La última noche de 2025, mientras en buena parte de La Habana la mesa volvió a ser una pregunta sin respuesta, un pequeño negocio privado en Guanabo decidió convertir su terraza en comedor comunitario. El Bar K5, conocido también como 5K Bar, coordinó junto al proyecto humanitario Con Amor Todos Juntos una comida de fin de año para más de 250 personas en situación de calle o en condiciones de extrema vulnerabilidad, una cifra que no solo habla de necesidades acumuladas, sino del tamaño que ha ido tomando una iniciativa repetida ya por varios años.

La acción, organizada por el emprendedor Hugo Puig González, propietario del bar, y por Yenier Toledano Torres, impulsor del proyecto solidario, se presentó como una cena completa, no como un gesto simbólico: cerdo asado, arroz moro, viandas, ensalada, dulces y bebidas sin alcohol. Además, se entregaron maletines con ropa, colchas y calzado. En los mensajes compartidos en redes y replicados por páginas y perfiles comunitarios, quienes participaron insistieron en el cuidado del ambiente, el trato y la idea de “dignidad” como parte central del acto.
Lo más relevante, más allá del menú y la cifra, es la continuidad. No fue un evento improvisado por un fin de año particular: la cena se anunció con antelación y se describió explícitamente como una tercera edición consecutiva, con llamados públicos a evitar abusos y a concentrar los platos en quienes realmente los necesitan. Esa insistencia en “filtrar” beneficiarios dice mucho de un país donde el hambre cotidiana empuja a cualquiera a ponerse en la fila, y donde hasta la solidaridad debe aprender a defenderse de la desesperación generalizada.
Según los reportes difundidos, la comida se financió con donaciones de decenas de personas, que permitieron reunir 42.200 pesos cubanos y 5 MLC. No es solo un dato contable: es una radiografía social. En un contexto de escasez, apagones y pérdida acelerada del poder adquisitivo, la escena de un bar privado recaudando fondos para sustituir, por una noche, la ausencia de un mínimo de protección pública, termina funcionando como crónica del presente.

La historia circuló en Facebook, Instagram y medios independientes como una “buena noticia”, y lo es. Pero también es una noticia dura: para que 250 personas encuentren una cena de fin de año gracias a un emprendimiento y a un grupo voluntario, hace falta que esas 250 personas existan, estén visibles y no tengan otra puerta. Lo que se celebró en Guanabo fue, al mismo tiempo, un acto de comunidad y una evidencia: la Isla está entrando a otro ciclo donde la caridad organizada, la iniciativa privada y las redes de apoyo están haciendo tareas que antes se vendían como garantizadas.


















