La creadora de contenido Ainara Quesada, muy seguida en TikTok por su mezcla de humor, vivencias personales y nostalgia caribeña, volvió a colocarse en el centro de la conversación digital después de publicar un breve video grabado en el Aeropuerto Internacional José Martí. Sin narración, sin opinión explícita: solo imágenes. Pero bastaron esos segundos para que se abriera de nuevo un viejo expediente en la memoria colectiva de los cubanos.
Su video de TikTok acumuló más de 130 mil vistas en pocas horas. Llegaron miles de reacciones, la mayoría confirmando lo que muchos conocen de primera mano: que la principal puerta de entrada a la capital cubana se ha convertido para demasiadas personas en un espacio de caos, demoras absurdas y episodios que rayan en la corrupción.
Aunque Ainara no añadió comentarios en su publicación, el público completó lo que ella apenas insinuó. Los relatos que siguieron pintaron un panorama común: pérdidas de maletas que ya nadie se toma como sorpresa, equipajes que aparecen dos horas después, “gestos” en dólares que algunos empleados sugieren para acelerar trámites, colas interminables en migración y cortes eléctricos que dejan a los recién llegados sudando antes incluso de salir a la calle.
Una joven resumió su experiencia con crudeza: “No falta la maleta que se pierde, y la guía a la que hay que darle sus perros 20 dólares para salir rápido”. Otra quiso saber si esta vez a Ainara le habían robado algo. “La última vez me robaron el atún”, respondió sin rodeos. También hubo quienes recordaron que, si bien a la tiktoker al menos le funcionaban las bandas transportadoras, en sus casos todo estaba apagado. El denominador común era ese cansancio colectivo ante un servicio que parece empeorar en lugar de avanzar.
“Voy el miércoles y me da pánico”; “Las veces que he ido me ha dolido el estómago de pensar en pasar la aduana cubana, es horrible”; “Dos horas para coger una maleta y luego que te frenen en el control de la salida”; “Es horrible, la gente que trabaja ahí es lo peor y siempre te quieren sacar plata por todo. ¡No te dejes!”, se lee en los comentarios.
A pesar del ruido, el video también abrió un respiro emocional para Ainara, quien regresó a la Isla después de 12 años. Tras dejar atrás el aeropuerto, compartió imágenes desde la casa de su familia en La Habana, entre platos criollos, paseos breves y ese reencuentro íntimo con las raíces paternas. Visitó incluso el lugar donde vivía su familia décadas atrás: un solar ya inexistente donde 14 personas compartían un espacio diminuto y sin baño propio.
Ainara nació de madre española y padre cubano, y a menudo ha contado lo que implica vivir entre dos nacionalidades y dos identidades. Ha dicho más de una vez que esa mezcla le provocaba una sensación de desarraigo. Pero su visita a La Habana en 2024 cambió algo dentro de ella. Lo reconoció abiertamente: “La conexión que yo sentí no me había pasado nunca en la vida, por primera vez sentía que pertenecía a algún sitio”.
Entre las escenas de denuncia implícita y el viaje emocional hacia su origen, sus seguidores también disfrutaron de un contenido más ligero: los videos bailando con su abuela cubana, ya casi un ritual para su comunidad.
El fenómeno que desató Ainara vuelve a poner sobre la mesa un dilema que muchos cubanos de dentro y fuera conocen muy bien: ¿cómo reconciliar el cariño profundo por una tierra con instituciones que, una y otra vez, fallan en dar una bienvenida digna? La conversación, lejos de apagarse, sigue creciendo entre quienes ven en ese aeropuerto no solo un espacio físico, sino un símbolo del país que quieren —y todavía esperan— ver renacer.

















