En medio de la crisis cubana, una madre habanera dio a luz a trillizos en el hospital González Coro, un nacimiento excepcional que el personal médico celebró como un pequeño triunfo. La historia, confirmada por fuentes oficiales y retomada por la prensa independiente, llega en un país donde la natalidad cae en picada y cada parto parece un acto de resistencia cotidiana.
Detrás del parte escueto de una madre exhausta —“Ya están operando a la niña… ya terminaron… lo quitaron todo”— queda la cadena de solidaridad que la trajo hasta aquí: activistas como Lara Crofs y Saily González, la comunidad que reunió fondos, las casas que acogieron a madre e hija, y un sistema sanitario español que asumió el reto que Cuba declaró imposible. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, la historia de Brianna se puede contar en tiempo presente de alivio.
En un video reciente, grabado con la voz quebrada y aspecto visiblemente cansado, contó que tanto él como su esposa están enfermos de dengue y pidió a sus seguidores “que le den un chance”, que entiendan la ausencia temporal de directos, entregas y campañas de ayuda porque, literalmente, no tiene fuerzas para seguir al mismo ritmo.
En Cuba, las crisis no sorprenden. Lo único que sorprende es que sus dirigentes sigan convencidos de que tienen derecho a administrarlas después de haberlas ignorado durante meses.
El rebrote cubano ocurre, además, en un contexto de interrupción de campañas de control por falta de combustible y de personal, y con brigadas de fumigación que llegan tarde o no llegan. La combinación de crisis energética, viviendas dañadas por Melissa y presión epidemiológica es la ecuación que vuelve “invernal” un pico que antes asociábamos solo a las lluvias.
La escena se repite en demasiados barrios de Cuba: fiebre que no cede, articulaciones que crujen como bisagras viejas, sarpullidos tercos, familias enteras en...
Una denuncia hecha por la activista Irma Lidia Broek sobre el modo en que se manipula y esconde la verdad, prendió entre sus seguidores porque conectó con lo que muchos viven a diario: hospitales colapsados, médicos obligados a recetar agua y té a enfermos con fiebre alta, vómitos y diarreas, y certificados que nunca dicen la palabra prohibida.
El resultado es doblemente dañino. Para las familias, deja la sensación de que la muerte “no cuenta” y niega el derecho a una explicación completa. Para el sistema, impide ver a tiempo dónde están los focos y cuántas vidas está cobrando la circulación de virus transmitidos por mosquitos u otros agentes.
El episodio ha reavivado el debate interno en Sudáfrica sobre controles y transparencia en el sistema de salud, donde coexisten carencias de personal local, contratación de profesionales extranjeros y problemas de abastecimiento. La visibilidad del caso, sumada al antecedente de incautaciones y robos de insumos en hospitales públicos, mantiene la lupa sobre las medidas de seguridad en farmacias hospitalarias y accesos.
La Cruz Roja Cubana confirmó que está operando en estrecha coordinación con el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) para contener un “brote complejo” de...
Si algo deja claro el parte de esta semana es que el país no enfrenta un brote aislado, sino una crisis encadenada que exige decisiones extraordinarias, datos abiertos y cooperación real para impedir que el verano sanitario se prolongue hasta el invierno.
El colapso hospitalario no es un fenómeno aislado. Lo que ocurre en Cienfuegos se replica en Villa Clara, Holguín y Guantánamo, donde las ambulancias escasean y los entierros improvisados se vuelven habituales. La crisis sanitaria se entrelaza con un brote epidémico —posiblemente de dengue o leptospirosis— que el gobierno evita reconocer. Médicos cubanos en redes alertan sobre hospitales sin antibióticos, sin oxígeno y sin electricidad durante horas críticas.
En los comentarios que acompañan ambos decesos se repiten tres ideas: sin medicamentos básicos, con cuerpos debilitados por la mala alimentación y con mosquitos proliferando en aguas estancadas, el riesgo se multiplica; la atención llega tarde, cuando ya los signos de alarma son ineludibles; y la comunicación pública, al rehuir la palabra dengue, desactiva los reflejos de prevención comunitaria. Mientras no se nombre el problema, insisten los vecinos, no habrá plan creíble para frenarlo. Hoy, en Moa y en Palma Soriano, el vacío que dejan Dannita y Elsa Ivis es la prueba más dolorosa de esa omisión.