Se expanden las redadas. La ofensiva migratoria de Trump se endurece mientras crece la cooperación con ICE

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La política migratoria de Estados Unidos volvió a situarse en el centro del debate nacional tras la expansión acelerada de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el aumento de la colaboración de agencias policiales locales y un enfrentamiento político que ha derivado en un cierre parcial del gobierno federal. El segundo mandato del presidente Donald Trump ha intensificado el enfoque de aplicación estricta de las leyes migratorias, generando apoyo entre sectores que priorizan la seguridad fronteriza y críticas de quienes denuncian excesos y efectos humanitarios.

Uno de los cambios más significativos ha sido el crecimiento del número de departamentos policiales locales que colaboran directamente con ICE. De acuerdo con análisis de datos citados por medios estadounidenses, los acuerdos que permiten a policías estatales y municipales participar en arrestos migratorios federales se han disparado en torno a un 950 % durante el primer año del nuevo mandato. A finales de enero se contabilizaban más de mil agencias con oficiales capacitados para apoyar operaciones migratorias, una cifra muy superior a la registrada durante la administración anterior.

El modelo, conocido como “task force”, permite que agentes locales sean investidos con autoridad federal para detener a personas sospechosas de estar en el país sin autorización. La administración Trump reactivó este esquema en 2025 tras haber sido suspendido años atrás por preocupaciones sobre perfilamiento racial, introduciendo incentivos económicos que incluyen fondos para equipamiento, vehículos y horas extra.

Florida y Texas encabezan la lista de estados con mayor número de acuerdos, seguidos por otros territorios del sur y del interior del país. Sin embargo, no todas las jurisdicciones han aceptado participar. Algunas ciudades han rechazado sumarse argumentando que sus recursos deben concentrarse en la seguridad local o que la aplicación de órdenes migratorias debe limitarse a mandatos judiciales.

El fortalecimiento de esta red de cooperación coincide con la intensificación de operativos en grandes áreas urbanas como Los Ángeles, Chicago, Minneapolis y Nueva Orleans. Las autoridades federales sostienen que la colaboración con fuerzas locales amplía la capacidad para aplicar la ley y proteger la seguridad nacional, mientras organizaciones civiles advierten que el aumento de la presencia migratoria genera temor en comunidades inmigrantes y reduce la disposición a denunciar delitos o acceder a servicios públicos.

La controversia se ha visto amplificada por la decisión de permitir que agentes de ICE operen con el rostro cubierto en determinadas circunstancias. Funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional han defendido el uso de máscaras alegando un incremento significativo de agresiones y amenazas contra oficiales, incluyendo ataques físicos, campañas de acoso y difusión de datos personales en internet. Según cifras oficiales citadas por la administración, los asaltos contra agentes habrían aumentado más de mil por ciento y las amenazas de muerte se habrían multiplicado varias veces.

El zar fronterizo de la Casa Blanca, Tom Homan, reconoció que la medida genera incomodidad, pero sostuvo que la prioridad es la seguridad del personal. “No me gustan las máscaras, pero estos hombres y mujeres tienen que protegerse”, afirmó, subrayando que los agentes enfrentan riesgos crecientes en el contexto de operativos intensificados.

Los demócratas en el Congreso han criticado duramente esta práctica y han exigido que los agentes se identifiquen claramente, utilicen cámaras corporales y operen con órdenes judiciales en propiedades privadas. Estas demandas se han convertido en un punto central de negociación presupuestaria, contribuyendo al bloqueo que derivó en un cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional después de que no se alcanzara un acuerdo antes de la fecha límite de financiamiento.

El cierre afecta a agencias como la Administración de Seguridad en el Transporte, la Guardia Costera, el Servicio Secreto y el propio ICE, aunque la mayoría del personal continúa trabajando sin salario temporalmente. Las operaciones migratorias, sin embargo, siguen activas gracias a fondos previamente aprobados para reforzar deportaciones y control fronterizo.

El enfrentamiento político se intensificó tras incidentes mortales durante operativos federales en Minneapolis, que llevaron a legisladores a exigir cambios en los protocolos de actuación. Mientras los demócratas argumentan que se requieren salvaguardas para evitar abusos, la administración Trump sostiene que imponer restricciones adicionales dificultaría la aplicación de la ley y pondría en riesgo a los agentes.

En medio de este debate nacional, historias individuales ilustran el impacto humano de la política migratoria. El caso de una mujer cubana de 79 años detenida durante meses en un centro de detención en Arizona ha generado atención mediática y cuestionamientos sobre el uso de la detención prolongada en personas vulnerables. Su familia afirma que su salud se ha deteriorado mientras espera resolución a su solicitud de asilo, reflejando las tensiones entre la aplicación estricta de la ley y consideraciones humanitarias.

La administración defiende su enfoque argumentando que la aplicación firme de las normas migratorias es esencial para mantener la integridad del sistema. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, el gobierno afirma haber deportado a cientos de miles de personas y sostiene que millones más han abandonado el país voluntariamente ante el endurecimiento de las políticas.

El debate público refleja una profunda división. Encuestas recientes muestran opiniones polarizadas sobre la estrategia migratoria, con sectores que respaldan el enfoque de seguridad y otros que expresan preocupación por sus consecuencias sociales. Expertos en políticas públicas señalan que el aumento de la cooperación entre agencias locales y federales podría transformar de manera duradera la forma en que se aplica la ley migratoria en el país.

Mientras tanto, legisladores de ambos partidos continúan negociando posibles ajustes al financiamiento y a las reglas de supervisión de ICE, aunque no se vislumbra una solución inmediata. El Congreso permanece en receso y las posiciones parecen firmemente establecidas, lo que prolonga la incertidumbre sobre el futuro de la política migratoria.

La ofensiva migratoria de la administración Trump se mantiene como uno de los ejes centrales de su agenda, en línea con las promesas de campaña de reforzar las deportaciones y ampliar el control interior. Con el aumento de acuerdos locales, el respaldo institucional y la continuidad de operativos, el gobierno apuesta por consolidar un modelo de aplicación más amplio y coordinado.

Al mismo tiempo, la combinación de redadas, debates legislativos y casos individuales continúa alimentando una conversación nacional sobre los límites, la eficacia y las implicaciones éticas de la política migratoria estadounidense. El desenlace de este pulso político determinará si el país avanza hacia un marco más restrictivo o si emergen cambios que introduzcan nuevos controles y equilibrios en la actuación de las autoridades migratorias.



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