Castro sobre una picúa que supuestamente lo atacó bajo el agua y a la que el líder histórico habría enfrentado sin huir. El relato, pronunciado en un acto oficial para homenajear a militares cubanos muertos en Venezuela y para dar ánimos o pistas de cómo él enfrentará al ejército de los EE.UU. en una hipotética guerra, fue presentado como metáfora de cómo Cuba entera debe “enfrentar al imperio”. La escena, lejos de transmitir firmeza, reactivó una cadena conocida: incredulidad, burlas y una avalancha de memes.

No es la primera vez que Díaz-Canel dice algo y es carne de memes. Antes de la picúa estuvo el limón. Aquella frase —emitida en un reportaje de la televisión nacional— en la que Díaz-Canel proponía el limón como respuesta doméstica a la escasez se convirtió en uno de los primeros grandes momentos virales del mandatario. No porque la audiencia fuera especialmente cruel, sino porque el comentario condensaba una desconexión evidente entre el discurso oficial y la vida cotidiana de los cubanos. Desde entonces, cada intervención del presidente parece vivirse bajo la expectativa de la próxima frase destinada al archivo del absurdo.

Aquel reportaje del limón tenía un autor identificable al que quisieron culpar de la tontera expresada. Lo firmaba Boris Fuentes, entonces periodista del equipo que acompañaba a Díaz-Canel en sus recorridos y coberturas. El video salió al aire, los memes comenzaron a circular y, según versiones conocidas posteriormente, Fuentes fue llamado al Comité Central del Partido Comunista, específicamente al Departamento Ideológico. Allí no se cuestionó al dirigente ni su manera de expresarse. El señalado fue el periodista. Se le acusó de haber permitido que esa imagen saliera en pantalla, de no haber “cuidado” el mensaje, de haber expuesto al presidente al ridículo.

Después de los reproches, la advertencia fue clara: algo así no podía volver a ocurrir. La respuesta de Fuentes, según se ha contado, fue tan simple como incómoda. Dijo que volvería a pasar. Cuando le preguntaron por qué, contestó que Díaz-Canel era así, que ese tipo de frases no eran excepciones sino parte constante de su manera de hablar. Fuentes lo conocía desde hacía décadas y era una suerte de amigo personal desde el paso de Díaz-Canel por Villa Clara. O quizás desde antes. Poco después, Boris Fuentes desapareció del panorama mediático oficial.

A la luz de lo ocurrido ahora con la picúa, al parecer Boris Fuentes tenía razón. No se trataba de un error de edición ni de un descuido periodístico, sino de un patrón. Díaz-Canel recurre una y otra vez a metáforas improvisadas, símbolos gastados y anécdotas heredadas del pasado para explicar problemas presentes o simplemente porque cree que así se cuentan las cosas. Antes fue el limón como solución simbólica; ahora es un pez agresivo convertido en doctrina política.

La escena, además, tiene algo de déjà vu literario. La idea de un hombre solo, enfrentado a una bestia que encarna el peligro y al mismo tiempo el poder, remite menos a una experiencia real que a una estructura de cuento. No es descabellado pensar que la anécdota funcione como una versión tropicalizada de esos relatos donde el enfrentamiento directo con la criatura —no la huida— se convierte en lección moral. En ese sentido, la picúa de Fidel parece más un recurso narrativo que un recuerdo preciso.

Hay quienes han señalado, incluso, cierto aire de parentesco con cuentos de Julio Cortázar, donde la amenaza no siempre se nombra del todo, pero organiza el relato y obliga al protagonista a definirse frente a ella. No porque el episodio coincida en trama o detalles, sino por esa lógica simbólica: la bestia como prueba, el miedo como punto de quiebre, el gesto heroico como explicación del mundo. En boca de Díaz-Canel, la historia suena menos a vivencia y más a literatura reciclada para consumo político.

El problema no es solo estético ni comunicacional. Mientras el país enfrenta apagones prolongados, inflación, migración masiva y represión, el discurso oficial insiste en relatos que rozan la fábula. La anécdota de la picúa, como antes la del limón, no conecta con la realidad material de la población. Funciona, eso sí, como termómetro del agotamiento de un lenguaje político que ya no persuade y que termina, una y otra vez, convertido en material de burla.

Del limón a la picúa hay un hilo continuo. No es una evolución del discurso, sino su estancamiento. Y cada nuevo episodio refuerza la idea de que el problema nunca fue el periodista que grabó o editó, sino el personaje que, frente a las cámaras, sigue diciendo exactamente lo que es.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

¿Quieres reportar algo?

Envía tu información a: [email protected]

Lo más leído

Quizás te interese

Envíos a CUBA desde → $1.79 x LBENVÍA AQUÍ
+